Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 6 de junio de 2021

MEMORIAS DE UNA TAZA DE TÉ

Se vanagloriaba de que sus primeros recuerdos databan de 1380, cuando iniciaba su andadura la dinastía Ming en China. Pasó al servicio de los primeros emperadores de la estirpe, cuando la rotura de una de aquellas tazas iba acompañada sin remisión, del rebanado del cuello perteneciente al sirviente responsable. Por ello, salvo que dieran la orden directa la esposa o la favorita del señor del imperio, se guardaban muy bien de servir el té en ellas. Cuando tenía lugar ese servicio, las tazas y su plato correspondiente iniciaban su repiqueteo característico, fruto del temblor transmitido por las manos del fámulo.

Muchos labios pasaron por su borde, casi tantos como por los de los distintos emperadores. Eso sí, todos de alta alcurnia, pues quien hubiera osado posarlos sin derecho, no hubiera vivido para contarlo. La costumbre y las normas internas de palacio, eran de una rigidez extrema en lo tocante a la servidumbre; había espías entre ellos para depurar responsabilidades y malas conductas, nada que no fuera inherente a la ramplonería y obediencia servil del ser humano.

Vio de todo en su vida y permitió contener en su seno los más variados licores (no solo servían té). En las alcobas, más de una vez su color cambió por las cosas que le obligaron a contener; menos mal, pensaba, que el agua lo limpia todo. Incluso pudo ser y fue, el medio que sirvió para contener el líquido servido con el fin de eliminar a más de un personaje palaciego. Ese deporte favorito de todas las cortes y del cual los emperadores romanos fueron protagonistas directos. (Aunque este imperio le precedió en milenios)

Con el cambio de gobernantes en la China mingniana, la colección de tazas emigró al palacio de un maharajá indio. Nada que ver con la sofisticación del palacio de los emperadores, pero no menos elitista. Aquí ya tuvo el primer contacto con aquellos personajes de rostro pálido y melenas rubias. 

Largos años de silencio mientras en la India se fraguaba la independencia de los ingleses. Los maharajás eran más comedidos y frugales que los chinos. Cuando lord Mountbatten, último virrey inglés en el territorio, lo abandonó antes de proclamarse la independencia de la nación india, -los apaches no, esos nunca han sido independientes, solo expulsados de sus tierra y diezmados por los colonos ingleses- se llevó con él la colección de teteras Ming. Al llegar a Inglaterra, donó a su reina la citada colección.

Gran contraste percibió entre las costumbres chinas, indias e inglesas. Fue espectadora de las trifulcas matrimoniales entre los príncipes de Gales y la rotura final de su matrimonio. De los cabreos del príncipe Charles con su padre respecto de su amante y al final esposa, Camilla, y sobre todo por la longevidad de su madre, Isabel, que le iba a impedir reinar pues ella pretendía acabar sus días con la corona puesta. 

Su fin tuvo lugar cuando a un sirviente de color del palacio de Buckingham, se le escapó la taza de las manos mientras servía el té a los duques de York junto a un maharajá de la India. Aquello supuso la desaparición del servicio de palacio, junto a la taza de la dinastía Ming, de los servidores de color. Los ingleses siempre han sido muy suyos a la hora de explotar a los demás. 

El mayordomo recogió los cascotes y los pegó cuidadosamente pensando que a pesar de todo, por una taza con tan extenso currículo y de la dinastía Ming, habría algún coleccionista que valorando tan longeva vivencia, pudiera darle una pequeña compensación dineraria. Al fin y al cabo, no todo el mundo podía posar sus labios sobre una taza en la cual habían bebido emperadores, concubinas, maharajás, virreyes, reinas, duques y otros personajes de alta cuna y baja cama. 

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