Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse. Si has llegado hasta aquí, sé bien venido

martes, 6 de octubre de 2020

CALAVERAS

Inazio, el Caguetas o de santa María virgen como le llamaban con mala baba, había leído el cuento sobre un mozalbete que no conocía el miedo.

—¡Bah!, se dijo. Cuentos de viejas para asustar a los críos, a mí nunca han conseguido atemorizarme con esas historias del Tío del Saco o el Sacamantecas.

Por este motivo, sus padres y en concreto el barón, tenía que apechugar constantemente con las quejas de sus vecinos, pues no había bicho viviente que no lo temiera ni nada que estuviera libre de sufrir sus felonías. Era inmune a los castigos y por más razonamientos que su progenitor se esforzara en mostrarle en el trasero para hacerle comprender que lo que hacía no estaba bien, él se encogía de hombros y le contestaba:

—Si yo no lo hago con mala intención, es que me enguizcan.

—Pues no sé qué voy a hacer contigo, no consigo meterte en la mollera lo incorrecto de tus fechorías.

El pobre hombre ya no se atrevía a salir de casa pues temía enfrentarse a las continuas quejas del vecindario.

En el viejo cementerio anexo a la iglesia, unos nichos envejecían deteriorados por el paso del tiempo. Algunos, ya dejaban entrever los ataúdes que en su interior guardaban los restos de quienes habían sido antepasados y parientes de los actuales habitantes del lugar. Cómo no, tampoco se libraron de las hazañas del joven tarambana.

Precisamente el día de Difuntos, no tuvo mejor ocurrencia que ir a inspeccionar el contenido del nicho que sufría mayor quebranto. Pertenecía a un hombre que falleció preso de un enorme susto que le proporcionaron sus amigos. Era un bocazas que se reía de todo y de todos. Confabulados con su mujer, le tendieron una emboscada y una noche le echaron en el vino un brebaje para dormirlo. Una vez conseguido esto, lo ataron y encerraron en un ataúd. Dispusieron un velatorio, como si en realidad hubiera muerto, y rodeado de cirios, velos y llantos, despertó.

Quiso incorporarse, pero lo habían amarrado; la mandíbula trabada con un pañuelo, le impedía poder hablar. Rodajas de pepino en los ojos. Clavaron con tachuelas la tapa del ataúd y celebraron el funeral con cánticos referidos a dicha ceremonia. Cuando escuchó como alguien cantaba la salmodia que decía: “Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis. Exaudi orationem meam; ad te omnis caro veniet”, ya se la tragó; “Ay que me he muerto y no me he enterado”. Cuando escuchó ruidos que a él le parecieron que introducían el féretro en el nicho y comenzó a sentir ahogo, un síncope cardiaco le dio el pasaporte para el Más Allá.

Acabada la ceremonia, quisieron revertir el suceso. Constataron que no respiraba por el vaho ausente del espejo. Consternados y conjurados para que el hecho no trascendiera, dispusieron todo para celebrar la ceremonia de verdad. Las lágrimas de su mujer fueron auténticas y la contrición de sus amigos no menos sincera, pero ya no había remedio.

El finado, hizo un trato con Lucifer y poco a poco devolvió a su mujer y amigos el favor. Ella murió a los quince días de una coz de Platero, un jumento guiñoso. Los otros, poco a poco le acompañaron de una u otra forma. Unos, se sintieron empujados al paso del tren o despeñados, y al más acojonado, que creyó que huyendo se libraría, los indios Motilones, le cortaron los… cabellos.

Inazio, eliminó del frontal la poca obra que quedaba y atrajo hacia el exterior la caja con el esqueleto. Al levantar la tapa, el finado se incorporó cual si hubiera tenido un resorte y la calavera propinó un golpe tremendo en todos los morros al profanador.

—¡¡Cabrón!! —Creyó escuchar Inazio.

Las manos esqueléticas lo agarraron del cuello y el pánico no le dejaba reaccionar.

—¡¡Ahhhhh!! Sueltaaaaa.

Al poco, el pavor le hizo perder el poco conocimiento que le quedaba, cayendo ambos al suelo. El pobre muerto, saciada su sed de venganza, por fin lo había liberado del abrazo y yacía encima del asaltante. Mas no fue ese el único sobresalto: con el forcejeo, se abrió una fosa bajo su peso, cayendo ambos a la misma.

Más tarde, descubrirían a Inazio, el Caguetas, que había perecido víctima de su temeridad y de sí mismo. Hasta las rosas pierden su fragancia y el color bermejo en esos lugares.

Ya nadie se atreve a pasar de noche por las inmediaciones, las tremendas broncas han atemorizado a la parroquia. El esqueleto pertenecía a su tatarabuelo; cosas de familia.

Para Café Literautas

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