Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

sábado, 12 de junio de 2021

CRÓNICAS AL ALBA

 ALBADAS

Panem nostrum quotidianum da nobis hodie.

Son las cinco de la mañana y apenas comienza a clarear. Juanito escucha como alguien, lo llama:

Venga hijo, levántate que tienes que ir con el padre a segar. Lleva a la Morena a beber agua a la fuente antes de iros. —Con los ojos pegados por las legañas, se hace el lavado del gato y va hacia el próximo corral a recoger a la mula de su cuadra para llevarla a abrevar a la fuente. Al doblar la esquina del horno, el tío Lorenzo, el hornero, tras pasar la madrugada calentando el horno con leña, está sentado a la puerta, más bien espatarrado, esperando que las mujeres vayan a hacer su labor; masada lo llaman ellas y acuden cada quince días más o menos, dependiendo de las bocas que en la casa habiten. La mula, al ver al hornero, se espanta y como Juanito caminaba con los ojos entornados pues todavía no se había despertado, el animal libera de su mano el ronzal y escapa.

—¡Ostras! Será puñetera. —Echa a correr detrás llamándola— ¡Soooo! ¡Morena! ¡Soooo! ¡Morena! ¡Para! ¡Para! —Como la mula ya no está para muchas celebraciones, pues hace tiempo que le llegó la edad de jubilación, enseguida se detiene y sin más tropiezos, ya despierto, la lleva a abrevar, bebe agua y vuelven a casa en busca de su padre. De paso, ahora sí, se lava y refresca la cara en la pila.

—¿Dónde vamos padre?

—Al Zorrolato, a segar centeno.

Todavía recuerda el día que sembraron aquella finca, por llamarla de alguna manera. Un pedregal en una ladera que había que escalar zigzagueando pero que el par de mulos, —el Castaño hacía pareja con la Morena, perteneciente a su tío y heredados ambos del abuelo—, una vez p’arriba y a la vuelta pa’bajo casi corriendo, conseguían acabar la faena. A pesar de las dificultades, el centeno crecía superando los hielos invernales y la escasez de lluvias primaverales, alcanzando larga espiga y grano en consonancia. Muchas veces Juanito escucharía a su madre decir: «A espigar centeno, que tiene la paja larga», alusión que era toda una negativa a la petición formulada.

La escasez de fincas en las familias y el relieve orográfico, hacía que cada año se sembrara todo cuanto era susceptible de criar cereal, incluida esta parcela del Zorrolato, que no tardaría en quedar yerma para siempre. El centeno estaba destinado a las fincas malas lo cual no significaba que las reservadas a trigo, fueran mucho mejores, pero sí más llanas; en todo caso, siempre dependía de las lluvias, las heladas, el pedrisco…

Albadas

El pueblo, situado a más de 1200 metros de altitud y dependiente de la orografía montañosa, se mantenía, entre otras actividades, de una agricultura casi de alta montaña, de supervivencia y mantenimiento. Cereal de invierno, centeno, trigo y avena, que ya la sembraban a punto de entrar la primavera. La cebada, era testimonial en aquellos años, hoy, es mayoritaria. El término del pueblo no daba para obtener grandes cosechas y poder vender el sobrante, aunque el año fuera bueno; además, había que cumplir con el Servicio Nacional del Trigo, esto es vender al Estado.*

También los habitantes hacían “el cambio”, cuando les dejaban hacerlo; llevaban el trigo a un molino harinero y mediante una maquila, les devolvían la harina y el salvado equivalente al grano aportado. Luego en casa las mujeres cernían la harina para limpiarla de impurezas antes de hacer “la masada” y llevarla al horno. «Al que cierne y masa, de todo le pasa». Otra sentencia aprendida de su madre.

En el pueblo también había molino para el centeno y el trigo, mas la harina obtenida, era para alimentar a los cerdos que surtirían en invierno de embutidos y jamones los repostes de las casas. Tiempos pretéritos hubo en que hubieron de hacer el pan de subsistencia y emergencia con esa harina según el cereal de que disponían. Fueron los tiempos de la requisa, en los cuales ocultaban las talegas de trigo en las afueras del pueblo, en previsión de que visitas imprevistas e incómodas arramblaran con las existencias.

El valle del río Jiloca, entre las sierras ibéricas de Palomera y Menera, en la provincia de Teruel, es una gran depresión con kilómetros entre sus orillas. Tierra también fría, siempre se alcanzan la temperaturas más bajas de España, a más de 900 metros de altitud, sin embargo su relieve, sin impedimentos naturales, ha permitido obtener mayor rentabilidad a la tierra. Con extenso regadío en aquellos años, cultivaban remolacha, la cual daba vida a una fábrica de azúcar que mantenía la economía activa de los pueblos de la ribera.

