Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse. EL DINERO Y LA POLICÍA, NUNCA ESTÁN CUANDO LOS NECESITAS.

jueves, 9 de enero de 2020

RAYUELA

Había oído hablar de esa novela de Julio Cortázar sin prestarle atención. Sabido es que la Literatura, sobre todo si son escritores consagrados, cuesta a veces lo que no vale. La cosa es que el otro día, buscando el uso de los pronombres, adjetivos, etc., y si se acentuaban o no, me salió una página de la RAE en la cual hablaba de lo que buscaba y en el margen derecho, enlazaba con otra página que glosaba el libro de Cortázar y un aniversario, no sé si de su publicación o de alguna efemérides del autor.

La pinché y me salió no el libro, sino los comentarios de varios escritores. Alguno de ellos desaparecido, como el propio Cortázar. Uno de ellos, Gabriel García Márquez; de este hombre, me encanta su forma de escribir. Puede escribir un libro sin un solo párrafo de diálogo y leerlo como si todo él fuera un monólogo por el cual te lleva en volandas, enganchado a lo que cuenta que no te cansa, al contrario.

También Vargas Llosa glosa al escritor y su obra. Lo he encontrado menos plomo que en La fiesta del Chivo, un coñazo en el que acabé buscando desesperadamente la palabra Fin. Hay dos o tres escritores más, Bioy Casares entre ellos y al llegar a Carlos Fuentes, no he podido asimilar más literatura. Aunque sean buenos escritores, hay que tomárselos a dosis pequeñas que no perjudiquen la salud.

Pero lo que me ha llamado la atención, es que el título de la novelas, está basado en un juego infantil que desconocía por ese nombre. Ese o parecido, escrito o dibujado en el suelo, lo he jugado y visto, sobre todo a las chicas, en mi época de escolar. No recuerdo como lo llamábamos, pero sin duda es el mismo Y ello me mueve a la curiosidad y a intentar encontrar en internet algún resumen del mismo y en todo caso, a mirar si está en Amazon. No todas las grandes obras gustan a todos los lectores, incluidos los grandes escritores, "enemigos" declarados entre ellos.

Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las anillas se espejunaban, se iban apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara suavemente su orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto era el clinón, las esterfurosa convulcante de las mátricas, la jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpasmo en una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice, en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los ordopenaban hasta el límite de las gunfias. (Capítulo 68)

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