Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

sábado, 8 de junio de 2019

MI PUEBLO, MI BARRIO.

Son las once y media de la noche. Salgo a dar una vuelta con mi perrita Laika para que haga sus cosas antes de irnos a la cama. El silencio campa a sus anchas. Las estrellas son dueñas absolutas de un cielo negro y despejado.  Puedo ver la Osa Mayor (El Carro), las Tres Marías, Las Cabrillas, la constelación de Escorpión, la Osa Menor y aguzando la vista, la Estrella Polar, como precipitándose hacia el horizonte. Cruzando el cielo de Este-Oeste, escorada hacia el Sur, la Vía Láctea. Y miles y miles de estrellas titilantes que nos hacen recordar que no somos nada, a pesar de creernos el ombligo del Universo. Alguna estrella fugaz, por algo tienen ese nombre, no me da tiempo a formular un deseo según reza la fantasía.