Cuando los mayores se reunían, parecían dispuestos a ver quién la echaba más gorda. «Fulanito de Monrial, ha cogido no sé cuántos vagones ¿? de trigo». Alllaaa. O sea que era/es tierra de cereal, aunque existieran otras comarcas y provincias más aptas para el cultivo. Buena prueba de ello son los silos para grano, que habrán quedado obsoletos, existentes en muchos pueblos de la comarca y de España. Juanito desconocía las paridades de esas medidas, todo lo más que alcanzaba era al robo o medianega que usaban para medir el grano; un recipiente de madera lleno rasante, uno pa’ti, otro pa’mí.

Albadas

Corría, es un decir, el año 1957. Grandes nevadas en el mes de diciembre acompañadas de hielos y ventiscas, hicieron replegarse a los habitantes en sus casas e impidieron que el ganado, ovejas y cabras, salieran a pacer al campo en una semana. Eso hizo que al permanecer estabulados los animales, diezmaran los recursos en forma de forrajes y disminuyera la producción de leche en las cabras. Si no había ventisca, ellas se sabían proteger y buscar la comida alzándose sobre sus patas traseras en busca de la hoja de los chaparros.

Previamente, en el verano, momento en el que arranca esta narración, la cigüeña visitó a los padres de Juanito. Nació su hermana, lo cual hizo que con nueve años, hubiera de iniciar el abandono del nido y acompañar a su padre en las faenas del campo, dentro de sus limitaciones claro. Le venía justo para manejar la corbella e intentar no cortarse un dedo en vez de la mies. El día del nacimiento, acompañó a su abuelo a Matazorras a segar centeno. Otra finca que quedaría baldía. No utilizaba zoqueta, un artilugio de madera hueco que ocultaba tres dedos de la mano izquierda; de ese modo, al tiempo que se protegían, permitía hacer más grande la gavilla que soportaba la mano.

En general, hasta entonces había acompañado a los segadores pero solo para tender los vencejos a la hora de recoger la mies en haces, los cuales colocaban en la finca en lugar no inundable como una pirámide, de manera que los protegiera de la lluvia y al cual denominaban tresnal.

Los vencejos, no eran los pájaros que se pasaban el día sin parar de volar y chillando, eran la mies o paja de centeno recogida el año anterior a la cual sacudían la espiga contra un trillo para extraer el grano y que luego guardaban en lugares protegidos de los ratones. Lo denominaban balago. Estos roedores, destrozaban la cabeza de la espiga en busca de semillas dejándola inservible. Generalmente, los abuelos que ya no podían ir al campo, poniendo a remojo el balago y manualmente hacían los vencejos que servirían para atar la mies y acarrearla a la era.

Como anécdota, una vez que fueron sus tíos y su madre a segar trigo a Zorrolabarga, lo llevaron para tender los vencejos, pero entretanto, quedó a la sombra de un chaparro junto al hato de la merienda. Rebuscando halló la bota de vino y trago va y trago viene, cuando llegó la hora de tender los vencejos todo le daba vueltas. Tras las náuseas correspondientes, vomitó el vino trasegado y mal que bien, pudo cumplir su cometido. Tres días le duró la resaca durante los cuales su tío le daba vino que él rechazaba, al cuarto, se lo aceptó.

Albadas

En los alrededores del pueblo había varias colmenas de corcho que servían, además de para dar miel a sus dueños y polinizar las flores, para atemorizar a los críos pues las evitaban en lo posible. También para tirarles piedras, desde lejos por supuesto. Y Juanito no era una excepción pues en cuanto a rastros y fechorías, no dejaba su parte atrás. Según su madre, era mucho malo.

En las eras que había junto al paso de san Marcos, en la vía del tren minero, tenía el tío sastre unas colmenas de madera, modernas. Él y su colega Chesús, comenzaron a tirarles alguna piedra. La cuestión es que, a pesar de estar lejos, a alguna abeja le debió pillar de camino a casa o al revés y Juanito comenzó a oír su zumbido volador por la oreja. Echó a correr sacudiéndose con la mano pero no tuvo suerte, el insecto le clavó su aguijón en la sien. Y como en el castigo llevaba la penitencia, el ojo derecho se le cerró por la inflamación los dos días siguientes.

No siendo esta la única consecuencia: la tía sastra, acudió a su casa hecha un basilisco acusándolo de haberle robado los huevos de las gallinas y dejado a su marido sin huevos para almorzar, cosa que él negó vehementemente acusándose solo de haber tirado piedras a las colmenas, a resultas de lo cual, llevaba aquella hinchazón tan escandalosa. Con posterioridad confesó que sí, que la buena mujer tenía razón: junto con Pascual, que era mayor que él y el inductor, lo cual no le restaba culpa, le habían hurtado dos huevos y luego comprado al tío Moro, un vendedor ambulante, un melón.

Una rebanada de pan con requesón y miel por encima, formaba parte de la merienda de los chicos o de los grandes, pues no tenía edad limitativa. Una golosina que alguna vez, por falta de destreza, acababa en el suelo donde el gato daba buena cuenta de los restos caídos. El requesón se producía hirviendo el suero de la leche de cabra que empleaban para obtener el queso. También una rebanada de pan con miel o las torrijas con miel, para los más lamineros. Vino caliente con miel para los mayores, en invierno.

