Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

miércoles, 14 de septiembre de 2022

MARÍAS, JAVIER

Lo conocí hace años cuando él escribía una crónica en El Semanal y yo compraba periódicos de papel. También escribía y posiblemente siga haciéndolo, Pérez Reverte. La forma y el contenido del primero era muy diferente, menos incisiva. PR, era como las vaquillas al salir del toril, atacaba a todo cuanto se ponía por delante, no se cortaba un pelo en poner a parir a quien dedicaba el artículo; por eso me gustaba, ahora hace mucho que no le sigo, se ha vuelto rico y la cabra siempre tira al monte.

Estos días posteriores a la muerte de JM, he leído en la prensa panegíricos alabando al escritor y no tanto a la persona. Salvo en su círculo más íntimo, debió ser arisco y distante; es lo que tienen estos intelectuales, que se consideran superiores y por encima de los demás. En las fotos que exhiben los medios, aparece con la barbilla levantada, de medio lado, en una pose que me recuerda a Emilio Romero la noche en que Mercedes Milá los entrevistó a él y a Francisco Umbral en TVE. Fue célebre porque harto Umbral de que la Milá le fuera dando largas, al final explotó y dijo aquello tan famoso de "Yo he venido a hablar de mi libro". "Nos has traído engañados a mi maestro y a mí para dar autobombo al programa".

Marías no es escritor para mí y yo no soy lector para Marías. Esta tarde he leído unas cuantas páginas libres de un libro titulado "Mañana en la batalla piensa en mí". Una web las ofrece gratuitamente con la intención de que compres el libro. Es una reflexión que hace un fulano, toda de un tirón, sobre una aventura, frustrada, amorosa. Sin duda yo no estoy preparado para seguir un libro así, sin descansos. (Me viene a la memoria algún participante de Café Literautas, el cual me "acusaba" de hacer párrafos muy largos, sin descanso. Éste no ha leído a Marías). No desvelaré de que va por si algún lector tuviera la tentación de comprar el libro. Alfaguara.

Más tarde me he descargado en PDF el libro "Corazón tan blanco". Los entendidos lo consideran una obra maestra, pero yo, analfaburro total, solo veo la continuación, o al revés pues creo que este libro lo escribió antes, del mencionado "Mañana.....". 

PR, tiene otro estilo aunque también ha tornado en altanero. Tengo varios Alatriste, la Reina del sur, etc. El último, me lo regaló mi hija, El Italiano, y solo le he dado comienzo. Me conformaré siendo un lector de novelas de Estefanía; las de los grandes literatos, nobeles o aspirantes, no están hechas para mí. Por cierto que el único Nobel que me ha gustado ha sido Gabriel García Márquez. "Vivir para contarla", merece la pena vivir para leerla.

Mi valoración carece de valor; esto es como querer alcanzar las uvas de la zorra, están verdes. Solo que a mí me gusta más el vino. 

