Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

viernes, 2 de octubre de 2020

Vamos a contar mentiras. Pandemia y TV

 Esta pandemia nos va a dejar malos recuerdos, miles de muertos y millones de afectados directamente por el virus. También hemos descubierto la cantidad de gobernantes miserables que no están para sacrificarse en favor de la sociedad sino a la sociedad en favor suyo. La lista sería interminable y eso unido a los carroñeros que no dudan en aprovecharse de las desgracias ajenas para beneficio propio, hace que nos demos cuenta de la fragilidad en que se sustentan las sociedades en cualquier lugar del mundo.

El confinamiento, a quienes lo hemos sufrido en aras de intentar frenar la propagación de la epidemia, nos ha servido para vivir momentos de emoción y también de amargura al no poder acompañar a los familiares caídos. Las restricciones nos obligaban a no salir de casa excepto casos extremos.

Una vez levantada la tarjadera al libre movimiento, llegó la hora de demostrar lo buenos ciudadanos que somos. Y lo hemos demostrado asaltando las terrazas de los bares cual si se acercara el juicio final; organizando fiestas incontroladas; botellones por doquier, hasta conseguir unas cifras de contagios superiores a las que nos impusieron el toque de queda.

Hemos visto televisión, cómo no, pero en mi caso las series y los chous vomitivos, no los veo. Ver a una pandilla de ignorantes, de degenerados o de buitres carroñeros, no me ha interesado nunca; pero esas gentes no existirían, si no hubiera nadie contemplando la mierda que expelen. La escritura, ya quedó en segundo plano, cumplió con creces cuanto de ella esperaba.

Descubrí en YouTube videos de cantantes y sus orquestas que me gustaron y los dejé descargados en mi blog. Y la curiosidad me picó cuando visitando a mi cuñado convaleciente de una operación, alardeó de que él veía todas las pelis que quería gratis. Como nadie da nada por el morro, pregunté a su hijo y me contó el truco: quien pagaba era él, o sea, no era gratis.

Había que darse de alta en Netflix para tener todo ese lujo de videoteca. Y me di de alta un mes, allá por junio. Poco aficionado a las series, primero vi alguna peli, entre ellas “Los dos papas”, que me gustó. Mi hija me recomendó la “Casa de papel”, que dejé de ver al observar las contradicciones del guión y la imposibilidad de su desarrollo tal y como está planteado.

También movió mi curiosidad The Crown, serie sobre la monarquía inglesa que arranca con la renuncia de Eduardo VIII y la boda de Isabel II con Felipe, duque de Edimburgo (de infancia nada afortunada, su estrella cambió con el noviazgo y la boda). Confieso que me ha merecido más atención, pues como han sido personajes no inventados sino históricos, aunque fuera de oídas o de leídas, los conocía a todos.

Reconozco que me causó un trauma televisivo el cambio de actriz de la reina Isabel. De joven inexperta, y sobre todo joven, pasar de un capítulo a otro a una mujer ya madura tuvo su cosa. Y no solo ella, cambiaron todos los personajes de la cabecera. Sin duda los parecidos físicos de las actrices con la reina, son elocuentes. La actriz que da vida a la princesa Margarita en la primera parte, es muy bella, tiene unos ojos preciosos. No así la segunda. Por cierto que la pintan pelín casquivana. Pero es cine.

Los personajes que se van sucediendo, la mayoría permanecen en mi memoria. Los primeros ministros y los miembros de la casa real, lo mismo. Lo visto hasta de ahora, me ha entretenido aunque los dos últimos episodios he pasado varias pantallas sin ver, carecían de interés. Su hijo Carlos, príncipe de Gales, aparece poco, aunque en lo último que he visto ya está encamado con Camila. Según lo cuentan, ella iba de cama en cama con lo cual Carlitos se quedó a dos velas pues su familia la vetó, aunque no impediría que años más tarde, y esto todavía no lo han contado, se encamaran definitivamente y se casaran.

Lo último que he visto ha sido la muerte del duque de Windsor en París. Le cerraron con un candado, imposible de abrir, toda opción de reconocer a su mujer como Alteza Real y solo volvió a Inglaterra, muerto. El tío de Felipe, lord Mountbatten, sale mucho, incluso intentó dar un golpe de estado inducido por los banqueros cuando era primer ministro Harold Wilson. Pero más tarde, el IRA irlandés, lo asesinó en un sangriento atentado.

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