En el pueblo llegó a haber una cabaña de más de cuatrocientas cabras, las cuales tenían todo el monte limpio de malezas y otras plantas comestibles. Por una parte era beneficiosa su labor de poda pero a los chaparros los tenían acotolados, hasta tal punto que cuando una parte del monte era cortada para leña, tenían vetada la entrada hasta que la altura de las guías rebrotadas era inalcanzable para ellas. Hoy, las colinas y lomas se han cubierto de estepas y chaparros que han borrado los caminos y casi hacen desconocido el paisaje; las estepas, al dejar de arrancarlas para el horno y los hogares, no favorecen precisamente a los montes, con el riesgo de incendio veraniego.

Albadas

La frecuencia de las visitas al campo, ya no fueron esporádicas para Juanito a partir de entonces. En general a todos los chavales les sucedía lo mismo. El cambio de niño a chaval, era perder los privilegios ostentados hasta entonces, y más como en su caso, al quedar en minoría. Su hermana era quien tenía todas las prioridades y él todas las responsabilidades. Incluida la de servir de niñera, con el consiguiente choteo de sus amigos que se reían de él al ser su canguro. Y de su abuelo que decía con sorna: “Menos trabajar e ir a escuela, mándeme usté lo que quiera”.

De la siega, todavía conserva las señales imborrables en su piel, mejor dicho en sus dedos. En el curro de la mano izquierda, debió de darse buen tajo a juzgar por la cicatriz. Segando trigo en Zorrolabarga, acudió el abuelo una tarde a echarles una mano y su padre le preguntó cómo iba el tour de Francia; era el año 1959 y lo ganó Bahamontes. Aquí en esta finca, el primer corte.

Otro día u otro año, también segando trigo en Los Batanes, tronaba; al tiempo de un trueno, posiblemente por el miedo o el susto, se metió un tajo en el índice. Pero el corte más tonto se lo dio pretendiendo espantar a un tábano: con la corbella en la mano izquierda y el corte para arriba, tuvo la ocurrencia de intentar darle un sopapo al bicho sin contar que la hoz y el filo estaban de por medio. El dedo corazón de la mano derecha, pagó las consecuencias de la irreflexión de Juanito.

La siega precedía al acarreo y a la trilla. Ardua labor esta de segar a mano. Desde que salía el sol hasta que se ponía, todo el día en el campo sin parar, el lomo doblado y un sol de justicia sobre la espalda. Primero había que segar la cebada, empleada como pienso para los animales y minoritaria. Luego el centeno y para Santiago, siempre estaba la siega del trigo en su apogeo. Cuando llegaba la avena, buena señal, la siega acababa. Pero era un espejismo; había que acarrear el cereal a la era y Juanito mal que bien, con una horquilla, daba los haces a su padre o a su tío, al que también servía. Tenían que madrugar para realizar el primer viaje. Si iban tarde, se encontraban a los adelantados que ya volvían con el consiguiente problema pues los caminos no eran autopistas y solo cabía un carro. Siempre con el miedo, —igual que al recoger las gavillas para hacer los haces—, de encontrar alguna víbora. Su padre se tiró una vez de la cina, en la era, arrastrando un haz de trigo: habían acarreado una. Poco a poco las cinas iban creciendo en las eras. Las de “los grandes terratenientes”, los labradores de dedicación exclusiva, eran las que más altura alcanzaban y en las que más se fijaba el personal. Cina: los haces se apilaban, según cereal, en forma de pirámide.

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Esto de “los grandes terratenientes” tiene su explicación en una tierra que no era proclive a las grandes fincas, más bien minifundios. Entre la mina de hierro de Ojos Negros y el ferrocarril minero hacia el Puerto de Sagunto, más de la mitad de los vecinos trabajaban en esa industria. Por lo tanto, esos trabajadores veían multiplicado su trabajo en dos frentes y los de dedicación exclusiva al campo, con consagración al cien por cien, indudablemente al final del verano advertían recompensado su esfuerzo con mayores volúmenes de grano y paja. Los “carrilaires” como despectivamente y con un punto de envidia les llamaban los de ocupación neta al campo, también recogían el producto del esfuerzo que significaba simultanear dos trabajos. No obstante, todos habían de diversificar sus labores para complementar sus ingresos.

Padre, abuelos, tíos y primos de Juanito, trabajaban en esa empresa. Su padre, fogonero en las máquinas de vapor del ferrocarril y un horario nada compatible con el sueño —había varios trenes al día— hacía difícil compaginar ambas labores por lo que muchas veces encadenaba un trabajo con otro. Ello derivó en que Juanito debiera asumir tempranamente las labores de labranza para permitir a su padre vivir más desahogado. Debían desplazarse los obreros ocho o diez kilómetros hasta la estación o la mina, nevara, granizara o cayeran chuzos de punta; muchos de ellos andando, como su abuelo, para en ocasiones tener que volver a casa porque el tren había sido suspendido debido a la nieve.

