Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 12 de junio de 2022

AQUÍ, ME CIERRO OTRA PUERTA.

 Soy asiduo visitante de la web escritores.org y me causa cierta zozobra la propuesta de su concurso de relatos. Por la longitud y por quienes han de ser protagonistas. Tenemos heroínas a diestro y siniestro, mujeres que sin disparar un cañón han dado todo por sus familias. Y las tenemos en nuestras casas, no necesitamos acudir a hechos magnificados por las circunstancias para reconocer sus méritos y sacrificios. Sin negar los méritos de esas mujeres a las que alude el concurso, ¿qué tal si en vez de referirnos a ellas, exclusivamente, nos centramos en las que han dado todo en sus familias, en su proximidad?

Se llamó Araceli. Mis primeros recuerdos de ella son especialmente dolorosos. Sería +/- el año 57, cuando me operaron de las anginas. Como tratamiento previo, hube de soportar unas cuantas banderillas de calcio en el trasero. Un dolor fortísimo muslo abajo que me dejaba cojo por un rato. Fue ella la encargada de inyectármelas.

Seguramente, su hermano ya estaba enfermo y por eso ella tenía práctica y medios. Era sanitaria por obligación. In illo témpore, se hervían previamente jeringuilla y agujas. Manolito, así le llamábamos todos, era un guapo mozo que tocaba el acordeón y tenía una novia guapísima de La Vall d’Uxó. Rozando la veintena contrajo una extraña enfermedad paralizante y progresiva, muy dolorosa en las articulaciones. Con posterioridad, he podido colegir desgraciadamente que pudo ser esclerosis múltiple amiotrófica, ELA, aunque esa es una apreciación personal. Lo llevaron a Barcelona, sin resultados positivos pero hoy aún la enfermedad carece de curación y sus orígenes son muy difusos aunque muy concretas sus secuelas.

Prácticamente quedó inválido. Durante más de 30 años, Araceli dejó de pertenecerse a sí misma, renunciando a su vida personal fuera del hogar familiar; fue su madre, enfermera y cuidadora. Y entre tanto, también debió ocuparse de sus padres. Todos sus hermanos siguieron su vida en tanto ella, como una monja, truncó toda posibilidad de progresión personal.

Cuando Manolito murió, quedó su madre. Enferma de Parkinson, necesitaba de toda su atención como antes su hermano. Al dejar este mundo su madre, y que en teoría quedó liberada de cargas familiares, ella heredó también la dolencia materna. Le atacó de una manera furibunda. Yo presencié esas crisis y era horrible verla por la impotencia que te hacía sentir.

Una tarde, yo había estado haciéndole compañía, pues a la sazón vivía con una hermana y su familia. Poco después de la crisis espasmódica que presencié, -le ocurría siempre tras tomar una pastilla que le recetaron en Zaragoza y a pesar de que le pedían que no las tomara, nunca lo hizo-, su corazón no resistió más y se paró. Un golpe que nadie esperaba, pues estaba lúcida aunque disminuida físicamente, pero previsible dada la presión a que era sometido.

Si hay alguien que no mereció su fin, dadas la abnegación y sacrificio por los demás, fue ella. Pero esta vida es así de cruel.

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Un pueblo de la provincia de Teruel, una familia de refugiados del sur, de la guerra civil. Al órgano de la iglesia le robaron las teclas de marfil ¿A quién le echamos las culpas?, al más débil, al refugiado. Tras unas sesiones de ablandamiento por parte de la guardia civil, el hombre-padre-marido dejó este mundo. La mujer debió sacar adelante a cuatro niños en un pueblo extraño, sin tener recursos, con su trabajo sumiso y su silencio tras el asesinato del hombre-padre-marido. Yo conocí a esta heroína que todavía lloraba en silencio la amargura y las penalidades, cuando no las vejaciones, sufridas que la vida le había deparado.

Con el tiempo, y a pesar del silencio impuesto por la coyuntura política y social, se concluyó que las teclas del órgano fueron robadas por el propio cura que luego fue a gastarse el dinero a Mallorca en putas con otro delincuente. A esto lo llamaban, llaman, caridad cristiana.

(Enviado a un concurso como queja)

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