Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

miércoles, 19 de mayo de 2021

EL LLANTO DE LA MORERA

 Miércoles 12 de mayo

Desde el pasado mes de agosto no había vuelto a la casa de la playa. La pandemia lo había impedido. Todo el tiempo he estado con el temor de qué podría haber ocurrido, si habrían entrado a robar y lo que es peor ¿habrán entrado okupas? No tengo a nadie que pudiera estar ojo avizor en el caso de haber habido algún incidente. Con la hidepu de la vecina, a matar.

Luego tuve un “incidente” con el ayuntamiento que no sabía cómo resolver ante la imposibilidad de abandonar una comunidad y entrar en otra. Había “comprado” un badén o vado para entrar al garaje y después de pensarlo, vi que no me servía pagar por algo que no usaba. Como el wifi. Pues escribí varios correos al ayuntamiento solicitando el cierra o cancelación del vado y no había tu tía; siempre contestaciones negativas. ¿Y cómo coño quieren que vaya a llevar la chapa y pintar el bordillo? Lo cojonudo es que me robaron la placa pero no supieron dar fe de quién, cuándo y cómo. Eso parece les importaba un carajo. Y un día se me encendió la bombilla: al pintor le había dado una llave del garaje y pensé que si quería, él me podía hacer la gestión. Aceptó y hechos los trámites, en abril se dignaron contestar aprobando la solicitud de cancelación.

Al levantar el confinamiento hemos podido volver. El edificio, impecable y el interior lo mismo. El año pasado en el mes de agosto pintamos el exterior con pintura especial para exteriores; espantados de la humedad interior que había dejado todo de pena, tomé la decisión de pintar sí o sí. El resultado ha sido muy satisfactorio.

El jardín lo he encontrado asilvestrado total. La morera, que la debí haber podado en el otoño, estaba toda exuberante pero no podía dejarla así, con lo que crece, hubiera acabado el año por las nubes. Y me ha llamado la atención una cosa: la morera llora. Por las ramas cortadas, cae la sabia como si fueran gotas de agua; pero no una gota, sino continuamente el goteo sin parar.

El esqueleto, mi esqueleto, hecho una piltrafa, con paracetamol para mitigar un poco los dolores. Las piernas, no me quieren llevar.

Anecdotoruim: Saco a Laika a que haga sus cosas a las diez y media de la noche. Nada más abrir la puerta del garaje, comienza a tirar desaforadamente arrastrándome. ¿¡Pero dónde vas!? ¡El erizo! Justo, un metro antes se para, pero no hacía nada ni yo lo veía; ando un metro y allí estaba, un hermoso erizo de más de un palmo de largo. Se lo marco y ladra pero no se atreve a acercarse. ¡Ala, vámonos! y entonces se da la vuelta sin prisas. Qué puñetera ¿cómo es posible que tenga un olfato tan agudo que a más de diez metros, y nada más salir de casa, ya lo detecte?

Jueves, día siguiente.

Ayer acabé derrengado. Qué palizón desde que llegamos, de podar árboles sin parar y transportar la poda.  El césped de medio metro y yerbajos de metro y medio. Esta tarde ya no podía más, sin fuerza en las piernas y con dolores en la columna y costillas. La morera sigue llorando, yo la consuelo: no llores más porque te haya quitado las ramas, te he salvado la vida (Y van dos veces)

Viernes, nes. Alea iacta est.

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