Otra labor que asumían los vecinos, todos, era la recolecta del azafrán como método de aunada de ingresos/ahorros. Aquí cada cual plantaba lo que era capaz de recoger cuando las flores eclosionaban. Pasaban frío y sueño; frío porque llegaban de noche al azafrán —campo— para recoger la rosa y la temperatura era en ocasiones rozando los cero grados. Sueño, debido a que los días en que eclosionaban las flores, a caballo de los meses de octubre y noviembre, habían de esbrinar hasta muy entrada la noche para evitar que las flores se amontonaran y echaran a perder.

La cabaña ovina fue importante en aquellos años, casi todos tenían algunas ovejas y otros, pastores todo el año, cientos de ellas. Ello, unido a las cabras, hacía que los montes estuvieran limpios, sin los peligros de incendios veraniegos tan frecuentes en la actualidad. Todo se fue al garete en los años sesenta con la emigración a la ciudad; los pequeños minifundios desaparecieron e incluso “los grandes terratenientes” emigraron. Fueron sustituidos poco a poco por tractores mastodónticos capaces de revolver Roma con Santiago.

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La trilla ¡Ay la trilla! Todo el día sobre el trillo dando vueltas a la parva y en ocasiones tenían que suplir la falta de peso del trillador o la trilladora con una piedra como lastre. Al principio, cuando la mies estaba entera, se amontonaba creando peligro de que el trillo diera la vuelta. Juanito, entre el cereal de su padre y el de su tío, pasaba todo el verano pringado encima del trillo. (Y los gurriatos de cría por los árboles). Se le hacía monótono y pesado aguantar el sol agosteño que caía a plomo líquido. Y a rezar porque no le diera por ponerse de tronada. Cuando alrededor del mediodía comenzaban a salir torrojones —grandes cumulonimbos precursores de tormenta— encima del castillo y la piedra del Tormo, aparecía el temor entre la gente que tenía parva tendida. Gran pavor pues si la mies se mojaba, sería muy difícil recuperar el grano que se hincharía quedando inservible para guardarlo. Excepto para las gallinas.

Si el día transcurría sin novedad, a recoger y amontonar lo trillado para dejar espacio para el día siguiente. Cuando dependían del aire para “ablentar”, debían dormir en el pajar a la espera que moviera el viento. La modernización paulatina de los medios, implantó poco a poco las máquinas aventadoras. Las primeras, con accionamiento manual que pronto fue sustituido por un motor de gasolina. Tardaría más tiempo en efectuarse la trilla por medio de una trilladora accionada por un tractor. La primera vez, se unieron todos los vecinos y contrataron el servicio de una para todos.

Aquello significó la desaparición de la trilla “artesanal” como había sido siempre. Y aunque las cosechadoras tardarían en implantarse, la siega se dulcificó —no sin dejar sus huellas en los dedos de Juanito— a través de las segadoras y las segadoras/atadoras.

En aquellos años “románticos” para las personas que huyendo de las capitales aterrizaban por el pueblo en busca de descanso y mejor temperatura —valencianos, madrileños—, para los críos era un divertimento que les dejaran subir al trillo. Un niño valenciano, hospedado en casa de un tío, disfrutaba de un borrico que en esa casa tenían.

—Yo quielo montal a Calbonelo. —Una mañana, amaneció inconsciente y dando botes en la cama. A Ricardo lo llevaron de urgencia a Teruel donde falleció víctima de un furibundo ataque de tétanos. Seguramente, el borrico que tanto amaba, fue el vehículo involuntario que le transmitió la enfermedad.

Juanito recuerda una canción que cantaba una moza dando vueltas encima del trillo, cual alondra cautiva en una jaula de oro: “No te cases con la rubia, que serás un desgraciado, cásate con la Morena y serás afortunado”. Tenía su intríngulis: a la hija de la casa le llamaban “la Morena”, y sus padres no querían al novio. Pero se casaron.

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El horno fue durante años, en su gran poyo, el lugar de reunión de chicos y grandes. Su principal cometido, cocer el pan, era subastado el día de san Miguel. El adjudicatario del arriendo por el precio o comisión estipulada, debía de proveerse de la leña necesaria para ese cometido. Entonces estepas, que amontonaban en su puerta e incluso dentro. Estos montones de leña, eran aprovechados por Juanito y sus pares para introducirse dentro y sin ser vistos, hacer grandes cigarros con las peladuras de la leña, “jormos finos”; más bien soplar en vez de fumar, propiamente dicho. Milagrosamente y como las estepas estaban casi siempre verdes, nunca le pegaron fuego a la pira.

Ya tenían convenidos los días que el horno iba a cocer el pan; hubiera sido muy oneroso tener que calentarlo para una sola masada. Tras realizar la preparación de la masa en los domicilios, la ponían entre mandiles en una cesta de mimbres —cesta de horno la llamaban—, para que creciera por medio de la levadura que guardaban de la anterior preparación; hoy la llaman masa madre.

