Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 9 de enero de 2022

AMIGOS

Ahora que tantas cosas pasan rápidamente por mi cabeza, una de ellas es precisamente el capítulo amigos. Hago demasiadas recapitulaciones de lo que ha sido mi vida y la verdad es que salvando a mis hijas y la compañera que a trancas y barrancas ha estado a mi lado, la encuentro huera, hueca, sin contenido.

Y es en el capítulo amigos, en el que más fallos encuentro por no decir ausencia total de los mismos. Los amigos de niñez y juventud se diluyeron como un azucarillo en un torrente. La vida nos llevó a cada uno por nuestro lado y ninguno supimos reverdecer aquella amistad o peripecias vividas en el pueblo. Más tarde, en mi trabajo, fue imposible hacer amigos, allí solo había individuos dispuestos a hacerte picadillo, y no solo lo intentaron, en cuanto te descuidaras o cometieras un fallo.

Recuerdo con amargura, es un decir para mí no son ni recuerdos, a individuos que no solo consideraba amigos sino que los ascendí y promocioné y con posterioridad, por cobardía, me volvieron la espalda. A esos no los echo de menos, ya lo dice el proverbio chino: "quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro". En el trabajo, como fuera de él, quien intente aprovecharse de ti, ese no será nunca tu amigo o compañero. Fuera del trabajo, trabajando a turnos, es poco menos que imposible hacer amigos si de antes no los tenías.

Mis compañeros de juventud, igual que si nos hubieran desterrado. En Madrid conseguí ver a dos de ellos. Uno, Joaquín, quinto mío, prematuramente desaparecido. El otro, fue un tiempo consuegro, una quinta anterior, cantador de jotas en el pajar, mismo fin. Otro en Valencia, siguió el mismo camino y Pedro Manuel, quinto, abrumado, se marchó voluntariamente. Solo quedamos dos, de momento. Mateo y yo. Que cada día me encuentro más al borde del abismo. Menguan mis fuerzas, me cuesta desplazarme, me fatigo y si algo tenía que hacer ya esta hecho. Para más inri, mis poco afortunadas acciones de este verano, me están pasando factura anímica.

La verdad, esta vida es una mierda.

Me olvidé de otro, Armando, un sinsustancia que excepto entre los suyos -como todos- no dejará ninguna huella imborrable (yo tampoco, no soy tan estúpido). El día que enterraron a su padre, teníamos 16 años. Al volver del cementerio y entrar en su casa y verlo, al amigo, me entró tal lloradera  -choto en nuestro argot- que me duró media hora. Mi tío le decía a mi madre: déjalo que ya se le pasará. NUNCA, ni por una mujer, he llorado tan desconsoladamente ni durante tanto tiempo. Todavía no me explico que me pasó.

Tampoco me olvido de las chicas que nos dejaron hace tiempo y las que van camino de hacerlo: Dos Pilares, y Asunción, prima hermana que con 45 años partió prematuramente. Las tres por el mismo maldito e innombrable mal. Alicia se debate en una lucha perdida de antemano-


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