Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 19 de junio de 2022

LA VAQUILLA

 Dicen que cada uno, cuenta la feria según le va. Y dado que se aproxima la fecha de su celebración, se me ocurre hacer un recordatorio de la única vez que he asistido a ella. Se celebra en Teruel a primeros del mes de julio, como si quisiera hacer competencia a los sanfermines, aunque son dos celebraciones que teniendo a los toros como causa central, son totalmente diferentes.

Tendría yo ¿quince o dieciseis años? y mis abuelos estaban de servicio en la estación minera de Teruel; el abuelo era guardaagujas, la persona que se encargaba de desviar a uno u otro ramal de las vías de la estación. Siempre fue guardafreno en el tren, pero los últimos años antes de retirarse los pasó en ese empleo.

Yo había estado pidiendo a mi padre que me dejara ir a La Vaquilla pero la siega se echaba encima y la cosa estaba verde. Una cebada en Las Arenas tenía la culpa. Llegó el día y con algún compañero del pueblo mandó recado de que podía ir a Teruel. Él trabajaba en la estación de Las Minas.

No necesité la bebida esa que da alas. Andando a coger el 32, así denominaban al tren que salía de Las Minas a las doce del mediodía, a la estación de Almohaja. La de veces que me volvería para ver si el tren me alcanzaba, por dos motivos: uno el miedo a que me pillara en una trinchera (daba pavor) y la otra, perderlo tras haberme dado la paliza de andar. Unos cuatro kilómetros.

Llegué antes a la estación y el jefe de la ídem, cuando me vio, a indagar quien era y por qué pretendía montar en el tren, cosa que no estaba permitida. Cuando me identifiqué y le dí el nombre de mi padre y para que iba a subir, todo solucionado. Le llamaban el Gallego, desconozco si era por apellido o por su ascendencia. Una vez a bordo me subí a una garita, había vagones que llevaban ese habitáculo para cobijar a los guardafrenos, y nada más abandonar la estación, el convoy comenzó una loca carrera cuesta abajo camino del valle del Jiloca.

Era aterrador para quien no estuviera acostumbrado. El polvo del mineral de hierro lo invadía todo; el triquitraca del vagón y el estruendo producido por el conjunto me mantenía acojonado.Desde el límite del término de mi pueblo hasta la estación de Santa Eulalia, la máquina debía frenar al convoy, tal era el desnivel y la fuerza que el peso muerto de los vagones ejercían sobre la locomotora.

Pero aunque no tan pendiente, el desnivel hasta la estación de Los Baños seguía siendo cuesta abajo. Los llanos de la vega del río Jiloca eran temibles también. Un tío mío, con una locomotora diesel, hizo un descarrilamiento de catorce tolvas una vez.Y no fue el único, las de vapor también hicieron de las suyas. Cuando el tren entraba en agujas a la estación en Teruel, parecía un caballo desvocado.

Pues una vez allí, había que ir a la ciudad de la cual estaba tres o cuatro kilómetros separada. El jefe de estación me prestó una bicicleta y allá que fuí. He de decir que aunque poco y por razones sanitarias, ya la conocía. Me operaron de las anginas. En aquellos tiempos, llegar a la estación de Renfe y subir La Escalinata hasta la ciudad, tenía su cosa, nada que ver con una visita hoy en día. La estación está desangelada, ha perdido el cosmopolitismo de aquellos años y la gente ya no sube aquella cuesta a pesar de su belleza.

La bici la guardé en la entonces Posada del Tozal, donde me dijo mi abuelo. La feria de atracciones estaba en el Ensanche, al otro lado del Viaducto. Autos de choque, tómbolas, lo clásico. Pero lo mejor estaba en una carpa de revista en la cual había ¡¡chicassss!! No tenía la edad pero como era muy espigado y a nadie le amarga un dulce, las perras de la entrada, nobody puso objeción. ¡Qué maravilla! Para un chaval que comenzaba a despertar al interés, más allá del amor platónico, por el sexo opuesto, aquello supuso la apertura del cielo. Qué más me hubiera gustado que haberlo asaltado en compañía de alguno de aquellos ángeles.

Las vaquillas, centro y razón de ser de las fiestas del Ángel, nombre real, las pasean ensogadas pero no las ví. Los cuernos me han dado siempre pánico *. Si que estuve, con los abuelos, en la merienda que celebran en la plaza de toros. Allí sueltan a los mozos y a las vaquillas y algunos se llevaron buenos revolcones; a uno lo retiraron sin conocimiento -lo cual no quiere decir que antes lo tuviera- debido al golpe recibido en la cabeza al tropezar con el testuz del animal.

Como anécdota nada agradable, esta mañana han derribado la columna soporte del Torico, verdadero símbolo de Teruel. La estatua también ha sufrido desperfectos a causa del tozolón. Ha sido como consecuencia de haber atado varias sogas a la columna; han celebrado una fiesta/reunión de pueblos en los cuales celebran toro ensogado. En fin que como las fiestas comienzan en diez doce días, van a tener que espabilar para volver a tener al Torico presidiendo las fiestas. Le colocan el pañuelo vaquillero y si no está ¿a quién se lo ponen? Seguro que candidatos sobran, pero las banderillas negras duelen mucho.

*Estando trabajando en Benicassim, durante las fiestas, fui al pueblo a algo, pero no a participar. Mi trabajo estaba en la Villas, por aquél entonces separadas del pueblo. Y había vaquillas sueltas, son muy aficionados los valencianos a ese entretenimiento. En una calle, sin nadie, de pronto veo venir a una vaquilla. Me cobijé y empequeñecí en un portal y el animal que no debió verme ni antes ni después, pasó de largo. Todavía lo recuerdo y me entra vértigo; de haberme atacado, me hubiera matado pues nadie había para socorrerme o dar la voz de alarma. Vivo el recuerdo como si fuera en directo.

Recolocación del Torico por las tropas de Franco tras la toma de Teruel en la Guerra Civil Española
Imagen que presentaba la fuente durante las celebraciones de este fin de semana antes de su desplome
esas sogas son las culpables

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