Una vez “crecida”, se desplazaban al horno y en una mesa central, cada usuaria depositaba su masa e iba haciendo bolas del tamaño que consideraba adecuado. Guardadas entre los mandiles, esperaban la hora del horneo; con una pintera, marcaban la bola por encima dando lugar a los recordados y clásicos “moñetes”. Un “pizco” o corte, señalaría los panes de cada usuaria. Y siempre harían dos o tres bollos, estirados o cañadas, para consumir en el día o el siguiente. Incluso hoy, el panadero que abastece a varios pueblos, suministra ese tipo de pan requerido por los habitantes del lugar. ¡Aquello sí que era pan de pueblo, sin aditivos de ninguna clase! Y duraba hasta quince días guardado en la artesa del masador. Y no hablemos de cuando se acercaban las fiestas. ¡Pastas de todas clases y colores! Bueno, lo de colores es un decir. Madalenas, la “g” no se usaba; escaldadas, ohhhh que delicia; “gatos” y otras figuras cortados con un molde; otras pastas a la que añadían “chichorros” de freír manteca (no, no se trataba de asar la manteca, sino extraerla de las piezas del cerdo sacrificado) para su confección y como no, las tortas tradicionales y características que habían de recoger los mozos el día de la abuela para consumirlas en sopeta o con chocolate. ¡Ah, qué nostalgias guardadas en lo más profundo de la memoria que recuerda aromas y sabores! Juanito, una madrugada panadera, se arrancó a cantar la jota del “hermano en el tercio”. Difícil, pero no le falló la voz. Al celebrar las rondas y pasar por el horno, siempre cantaban los joteros: Cuando se muere algún pobre/ y lo pasan por el horno/ alza la cabeza y dice/ esta casa huele a bollo. Y cuando un trozo de pan caía al suelo, se recogía y besaba.

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“Las abejas no conocen al dueño”. Cierto. Existían otros hornos y estos no estaban para bollos. Eran casetas de obra con su tejado, colmenares que albergaban veinte o más colmenas fijas. Había varias en el término del pueblo y cómo no, tenían sus dueños. En el exterior las piqueras de cada enjambre y en el interior, una puertas en cada “casa” para acceder a ellas y “cortar” el horno cuando este se hallaba a rebosar de cera y miel y las abejas necesitaban ampliar almacenamiento: Eran como unas pirámides truncadas y los panales construidos por ellas, tenían las formas caprichosas que a su libre albedrío les daban. Apicultura artesana y rudimentaria.

Los cortaban una vez, o más, al año si este era propicio. Y como en los enjambres actuales, en primavera con la eclosión de varias reinas, estas abandonaban la casa común seguidas por un séquito de abejas que se detenían en cualquier lugar. Los cazadores de “iscariotes”, pues así los llamaban, iban con su abejera de corcho y dándole golpes, toc, toc, toc, llamaban a la reina a tomar posesión de la misma. Una vez dentro, las demás la seguían dando lugar a una nueva colmena.

Juanito, consideraba a estos insectos “bichos non gratos”, tras el picotazo que lo dejaron tuerto varios días. A pesar de ello, no pudo resistir la tentación de acompañar a sus tíos a “cortar” las colmenas. Habían heredado de un señor que tenía muchas, de madera, y debieron hacerse cargo de ellas. En cuanto comenzaba la primavera, ya no faltaban flores de las que alimentarse: aliagas, tomillo, cenicillas, pipirigallos, estepas, romero, espliego, los propios cereales y ya al otoño, las flores del azafrán, “zafrán”. Habían de tener cuidado tanto al coger la rosa como al esbrinar porque las abejas se metían dentro a buscar comida y el amarillo de las lengüetas: llevaban las patas cargadas a tope. Si al coger una flor había una abeja dentro, el riesgo de que clavara su aguijón era alto. Y espabilaba, vaya que sí. Las bellotas de los chaparros, al finalizar el otoño, también proporcionan buen alimento a las abejas. El método de extracción de la miel de los panales “automatizados” era curioso: a Juanito le llevaba su tía los panales que previamente había laminado con un cuchillo para dejar las celdas con la miel abiertas. Luego los metían en un biombo y por medio de un manubrio los hacían girar y la miel era expulsada de su alojamiento. Por un orificio en su parte inferior, iba saliendo la miel a un recipiente. Una careta protegía la cara pero las manos, eran las sufridoras de la tropelía del robo de la miel. Acababan hinchadas de los picotazos, pero aquello ya era como el soldado que vuelve victorioso tras la batalla. Y lo más chocante: la miel almacenada en bidones era blanca, parecía manteca.

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Cuando Juanito acabó la edad escolar, quedó varado en el pueblo. A veces, cuando el maestro se ausentaba, lo dejaba al cargo de los colegiales. Y no duda en afirmar que concluían aquellos años con una cultureta más extensa que la actual.

