Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

viernes, 21 de febrero de 2020

NUNCA SABRÉ QUE HE MUERTO

Sin duda esta ha sido la principal obsesión en mis años de vida, desde el principio. Innumerables factores han influido en ello, aunque sin duda los que más, ver personas que antes estaban vivas, yertas amortajadas sobre un tablero. Hoy a los niños, se los preserva de estas circunstancias y aunque sepan que alguien ha muerto, no se les lleva a ver al fallecido, no ven a los muertos, salvo que sean muy, muy próximos. Y lo aplaudo.

Luego las ceremonias religiosas que tenían lugar en los entierros, sumaban más terror al asunto. Hoy, siguen siendo lo mismo, entierros o funerales, que más da, pero no tienen el dramatismo de aquellos que oficiaban durante mi niñez en el pueblo. Sin duda no sabré que he muerto, pero no dejo de cuestionar la gran cabronada que significa que nazcamos para morir y ser conscientes de ello.

Si alguien nos creó, la cagó bien o carecía de misericordia.