Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

lunes, 23 de mayo de 2022

MADRÍ

Si he de decir verdad, no me agrada en absoluto hacer referencia a esa población. Ya sé que debería ser políticamente correcto pero nada más cercano a mi intención; me gustaría tener el vocabulario culto aunque solo fuera por un rato como los ratones en la discusión del cascabel al gato, pero al olmo no se le pueden pedir peras y ya quisiera yo ser como un olmo, pues no llego ni a escoba. En mi pueblo hay unas plantas silvestres, nada que ver con las escobas de las brujas o las de anea que usaban antes, a las que llamamos escobas y que posiblemente las denominarán con otro nombre científico o vulgar.

Antaño, las recolectaban para hacer escobas con las cuales barrer la parva del cereal en la era y en general, el suelo. Los crios que ya empezábamos a fumar cualquier cosa, las hojas secas de las pataqueras, una planta solanácea que daba tubérculos dulces y comestibles eran lo más parecido al tabaco, estaban en nuestras preferencias. Los jormos finos de las estepas, con el tiempo he averiguado que en otros lugares les llaman jaras, también servían a nuestros fines. Incluso las humildes escobas, cuando ya los tallos estaban secos o inactivos, nos proveían de material para liar aquellos cigarros, por llamarlos de alguna forma. Exprimiamos los tallos y quedaban como unas bolitas pequeñas; el humo, picaba cosa fina, no era agradable, pero era lo que había. Hoy incluso en la calle, me molesta el humo de algún fumador transportado por el aire.

Y como decían Tip y Coll al final de sus actuaciones en la televisión en blanco y negro: "la semana que viene, hablaremos del gobierno".

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