En su caso fue atrapado de forma que no podía marchar a estudiar, —no había dinero y solo había una salida, irse con los curas o los frailes, el suyo fue un pueblo de curas—, tampoco a trabajar pues no hubiera ganado ni pa’pipas y en la compañía minera, salida natural de los jóvenes de la zona, no admitían a nadie. Tampoco tenía tierra para poder subsistir de ella. Su padre jornalero del tren minero, como sus abuelos y sus tíos. Así que labrador a la fuerza. Sin vocación. De este modo perdió el tiempo hasta que un día la mala suerte puso fin —drástico— a esa vida rústica, nada bucólica.

Habían vendido los mulos heredados, ya viejos, y comprado dos jóvenes. Uno cada uno. El de su padre, a pesar del poco tiempo que pasaron juntos, un excelente animal. Que le perdonó la vida. Un día había ido con él a las Dehesillas. Le ató una soga larga para que pudiera apacentar. Sin saber cómo, comenzó a andar y él quedó trabado de un pie a la soga que estaba suelta, aún, y atada la otra punta a su ramo o ronzal. ¡Soooooo! ¡Sooooooooo!, no paraba y lo tiró al suelo. Ya lo había sacado al camino arrastrándolo, y él sin parar de pedirle que parara. ¡Soooooo! Navarro ¡Soooooo! No supo si fueron las llamadas o el peso del cuerpo que le tiraba del morro, al fin se detuvo. Temblando y llorando se soltó el pie y lo acarició para calmarlo. Si se hubiera espantado y echado a correr, lo habría matado.

Su fin, no obstante, no estaba lejano. Una mañana, labrando en la cerrada La Balsa, en el mismo paraje, paró junto al ribazo a hacer de vientre. La costumbre de los mulos, en cuanto estaban parados, era ir a comer si había donde. ¡Soooooo! ¡Quietos!!! Al moverse, la rueda del rusal le dio en las patas al mulo de su tío. Comenzaron a andar. Como iba a pensar Juanito lo que estaba a punto de ocurrir. A lo que quiso reaccionar, pues lo pillaron con los pantalones abajo, ya no pudo alcanzarlos. El mulo tirando coces y el otro también lo seguía. Salieron por la portera y enfilaron por el camino cara al pueblo y él corriendo y llorando detrás, sin posibilidad alguna de alcanzarlos.

Justo a la entrada del pueblo se habían parado (y menos mal que no encontraron a nadie por el camino). Se acercó a calmarlos y soltar el rusal. Al andar el mulo de su padre, observó algo raro. Cojeaba. Miró sus patas traseras y contempló horrorizado como una de ellas estaba seccionada por encima del casco. Le había cortado el tendón.

 

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Fue un trauma tremendo, casi amnésico, que todavía arrasa sus ojos. Avisaron a su padre que creyó que el herido era su hijo. El mulo, tuvo que venderlo porque quedó inútil para el trabajo. Así fue como, tras tan desgraciado accidente, finalizó su vida como labrador pobre. Su madre no quería perderlo, pero los hechos la convencieron. No volvieron a comprar otro, y él, inició una nueva singladura. Pobre consuelo el suyo. El animal entregó su vida, no siendo el inductor, para que él iniciara la suya.

Los mulos, en su loca y desenfrenada carrera, llevaban tras de sí el rusal, un apero de labranza con una teja afilada que servía para voltear la tierra. Cruzaron por encima de un montón grande de “ciemo”, estiércol, en el cual la rueda del apero se clavó y este dio la vuelta de campana brusca hacia delante, pillándole la pata al mulo de su padre y seccionándole el tendón. Y menos mal que no fue el de su tío...

¿Alguien imagina en esa tesitura a un niño/adolescente de 15/16 años actual? Esa era la edad de Juanito cuando ocurrió el accidente y ya llevaba muchas jornadas de labranza en solitario. Lo que vemos que ocurre en otros lugares tercermundistas, aquí también ocurrió. Por necesidad. Hoy, afortunadamente, aquello quedó superado. Aunque para él, fue una maldición.

oo--oo

Para restañar un poco amargos y negativos recuerdos, nada mejor que volver a repasar aquellas albadas en las que el trigo recién germinado, conservaba en la punta del tallo una gota del rocío de la mañana. Las hileras de los surcos perfectamente marcadas por el trigo o el centeno brotados, llenaban de gozo al sembrador que veía así recompensado, en un primer acto, el desvelo y trabajo que había conllevado acondicionar la tierra para la futura siembra/cosecha. Todavía quedaba mucho trecho por delante y demasiado mirar al cielo, pero aquello era infinitamente mejor que dar una ojeada y ver que el sembrado no acababa de eclosionar por falta de agua para hacerlo.

Esas situaciones nefastas para el campo, generalmente vienen acompañadas de cosechas paupérrimas, malas hierbas e incluso dejar de segar. Más de un sembrado lo han pastoreado las ovejas porque era imposible poder recoger un mínimo de grano de la espiga fallida. Para quienes no tenían otra forma de añadir ingresos significaba, sino hambre, lo más parecido. Siempre la vida del labrador ha sido difícil y sacrificada, de ahí la gran diáspora que supuso la emigración en masa y la desertización humana de los pueblos. También hay que reconocer que en aquella situación, era imposible la supervivencia y continuidad de una población en la que Juanito, fue un exponente más.

