Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 1 de diciembre de 2019

EL OSO GOLOSO


Había un enorme tráfago en el obrador de la pastelería. Se aproximaban las Navidades y tenían que preparar infinidad de pasteles, golosinas, turrones, mazapanes y sobre todo, los roscones de Reyes; muchos clientes aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, consumían a partir del día de Navidad.

El nombre del establecimiento, El Oso Goloso, tenía su fundamento en la época de la apertura del mismo. El dueño se apellidaba Merlo Goloso, curioso apellido, y por aquel entonces el matrimonio formado por el dueño y su consorte, Bonifacio y Consuelo, había tenido un bebé. Le llamaron Francho –Paco- como su abuelo paterno.

En cuanto se sostuvo, lo montaron en un taca-taca, ese artilugio en el cual el bebé va sentado y con sus piernas lo mueve y dirige donde quiere. Resultó ser goloso no solo de apellido. Liberado por el obrador, adquirió una práctica y velocidad envidiables para dirigirse a cualquier parte que le permitiera meter la mano dentro y chuparse los dedos. Obviamente, para su seguridad, tuvieron que atarlo a algún punto que le impidiera acercarse a máquinas o fuego. El nombre de la pastelería, fue afortunado tanto por el apellido como por la afición a los dulces del retoño.

No opinaría lo mismo Paco en sus años escolares. Los niños, esos pequeños cabritos, no cesaban de chincharle y hacer mofa de su nombre y apellido. Incluso alguna mención sobre su apellido nada edificante en unos chavales. Cuando ya pudo entrar en el obrador sin que lo echaran, en alguna ocasión se vengó de los más contumaces a la hora de enguizcarle. Sabiendo el destinatario, introducía alguna sustancia agria o picante dentro del pastel, “para que aprenda ese mal bicho”. Bueno, mal bicho no era exactamente lo que él pensaba, pero no parece este el lugar adecuado para expresar en voz alta los pensamientos.

Treinta años después y Paco, dueño y al cargo del obrador, la historia se repite excepto en el nombre del retoño; en este caso es una niña y su madre se empeñó en llamarla Dulce, sin pensar en las connotaciones del apellido y el obrador de pastelería. Digo que la historia se repite pero solo en parte, realmente, en casi nada. La niña es desabrida y arisca en el trato según sopla el viento -el cierzo-, aborrece los dulces, y donde haya cualquier cosa con vinagreta  –banderillas, pepinillos, boquerones…- ella estará en primer lugar.

Paco, ya ha olvidado todos esos avatares de niño y ahora se dedica en cuerpo y alma a sus dulces. Ha ampliado el negocio, tiene dos personas que le ayudan en la época navideña y no se ha anquilosado: sirve sus productos también a través de una tienda virtual en internet  y fruto de esa actividad, sus dulces llegan a todos los rincones de España, del mundo entero y parte del extranjero. Los turrones artesanos, mazapanes, caracoles de chocolate, brazos de gitano, y una extensa lista de especialidades que él ha ido inventando, endulzan la vida a infinidad de gentes. (He de decir que a mí, me pirran los bocaditos de nata, lionesas o profiteroles y unos triángulos de hojaldre rellenos de nata. Siempre acabo con la punta de la nariz pringada por haber metido el hocico a tope dentro de la misma).

Y amigos Literautas/Cafeteros: pónganse hasta el culo de comer dulces de todo tipo estas Navidades. Y que las naciones hermanas de América, encuentren la Paz que unos gobernantes ineptos se afanan en matar. Aquí, en España, tampoco estamos para tirar cohetes pero sin duda el agua no llegará al río y escampará. Amén
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La palabra laminera, lambrota en Aragón, la Tierra Noble, hace referencia a una persona que le gusta mucho comer tartas, caramelos y alimentos dulces en general. Como se puede comprobar, esta palabra no tiene nada que ver con láminas, como se puede deducir de la misma, ya que su nombre proviene de un antiguo caramelo en forma de ladrillo. También llamado adoquín.

Enguizcar = lanzar pullas contra alguien provocándole.

Cierzo = viento del noroeste que barre, literalmente en ocasiones, el valle del Ebro.

El Pisuerga pasa por Valladolid = dicho español según el cual, la ocasión la pintan calva.

No es publicidad, tras escribir el relato, he buscado un nombre que coincidiera y ha sido esta pastelería quien me lo ha brindado a medias. El relato era El Oso goloso, y así lo he dejado. www.pasteleriaartesanalelgoloso.es/

Y no olviden, junto con el café, un pastelico que a nadie le amarga un dulce.

Ite missa est.


Y si suena, sueña

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