Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

lunes, 16 de mayo de 2022

CARS

He tenido varias veces la idea en la cabeza pero nunca en el momento oportuno. Recordar los coches, carros, autos que he tenido durante mi vida. Creo que con el que actualmente circulo, se cerrará el círculo; la edad y la salud marcarán el punto final de mis aventuras al volante.

Ese periplo se inició cuando trabajaba en Benicassim. Una tarde acompañé a mi jefe a un concesionario de coches de segunda mano, él quería comprarse una ranchera para poder realizar mejor las compras para Les Barraques. Yo vi un Seat 850 Coupé, blanco, matrícula CS 46357 en la exposición y me encapriché de él; no puede llamarse de otra forma al flechazo. No disponía de dinero y lo que era peor, tampoco de carnet de conducir. Para lo primero, enseguida hallé la solución: la insolvencia de mi juventud, la pagarían mis padres; para el carnet de conducir, enseguida busqué una academia de conductores en El Grao de Castellón y me puse manos a la obra.

Fue una peripecia digna de recordar. Circulaba con un seiscientos de la academia junto al profesor rumbo a las pistas de entrenamiento y éste estaba un poco acojonado: circulaba a toda pastilla que permitía el vehículo y yo no tenía experiencia ninguna. El día del examen, fue un desastre. El teórico, fenomenal, cum laude, pero el práctico, para olvidar. Había una abuelica en el trabajo, madre de la mujer del dueño, y ésta me aconsejó "Hijo, tú rézale un Padrenuestro al Espíritu Santo, y te ayudará". Y vaya si lo hizo. Al cambiar de segunda a tercera, me rascó la primera. El Espíritu Santo taponó los oídos del examinador. Al realizar la "ele", había que echar marcha atrás y salir en primera; tuve que realizar otra maniobra porque no salía. En esta caso el examinador estuvo ciego, no vio nada. Otro milagro. Se hicieron las dos y los funcionarios acabaron por la vía rápida: "El que tenga aprobado el circuito, está aprobado, no se sale al circuito abierto". No me cabe duda que la abuelica tenía razón. El Espíritu Santo, escuchó mis ruegos. Desde aquel día, 21 de octubre de 1971, tengo el carnet de conducir y el milagro se ha repetido: he tenido la inmensa suerte de no haber causado ningún accidente, aunque sí he sufrido algún percance. Desde aquella fecha, mi vida cambió de rumbo.

En el Coupé y con su concurso, ocurrieron muchas cosas. Anda que no fardaba yo con él. Con un primo, realizamos un viaje memorable a Santiago de Compostela. Salimos un jueves a las doce de Zaragoza y el sábado a las cuatro de la tarde, ya estábamos de vuelta. Alucinante y cansado. Teníamos unas horas para haber visitado el centro de Madrid y el puñetero auto rompió una correa del ventilador. Allí acabó la visita. Yo ya había estado en la ciudad, en el Ministerio de Marina situado en la avenida de Juan XXIII. Ya no he vuelto y no tengo motivos agradables para recordar ni para volver.

Tras varios años, otra tontuna hizo que cambiara de vehículo. Ese fue el mayor fracaso. Otro Seat 850  B 3541 Z, también de segunda mano; se rompió una biela del motor bajando de los Pirineos y lo mandé al desguace. Ninguna historia a reseñar salvo el fiasco que sufrí, dos meses me duró. Y eso que llevé a un pariente presuntamente entendido en vehículos y motores para que le echara un vistazo y me asesorara. Por cierto, que el pájaro a quien le vendí el Coupé y compré el 850, lo volvió a vender y me venían multas a casa sin cuento, hasta que lo amenacé con denunciarlo. Seguro no lo había dado de alta con el fulano transgresor.

Había dado una señal, para un piso, de 100.000 pesetas y este incidente hizo que pidiera me devolvieran el dinero y afortunadamente lo conseguí. Hoy no lo hacen. Me sirvió para comprar el siguiente, nuevo: un Ford Escort, verde claro, Z 9875 O. Yo andaba escaso de recursos y el auto de potencia; la consecuencia de no tener suficiente pasta. Recién comprado fuimos al pueblo de la santa y era la época de las vendimias. El suegro creyó que el cielo se le abría y pretendió meter los cuévanos, cestos de vendimiar, dentro del coche. ¡Quieto parao! Hasta ahí podíamos llegar. Joder, qué atrevida es la ignorancia pero no hay ningún tonto que tire piedras sobre su tejado.

El siguiente lo adquirí de segunda mano pero con escasos kilómetros, trabajando ya en la GM. Era de "promoción" interna. Opel Astra, rojo burdeos metalizado, Z 1469 AV. Muy contento con él, podía haber circulado con mucho más rodaje pero lo andado y la cercanía de la jubilación, me hicieron encargar un Opel Meriva color cava de fabricación propia. 2614 FNM. Al entrar a trabajar en el turno de noche, lo pude despedir justo cuando iniciaba el camino de Carrocerías hacia Pintura. Acabado de chapa, no lo volvería a ver hasta el día de la entrega. 

Viajando con él, nos ocurrió una anécdota que me supo muy mal a pesar de que en parte, fue culpa mía. Nos acompañaban los consuegros gallegos e íbamos al pueblo tras visitar a la madre de la santa en el suyo. Al pasar por Calamocha, lo hice por la antigua carretera que cruza el pueblo por el centro para que lo vieran los visitantes. A más de cien metros, en un semáforo, ya vi un guardia civil que me ordenaba detenerme saliendo de la carretera. Me pidió el carnet y ¡Grossen putaden!, lo tenía caducado desde marzo. Había confiado en que la DGT me avisaría, como siempre lo había hecho, pero en esa ocasión, a nivel general, se callaron como putas con lo cual miles de conductores caímos en la trampa. ¡Money, money! 200 auros de multa.

Bueno, el que mandaba la patrulla, un sargento, se fue a comprobar lo que fuera y el otro fulano, un tipo con gafas estilo macarra de discoteca, ¡No abran la puerta! ¡No bajen el cristal! nos conminaba de forma chulesca, autoritaria e indecente. Las cuatro de la tarde en el mes de junio. Mi consuegro, oficial de la armada, intentaba identificarse pero el zángano macarra, seguía con sus frases intimidatorias. No hubo forma. Cuando el sargento acabó sus gestiones, mi copiloto pudo identificarse. Al reprocharle la actitud del macarra de discoteca, las manos le temblaban y le preguntó al marino si presentaría (yo) una denuncia. ¡Claro que sí!

A partir de entonces, el Meriva lo llevó él. Denuncié a la dirección general de la GC en Madrid y al tiempo el capitán del cuartel de Monreal, a cuya dotación pertenecían los guardias, se puso en contacto conmigo. "No quiero más consecuencias excepto la de protestar por un trato que consideré degradante e insultante, como si hubiéramos sido delincuentes. Obligarnos a permanecer en el coche con las ventanillas cerradas, sin permitirnos salir, es humillante e intolerable". Esas fuerzas armadas no nos defienden y protegen, sino todo lo contrario.

Pasados diez años desde la jubilación y consciente de que sería el último, o por eso, lo vendí con pena y alguna lágrima; compré el que será mi último coche, carro, auto. Un Opel Mokka X plateado, modelo 120 aniversario. Tres años recién cumplidos, espero que ambos nos hagamos compañía mutua largo tiempo aunque ya los viajes playeros se acabaron. Y la suma de kilometraje y consumo, se ha visto reducida ostensiblemente.

Y espero que duremos, ambos, muuuuchos años. Por pedir que no quede.

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