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Esta narración, no pretende enseñar nada sobre los cereales, las abejas y sus derivados, que para eso sin duda hay infinidad de personas más capacitadas para ello. Pero sí que describe la realidad de muchos pueblos no solo en las serranías turolenses, también en lo que ahora han dado en llamar la España vaciada. Fueron los años posteriores a la posguerra y comienzo de la segunda mitad del siglo XX donde, en primer lugar, las comunicaciones prácticamente no existían o era necesario desplazarse horas a pie para llegar a ellas. En el ferrocarril se forjaban amistades duraderas pues la velocidad lo permitía. La radio solo existía en algunas casas y la información que llegaba era filtrada, sinónimo de manipulada, sobre todo a través de Radio Nacional, donde la emisión de “el parte”, era de obligado cumplimiento por todas las demás emisoras. Solo en onda corta llegaba Radio Pirenaica para algún “extraviado”. No había opinión, solo aleccionamiento. Y como no se añora lo que se desconoce, fue necesario tiempo para que las gentes de la emigración se habituaran a la nueva forma de vivir.

Los niños eran empleados para labores agrarias que ahora no existen. Algunos hubo que solo asistieron a clase los días que no podían salir al campo. En los azafranes, las clases eran suspendidas pues se necesitaban manos para coger la rosa o esbrinar. Y en la siega y la trilla, eran imprescindibles para ayudar en lo que fuera o pasarse el día sobre el trillo.

Ahora Juanito, junto con su amigo Chesús, contemplan desde el renacido castillo el término del municipio con el valle del Jiloca al fondo, y recapitulan cuántos labradores hay en el pueblo. Les salen dos y algún otro espontáneo que trabaja sus tierras sin ser labrador propiamente dicho. Pero llevan tractores, todoterreno, que devoran en cuatro días toda la tierra de labor que es susceptible de trabajar, y alguna que no sirve ni para cardos, pero que suma a la hora de pasar a cobrar la PAZ (PAC), como le llaman ellos. Han roturado terrenos que siempre habían sido monte con ese único y exclusivo fin. Grandes cosechas de cardos y ababoles, trufadas de cenicillas, que quizá incitaron al poeta a pergeñar estos emotivos versos: “Oro y sangre unidos van, en la campera jocunda, es la sangre que fecunda, el oro de nuestro pan”. De aquellos rapaces que un día fueron, todos, excepto uno que nunca lo abandonó y que es uno de los dos labradores/ganaderos en activo –más bien su hijo-, acabaron en la diáspora. Igual que aquellas semillas de cereal que se sembraban al boleo y rebotaban contra la tierra, se repartieron por diversas actividades y zonas de España; hoy, el río de la vida ya ha conducido a su delta a varios de ellos, partida demasiado prematura dada su edad.

Albadas

 El horno, acabada su misión panadera, continuó dando albergue a diversos eventos. Allí, Juanito se confesó enamorado y el apretón de la mano amada le hizo concebir, como en la obra de Charles Dickens, grandes esperanzas, que se disiparon como la niebla al recibir los embates del cierzo y del sol. Los recuerdos, como los cardos en la siega, pueden ser muy dolorosos. Otra herida lacerante no cicatrizada.

Un día, ya siendo mozuelos, hicieron una cena con el dinero que le habían sacado a un forastero, obtenido por la serenata de su novia. (Era costumbre que todos los forasteros con novia en el pueblo, soltaran la tela para aceptarlo como uno más). Y las mozuelas de su tiempo, por otra causa, también tenían montada aparte su cena. Algunos zorros que conocían las entradas de la casa, les robaron la cena a las chicas. Estas, al descubrirlo, armaron la de dios es cristo, pero no la pudieron recuperar. Dejaron de hablarles y ninguno de ellos se casó con alguna de esas chicas. ¡Qué bonito hubiera sido si en vez de sentirse humilladas...! “Comeremos tristes y amargados/ comeremos triste y sin amor/ comeremos tristes y amargados porque la chica del al lado/ dijo que no”. Puede que también lo cantara la trilladora/calandria en su trono móvil.

El campo español, afortunadamente, no es lo que fue; hoy, esos tractores mastodónticos labran incansables miles y miles de hectáreas en las regiones y comarcas cerealistas. Así mismo, vemos a las cosechadoras una tras otra merendándose esos campos inmensos sembrados de cereal, que requerían mano de obra sin cuento. De no ser así, no serían rentables.

—Hay que ver Chesús como ha cambiado todo desde que éramos unos críos; hasta nosotros, que nos hemos hecho viejos sin darnos cuenta. Todavía me acuerdo de una mañana que iba a dar de beber agua a la Morena, antes de ir con mi padre a segar. El tío hornero estaba espatarrao en la esquina del horno y la mula al verlo se espantó y se me escapó. Muchos pares salían por la mañana a labrar y ahora, ya ves, el hijo de nuestro amigo Armando, revuelve el término y parte de los colindantes con el tractor.

