Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

domingo, 21 de julio de 2019

¡QUÉ SOLOS QUEDAN LOS VIVOS!

Esta tarde he salido a pasear con Laika, que hoy tiene mal día pues no ha comido nada y las tripas le hacen ruido, y me he sentado en un banco. Enfrente, a medio km. más o menos, tenía al cementerio con los nichos vacíos. Y me ha venido a la memoria aquel verso de Bécquer: "Dios mío, qué solos quedan los muertos".

Pero mi reflexión no iba en esa dirección, más bien todo lo contrario. Contemplo mi existencia y la soledad que me rodea e invade mi espíritu, nada tiene que envidiar a la de quienes dejaron de existir. Al fin y al cabo, ellos ya no sienten. O al menos eso parece y en este mundo.