Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 2 de enero de 2022

CUENTO DE NAVIDAD

A aquel niño grande le comentaron que había unas preciosas mariposas con forma de mujer que por la noche emitían destellos luminosos. Eran pequeñas y delicadas y por ello había que tratarlas con cuidado y mimo; se alimentaban de amor y si este fallaba o morían o desaparecían.

Terrible dilema, pensó Elías. Y ¿Dónde puedo encontrarlas? Eso ya es más difícil, normalmente son ellas las que te eligen a ti. Infatigable comenzó a navegar por los procelosos mares y océanos. En alguna ocasión tropezó con sirenas que con sus cantos y encantos pretendían embaucarlo cual navegante al servicio de Ulises. Él, siempre receloso, les pedía le enseñaran la patita por debajo de la puerta temeroso de que tras una supuesta libélula, realmente se escondiera el lobo feroz con ánimos de devorarlo y aprovecharse de su bisoñez.

Al fin llegó a una isla, donde una ninfa fue poco a poco ganándose su confianza. ¿Será una libélula? Claro, el desconocimiento de las mismas podía acarrearle más de algún problema y con toda certeza una desilusión. Poco a poco la confianza mutua fue ganando terreno al temor y cuando el amor prendió, la libélula brilló en todo su esplendor iluminando muchas noches de su solitaria existencia. Un día, sin una razón que para él resultara comprensible, la libélula voló dejándolo desconsolado y lamentando cual habría sido el motivo de su desaparición. Se consolaba mintiéndose. Quizá yo no supe alimentar su luz y ha ido a buscar otros lugares en los cuales iniciar una nueva vida y repuesto más firme para su depósito de luz; pero no obstante, el siempre dejaba abierta la puerta e iluminada para si pasaba por allí, al menos supiera que la seguía recordando con amor. Un te amo, en la puerta, era el santo y seña. 

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