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lunes, 20 de junio de 2022

THE LOST PAST

Consecuencias, nefastas, de las guerras carlistas en Peracense, su castillo y su historia. Malditos sean los carlistas.

 Peracense y su castillo durante la I Guerra Carlista (1833-1840)

Lejos quedaban los años de esplendor de la magnífica fortaleza peracensina, antaño pieza angular en la defensa de la Comunidad de Aldeas de Daroca frente a Castilla, cuando vino a recobrar circunstancialmente su pasada importancia estratégica. Cuando el teatro de operaciones de la I Guerra Carlista se centró en la zona oriental de la recién nacida provincia de Teruel, durante la segunda fase de la guerra, el viejo castillo de Peracense albergó una guarnición del ejército liberal. Así nos informa, brevemente, el Diccionario de Madoz: «…hay en él [lugar de Peracense] un castillo derruido, que durante la guerra civil estuvo fortificado y guarnecido por un destacamento de francos». La escueta noticia da a entender que el destacamento del castillo de Peracense fue una mera posición secundaria, al cargo de fuerzas irregulares (»francos» o voluntarios constitucionales). Y tal vez fuera así, pues no suena apenas Peracense en los relatos y crónicas de aquella guerra. La posibilidad de aprovechar unas estructuras preexistentes, aunque maltrechas, y el emplazamiento del castillo, dominando visualmente buena parte del valle del Jiloca, fueron razones suficientes para acomodar allí un puesto permanente de vigilancia, por lo demás completamente inexpugnable para las partidas carlistas. El castillo, en esa época, hacía tiempo que estaba abandonado. Su relativo alejamiento del pueblo de Peracense le salvó de mayores expolios, pero es de creer que, salvo las dos o tres estancias abovedadas, el resto de habitaciones medievales eran completamente inhabitables, y su complejo sistema de aprovisionamiento de agua se encontraría inservible. Así pues, la guarnición liberal hubo de acometer, primero, trabajos de desescombro, seguidos de obras de rehabilitación. Y no fueron suficientes los materiales de construcción existentes en el castillo, pues se aprovecharon también los despojos de la cercana ermita de la Villeta, situada a los pies del castillo. En fecha indeterminada el comandante de la guarnición, «con el pretesto de serle perjudicial por una envoscada», ordenó su derribo, reaprovechando los materiales, según anotó el rector de la parroquial.

Las obras de reforma, de escasa calidad técnica, se limitaron a acondicionar tal o cual muro arruinado y a levantar ciertas estructuras ligeras, a modo de aposentos de fortuna. Lo justo para permitir un alojamiento medianamente acomodado

Una inscripción localizada durante las recientes excavaciones arqueológicas, grabada en un trozo de yeso, permiten fechar estas obras de acondicionamiento en el año 1837. Debido al estado ruinoso de parte de la muralla exterior, la guarnición liberal se acantonó en los recintos intermedio y superior de la fortaleza, sin que la extensa albacara muestre signos de haber sido reocupada. El recinto intermedio se reservó para cuadras y caballerizas, y así se han localizado pesebres construidos con lajas de arenisca y yeso ocupando antiguas estancias medievales. Mientras que el recinto alto, virtualmente inaccesible, serviría como habitación de jefes y tropa. Pese al corto espacio de tiempo que sirvió de cuartel, los rastros dejados por la guarnición han sido suficientes para conocer su modo de vida. Se trataba de un destacamento abastecido de víveres de forma regular, a tenor de un fragmento de orden de aprovisionamiento rescatado en un resquicio de la muralla. La comida se servía en platos decorados en azul o en verde y morado, de los alfares turolenses, y las sopas en modestas escudillas. Cantarería de Gea y Teruel, aparecida junto a los algibes, certifican la rehabilitación del ingenioso sistema de recogida de agua de lluvia. Y un pequeño horno da fe del autoabastecimiento de pan. Otros hallazgos (botones en particular), catalogados por el especialista Luis Sorando, permiten certificar la presencia de tropas de la «Milicia de Infantería de Aragón», cuerpo franco, no regular, creado durante la I Guerra Carlista, y al que seguramente se refería Madoz. Otro botón, posiblemente de los faldones de una casaca, perteneció a un integrante del 6º regimiento de caballería «Castilla», mientras que una presilla de charretera fue de un oficial de caballería o infantería ligera. En materia de armamento se han recuperado piezas tales como un regatón de vaina de bayoneta, balas esféricas de fusil de avancarga e, incluso, fragmentos de calzado militar en cuero. Semejante guarnición, bien pertrechada y aprovisionada, no parece que fuera expulsada de su refugio inaccesible, aunque el jefe carlista Juan Polo lo intentara cuando desalojó el pueblo de Peracense durante buena parte del año 1839. No consta que el castillo volviera a reutilizarse durante la III Guerra Carlista, pero cabe anotar que en el primer tomo del registro civil de Peracense (1874- 76) el juez y el secretario certifican que los libros del registro habían sido quemados el 30 de junio de 1874, seguramente por elementos carlistas.

También las tropas liberales causaron destrozos en el patrimonio artístico comarcal. Anotación en un libro de cuentas de la parroquia de San Pedro de Peracense, en la que se lee: «Nota: Venerándose en este pueblo de Peracense, María Santísima, bajo el título de la Villeta la cual se hallaba colocada en su Hermita que tenía bajo el Castillo de este pueblo, la misma que fue desecha por orden del Comandante del dicho castillo, con el pretesto de serle perjudicial por una envoscada, aprovechandose al mismo tiempo de sus despojos en dicho Castillo […] Manuel Sánchez, rector. El rector de la parroquia de Peracense, Manuel Sánchez, anotó en uno de los libros de cuentas: «Año 1839. En este año 39 estubo esta Yglesia sin culto desde el 30 de Mayo hasta el 1º de Nobiembre por haber sido desalojado el pueblo por orden de los Carlistas y de su jefe D. Juan Polo; no teniendo otra causa que el allarse al frente del pueblo el Fuerte o Castillo guarnecido por las tropas constitucionales, que sirben a Dª Ysabel 2ª como Reina de España. En este año 1839, solos se han recibido ciento once reales vellón, pero mis principios no me han permitido que la Yglesia careciese de la solemnidad de culto y e suministrado lo que diré, y además espero que en algun dia se me reponga de toda deuda, esperando se concluya esta Guerra fratizida, y cobrar de quien deva»

José Luis Ona González

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