Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

lunes, 7 de junio de 2021

BARES

¿Quién no ha pisado un bar en su vida y le ha sacado de un apuro en un momento dado? Hasta les han dedicado canciones. Casi todos lo han pasado mal con los cierres obligatorios, también los ciudadanos estuvimos confinados. Pero ello no debe ser óbice para poner de manifiesto alguna de las cosas, que les han ocurrido durante esta maldita pandemia. Los ha habido, no hablemos de Madrid donde de haber obrado de esa forma en Barcelona los malditos pperros se hubieran desgañitado pidiendo el 155 otra vez, que han florecido con la ampliación de la terrazas de forma gratuita. 

Literalmente han tomado la calle, ocupado los aparcamientos y a los vecinos ajo y agua. Por los bares de mi barrio, que no frecuento pero veo todos los días, lo van a echar de menos el día que las cosas, y las terrazas, vuelvan a la normalidad. Tengo uno enfrente, que antes desplegaba tres o cuatro mesas y además no servían, el cliente podía usarlas pero debía sacarse la consumición a la calle. (Por cierto que a las mañanas en invierno con un frio que pelaba, una persona mayor que yo, se desayunaba con una copa de coñac y después una cerveza).

Pues este bar, ahora, despliega una batería de mesas que ni en sus mejores sueños lo hubieran imaginado. La gente hasta come allí y por supuesto, ahora sirven sin reparo ni necesidad de que el cliente lo pida dentro. Y no es de los que más mesas y clientela tiene. Seguro se acuerdan de la pandemia cuando todo vuelva a la normalidad; los clientes seguirán acudiendo, pero no les dejarán poner tantas mesas si no es a cambio de más pasta. Y en este país, el que no llora no mama.

Observando a la gente que disuelve la policía en las grandes juergas que montan a sabiendas, con premeditación, nocturnidad y alevosía, la gran mayoría de los integrantes de las mismas son gentes que como diría mi suegra, "qué poca contribución pagarán". España se está convirtiendo, lo era pero estábamos ciegos o no queríamos darnos cuenta, en la Cuba de Europa. Toda la morralla europea se da cita aquí, en Madrid y Barcelona, o Baleares, junto con la autóctona que la hay y en cantidad. Qué dios nos pille confesados.









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