—Tienes razón, la fragua del “tío Mininas” funcionaba a todo fuelle ¿Te acuerdas que le vendíamos las herraduras que encontrábamos cavando en el cenicero de la fragua vieja?

—Sí y luego las perras que nos daba nos las gastábamos en cacagüetes en la tienda de la tía Marta. Sabes, cada vez que me acuerdo me da mucha pena, la mitad de nuestra generación se ha perdido ya. La de gente que hay de ochenta y noventa, hasta centenarios, y nuestros amigos qué pronto se fueron. ¡Qué mala suerte!

Albadas

—A mí también me desconsuela haber perdido tan pronto a nuestros amigos, contra eso no se puede luchar, pero desengáñate Juan, aunque nosotros no lo veremos, dentro de pocos años y en las grandes extensiones cerealistas, ya no será necesaria la presencia del labrador para realizar las faenas agrícolas. Por los aires los drones y en tierra los robots, ejercerán todas las funciones. Los programarán y ellos de manera incansable manejarán las máquinas. Lo harán todo: arar, sembrar, abonar, controlar las plagas, recoger las cosechas en incluso fabricarán el pan. Así que si ahora cada vez son necesarias menos personas para esas faenas, entonces solo habrá programadores.

—Hombre Chesús, todo eso queda muy bien pero siempre será necesaria la presencia del hombre.

—¡Quiá! Podrán estar en el Caribe o tostándose al sol en Torremolinos. Con las modernas tecnologías, todos al paro o a la playa, depende de la suerte de cada cual. No lo veremos, aunque no pondría la mano en el fuego afirmando que en este momento no se está realizando ya este sueño.

—Sí, pero siempre será necesaria la vigilancia y la mano de la persona para realizar algunos trabajos. ¿Me quieres decir cómo enseñar a un robot a coger rosa o a esbrinar? ¿Eh?

—Hombre, en casos extremos… a una chica tampoco puedes decirle que la amas por delegación ¿no?

—Mira Nostradamus ¿A tu edad te vas a declarar?

—Sí hombre, a buenas horas mangas verdes. Soltero toda la vida y ahora buscando novia. A mí me parece que la herida te sigue supurando. Jajajajajaja.

—Qué mala sombra tienes. Sigues siendo igual de mal bicho que cuando nos encerró el cura en las vueltas de la iglesia y luego cuando logramos salir de la encerrona te pusiste a tocar las campanas a fuego y luego a muertos.

—Calla, que mi culo sigue recordando los cintazos que me pegó mi padre. Fuimos a por pichones y solo logramos cabrear a todo el pueblo.

—Genio y figura hasta la sepultura. ¿Y cuándo robasteis a las mozas la cena?

—Ya sí, pero vosotros bien que os comisteis los huevos en batalla.

—Anda, anda, vámonos que se ha hecho tarde.

—Oye, mañana vamos con Maturras a cortar las colmenas ¿Te apuntas?

—¿Pero qué te he hecho yo? Esos bichos no son gratos para mí. Contigo tengo bastante. Otra cosa es la miel. Jajajajaja.

Albadas

 

Epílogo.

El cerro de san Ginés, —este mártir fue un comediante romano que se negó a ridiculizar a los cristianos y que acabó como acaban todos los enemigos reales o ficticios del poder—, es la cumbre de la Sierra Menera con más de 1600 metros de altura. El santo, siempre ha tenido una ermita a la cual ascendían en romería los pobladores de los tres pueblos limítrofes el día 3 de mayo, la Cruz de Mayo, a bendecir los términos. Costumbre que se mantiene pero ahora, ante la despoblación, lo hacen desde las afueras del pueblo. Esta misma romería se repetía, y se repite, el día 25 de agosto una vez acabada —o casi— la trilla. Hoy ya no tiene las evocaciones concernientes a los trabajos del campo pero la devoción al santo sigue inquebrantable.

El castillo mencionado, es una fortaleza medieval asentada sobre la roca de rodeno, en parte inexpugnable. Tras siglos de abandono —estuvo ocupada por las tropas isabelinas en las guerras carlistas— la han restaurado y es visitada por miles de turistas.

 

“Las albadas de mi tierra, se entonan por la mañana,

para ayudar a las gentes, a comenzar la jornada”       

J.A.Labordeta

 

*Según información de quien vivió y sufrió aquellos tiempos, cuando llegaba “la fiscalía” (que no eran los maquis sino más bien una banda de forajidos, legales, asalta casas), habían de esconder todo porque se lo llevaban sin pagar nada. Animales y cereal. Ocasiones hubo que debieron utilizar la harina del molino del pueblo para fabricar el pan; luego no lo podían comer por la gran cantidad de sílice que llevaba. En todo caso, el agricultor, que era el que ponía todo como siempre, salía perdiendo; antes, con los especuladores o estraperlistas y después, con el Estado.

 

 

Ite missa est

Enviado a un certamen sobre cereales en Burgos, no para darles gusto a ellos,  sino por puro placer mío.

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