Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

sábado, 18 de junio de 2022

VENCEJOS APUS APUS

Esta tarde ha llovido algo más que ayer y lucía el sol. "Cuando llueve y hace sol, se ríe nuestro señor", decíamos en la niñez, cándidamente, si ocurría este fenómeno. Un chaparrón que, de haber estado al aire libre, hubiera acabado con la ropa empapada. Parece que ya estaba programada la fiesta, truenos por todo lo alto, como en días anteriores, aunque se lo ha tomado más en serio y por lo menos la lluvia, ha matado el polvo.

Y se ha producido el milagro: el ambiente, la atmósfera, el aire ha recogido el perfume de las plantas recién "regadas" y me ha hecho recordar aquellos días de mi adolescencia cuando tras una tronada salía a las afueras del pueblo, Los Vallejuelos, y todas las plantas sin excepción mostraban su alegría regalándonos su aroma inconfundible. Tomillo, estepas, hierbas, escobas, y en especial una planta que no sé como las llaman aquí,  pero que son las que junto con el tomillo se hacen más de notar.

Especial recuerdo de ello tengo cuando una tarde, tras una tronada, el tío Jesús padre de Mateo, nos llevó a ver un nido de zorribalba que había en la trinchera de san Marcos, en la vía del tren minero. Él trabajaba en la brigada de mantenimiento de la línea férrea, de ahí que supiera su localización. Aquel perfume, resulta inolvidable a la memoria. Igual que el de tomillo que reina en las inmediaciones del cementerio.

Más tarde, durante el ocaso, me hallaba sentado tomando el fresco en la puerta de casa y me he fijado en los vencejos. En aquellos años, había una verdadera legión de ellos, su algarabía en las tardes de tormenta era inconfundible. Cientos de aves cruzando el cielo a gran altura y velocidad vertiginosa. Hoy la verdad es que esos pájaros son testimoniales y buena parte de culpa la tiene el hombre y sus construcciones.

Antes los tejados eran de teja árabe y todas las fachadas de las casas tenían huecos, tantos como canaleras, donde hacían sus nidos. Hace tiempo esas tejas han sido sustituidas, debido a las numerosas goteras que en los tejados producian el aire y los tordos o estorninos, por otro tipo de teja que no deja huecos por ninguna parte e impiden anidar a los pájaros.

Pero no todo se ha perdido, algunos quedan y sobre todo, han venido otros pájaros, también migratorios, que entonces nunca se veían por aquí: las golondrinas. Recuerdo que cuando bajaba al pueblo de la tía Aurelia, me llamaba la atención que allí sí que anidaban las golondrinas y me preguntaba porqué en mi pueblo no había. Hoy, seguramente por cuestiones climáticas, ya tenemos a esas aves haciendo sus nidos de barro en las fachadas. A veces se acumulan en los cables de la luz pegadas unas a otras, creando un delicioso espectáculo impensable en aquellos tiempos de mi niñez juventud.







 

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