Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

miércoles, 10 de marzo de 2021

LOS QUINTOS

Esta es una palabra o significado que las generaciones veinteañeras actuales seguramente desconocerán pero que en su momento, tuvieron gran importancia y repercusión entre los veinteañeros del momento. Los quintos fueron algo más que un acontecimiento anual, también era el temor y el miedo de donde te pudiera tocar pasar la mili. Sobre todo África, Melilla, de tan luctuosos recuerdos.

Todavía recuerdo los vivas escritos en la pared del frontón: ¡Vivan los quintos de 56! ¡Vivan los quintos del 57! A estos les cayó buena. Nada menos que tres primos hermanos que la suerte envió a Sidi Ifni en el año de las revueltas provocadas por el traidor Marruecos en aras de una presunta liberación e independencia. Hubo muertos ya lo creo, y un miedo inmenso en las familias que, no obstante, recuperaron a los tres mozos sanos y salvos. Qué duda cabe que las miserias y miedos les durarían muchos años. Hoy, solo queda uno. De la vergonzosa actuación de España, mejor lo dejamos para otro día, ya tengo escrito algo por ahí.

Los quintos y sus juergas en el invierno anterior al sorteo, gozaban de bula. Bailes y otras requisas para alimentar los estómagos. Los quintos, entre sí, eran otra cosa. ¿De qué quinta eres? ¡Ah pues mis quintos fueron Fulano, Mengano y aquél que no volvió nunca por el pueblo! Mi quinta, aunque un poco deslavaciada, no puedo decir el año concreto en que fue sorteada ni donde fue cada uno de mis quintos. Me adelanté y el año que nos sorteaban me alisté en el ejército del Aire. Entonces se nutría exclusivamente de voluntarios.

Yo hacía años que había emigrado por lo que toda la parafernalia de los quintos, se esfumó. De hecho creo que ya no estábamos ninguno en el pueblo. Dieciséis meses "sirviendo a la patria" en casa de un general. Ciertamente gocé de algún privilegio, o eso creí yo, durante la reclutada. Solamente hice una imaginaria la primera noche que dormimos en el cuartel, luego, rebajado de cualquier servicio incluida la gimnasia que hacían al amanecer y en el mes de enero, que aunque fuera en Valencia, no apetecía nada ir en calzón corto a esas horas.

Tras jurar bandera, no volví a vestir el uniforme salvo en situaciones en las que me interesó hacerlo y el día de la licencia. Jefatura estaba en el centro de la ciudad y no teníamos toque de queda de ninguna clase, nos acostábamos cuando nos apetecía, normalmente tras jugar horas al póquer, y hasta alguno había que se llevaba al dormitorio pareja para limpiar el arma. Tres semanas de servicio y una de permiso.

No obstante, reconozco que mataba la trayectoria de los jóvenes que debíamos suspender todo, trabajo y diversión para entrar en filas. Aún así, entiendo más positivo para las personas una temporada de convivencia, sin la violencia militar de entonces, a la ausencia de responsabilidad actual. Se creaban vínculos, se conocían gentes y territorios extraños, amistades y recuerdos que duraban toda la vida. Hoy, nadie se refiere a sus iguales con el término "son de mi quinta", eso ha desaparecido. Había camaradería.

Mi recuerdo para los quintos y quintas desparecidos. Pili, Joaquín y Pedro Manuel

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