Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse

martes, 26 de mayo de 2020

CAMINANTES


Caminaba despreocupada por un terreno que no vi peligroso. Era tan grande el placer del paseo que descuidé la seguridad de mis pasos. Mis sentidos se perdían en la belleza de las sensaciones y el primer tropiezo no consiguió distraerme de mi embeleso. Pero tropecé de nuevo y caí sin proponérmelo sobre la flor más bonita del camino. Cuando la vi allí, rota, me senté a mirarla con tristeza y pensé: ha llegado el momento de descansar. En mi corazón oigo todas las palabras que los árboles murmuraron a mi paso y también todas las que yo dije en mi soledad y que ellos escucharon, cobarde,  siemp...



Navegaba ilusionado capeando las galernas que por el proceloso mar se abrían frente a mí, no temía resultar perjudicado por aquellos nuevos descubrimientos. Resultaba tan emocionante contactar con gentes diferentes desde el sillón confortable y seguro del cuarto de derrota… Afuera, a la intemperie, se suponían peligros sin fin… pero nada importaba; intrépido navegante dispuesto a tentar la suerte y caer preso de los cantos de sirena que llegaban a través del chismecito que no cesaba de gruñir.

Y un día, caminando por una vereda que resultó ser un sendero de barro al borde del camino, encontré una luciérnaga con nombre de perfume, cuya luz me fascinó y llenó de alegría, dando un nuevo sentido a mis incursiones corsarias. La protegí cabe a mi corazón. Pero presa de sí misma, un día me dejó para seguir libre su camino de gaviota marinera.