Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

domingo, 31 de julio de 2022

CON FUNDAMENTO

La vida te da sorpresas o al menos te brinda coincidencias. Hubo una película, Airbag, que me causó una impresión muy favorable y sobre todo, salía un tipo que, echándole un morro que se lo pisaba, bordaba el trabajo asignado. Habían hecho una apuesta de cien mil pelas por cabeza  entre unos cuantos, amañada como no podía ser menos, para comer tortillas de las cuales una estaba envenenada.

Pues el actor mencionado no solo no se acojonó pensando si sería la suya la "bendecida" con la suerte sino que mientras los otros se iban rajando y se retiban del concurso, éste con muy buen apetito y mejor humor reclamaba vino: "¿Pero en qué mesa se come sin vino?" Al final, se comió su tortilla y se llevó la pasta pues los demás se rajaron en la apuesta. Era y es, el ínclito y polifacético, Karlos Arguiñano.

Tenemos varias coincidencias personales aunque ninguna relacionada con su faceta de actor. Nacimos el mismo año, somos quintos y según parece, nuestros comienzos laborales fueron idénticos: de pinches de cocina. Él realizó la mili en Vitoria, trabajando de gorra para/en el comedor de oficiales. El que suscribe la hizo en Valencia, con algo más de categoria: en casa de un general de divisón, Jefe del Sector Aéreo de Levante. Trabajo de gorra, igualmente.

Él ha alcanzado la fama arrastrando tras de sí a su familia; alguna vez arruinado ha logrado sobreponerse a todo y hoy nada en el dólar. El menda, abandonó enseguida los fogones pasando a la industria automovilística sin dejar ningún legado digno de ser tenido en cuenta. Aunque eso sí, aquellos años iniciales dejaron en mí un poso que no he olvidado: me siguen atrayendo los pucheros y la cocina es mi reino. El olor de los hierros, nunca me ha gustado, pero hice lo que pude, con fundamento, para sacar  adelante mi trabajo.

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