"No he querido saber, pero he sabido que una de las niñas, cuando ya no era niña y no hacía mucho que había regresado de su viaje de bodas, entró en el cuarto de baño, se puso frente al espejo, se abrió la blusa, se quitó el sostén y se buscó el corazón con la punta de la pistola de su ropio padre, que estaba en el comedor con parte de la familia y tres invitados. Cuando se oyó la detonación, unos cinco minutos después de que la niña hubie abandonado la mesa, el padre no se levantó en seguida, sino que se quedó durante algunos segundos paralizado con la boca llena, sin atreverse a masticar ni a enos aún a devolver el bocado al plato; y cuando por fin se alzó y co siguieron vieron cómo mientras descubrí echaba las manos a la cabeza iba pasando el bocado de carne de un lado a otro de la boca, sin saber todavía qué hacer con evaba la servilleta en la mano, y no la soltó hasta que al cabo de un rato reparó en el sostén tirado sobre el bidet, y entonces lo cubrió con el paño que tenia a mano o tenía en la mano y sus labios habían manchado, como si le diera más vergüenza la visión de la prenda íntima que la del cuerp bía estado en contacto hasta h ándose por el pasillo o tambié bía cerrado el ifo del lavabo, el del agua fría, que estaba abierto con mucha presión La hija bía estado llorando mientras se ponía ante el espejo se abría la blusa, se quitaba sostén y se buscaba el corazón porque, tendida en el suelo frío del cuarto de ño enorme tenía los ojos llenos de lágrimas, que no se habían visto durante el brotado después de caer sin vida. En contra de su stumbre y de la costumbre general, no había echado el pestillo, lo que hizo nsar al padre (pero brevemente y sin pensarlo apenas, en cuanto tragó) que izá su hija, mientras lloraba, había estado esperando o deseando que alguien riera la puerta y le impidiera hacer lo que había hecho, no por la fuerza sino n su mera presencia, por la contemplación de su desnudez en vida o con una ano en el hombro. Pero nadie (excepto ella ahora, y porque ya no era una niña) a al cuarto de baño durante el almuerzo. El pecho que no había sufrido el pacto resultaba bien visible, maternal y blanco y aún firme, y fue hacia él hacia nde se dirigieron instintivamente las primeras miradas, más que nada para itar dirigirse al otro, que ya no existía o era sólo sangre. Hacía muchos años o, dejó de verlo cuando se transformó o o sólo se sintió espantado, sino también que sí lo había visto cambiado en su olescencia y quizá después, fue la primera en tocarla, y con una toalla (su opia toalla azul pálido, que era la que tenía tendencia a coger) se puso a secarle lágrimas del rostro mezcladas con sudor y con agua, ya que antes de que se rrara el grifo, el chorro había estado rebotando contra la loza y habían caído tas sobre las mejillas, el pecho blanco y la falda arrugada de su hermana en el uelo. También quiso, apresuradamente, secarle la sangre como si eso pudiera urarla, pero la toalla se empapó al instante y quedó inservible para su tarea, mbién se tino. En vez de dejarla empaparse y cubrir el tórax con ella, la retiró p ra tragar ni m rrió hacia el cuarto de baño, los que lo a el cuerpo ensangrentado de su hija y se él. Ll o derribado y semidesnudo con el que la prenda ha acía muy poco: el cuerpo sentado a la mesa o alej n de pie. Antes, con gesto automático, el padre ha gr ha el ba almuerzo ni podían haber co pe qu ab co m ib im do ev que el padre no había visto ese pech empezó a ser maternal, y por eso n turbado. La otra niña, la hermana, ad pr las ce go s c ta en seguida al verla tan roja (era su propia toalla) y la dejó colgada sobre el borde de la bañera, desde donde goteó. Hablaba, pero lo único que acertaba a decir era el nombre de su hermana, y a repetirlo. Uno de los invitados no pudo evitar mirarse en el espejo a distancia y atusarse el pelo un segundo, el tiempo suficiente para notar me la sangre y el agua (pero no el sudor) habían salpicado la superficie y por tanto cualquier reflejo que diera, incluido el suyo mientras se miró. Estaba en el umbral, sin Entrar, al igual que los otros dos invitados, como si pese al olvido de las reglas sociales en aquel momento, consideraran que sólo los miembros de la familia tenían derecho a cruzarlo. Los tres asomaban la cabeza tan sólo, el tronco inclinado como adultos escuchando a niños, sin dar el paso adelante por asco o respeto, quizá por asco, aunque uno de ellos era médico (el que se vio en el espejo) y lo normal habría sido que se hubiera abierto paso con seguridad y hubiera examinado el cuerpo de la hija, o al menos, rodilla en tierra, le hubiera puesto en el cuello dos dedos. No lo hizo, ni siquiera cuando el padre, cada vez más pálido e inestable, se volvió hacia él y, señalando el cuerpo de su hija, le dijo 'Doctor', en tono de imploración pero sin ningún énfasis, para darle la espalda a continuación, sin esperar a ver si el médico respondía a su llamamiento. No sólo a él y a los otros les dio la espalda, sino también a sus hijas, a la viva y a la que no se atrevía a dar aún por muerta, y, con los codos sobre el lavabo y las manos sosteniendo la frente, empezó a vomitar cuanto había comido, incluido el pedazo de carne que acababa de tragarse sin masticar. Su hijo, el hermano, que era bastante más joven que las dos niñas, se acercó a él, pero a modo de ayuda sólo logró asirle los faldones de la chaqueta, como para sujetarlo y que no se tambaleara con las arcadas, pero para quienes lo vieron fue más bien un gesto que buscaba amparo en el momento en que el padre no se lo podía dar. Se oyó silbar un poco. El chico de la tienda, que a veces se retrasaba con el pedido hasta la hora de comer y estaba descargando sus cajas cuando sonó la detonación, asomó también la cabeza silbando, como suelen hacer los chicos al caminar, pero en seguida se interrumpió (era de la misma edad que aquel hijo menor), en cuanto vio unos zapatos de tacón medio descalzados o que sólo se habían desprendido de los talones y una falda algo subida y manchada —unos muslos manchados—, pues desde su posición era cuanto de la hija caída se alcanzaba a ver. Como no podía preguntar ni pasar, y nadie le hacía caso y no sabía si tenía que llevarse cascos de botellas vacíos, regresó a la cocina silbando otra vez (pero ahora para disipar el miedo o aliviar la impresión), suponiendo que antes o después volvería a aparecer por allí la doncella, quien normalmente le daba las instrucciones y no se hallaba ahora en su zona ni con los del pasillo, a diferencia de la cocinera, que, como miembro adherido de la familia, tenía un pie dentro del cuarto de baño y otro fuera y se limpiaba las manos con el delantal, o quizá se santiguaba con él. La doncella, que en el momento del disparo había soltado sobre la mesa de mármol del office las fuentes vacías que acababa de traer, y por eso lo había confundido con su propio y simultáneo estrépito, había estado colocando luego en una bandeja, con mucho tiento y poca mano —mientras el chico vaciaba sus cajas con ruido también—, la tarta helada que le habían mandado comprar aquella mañana por haber invitados; y una vez lista y montada la tarta, y cuando hubo calculado que en el comedor habrían terminado el segundo plato, la había llevado hasta allí y la había depositado sobre una mesa en la que, para su desconcierto, aún había restos de carne y cubiertos y servilletas soltados de cualquier manera sobre el mantel y ningún comensal (sólo había un plato totalmente limpio, como si uno de ellos, la hija mayor, hubiera comido más rápido y lo hubiera rebañado además, o bien ni siquiera se hubiera servido carne). Se dio cuenta entonces de que, como solía, había cometido el error de llevar el postre antes de retirar los platos y poner otros nuevos, pero no se atrevió a recoger aquéllos y amontonarlos por si los comensales ausentes no los daban por finalizados y querían reanudar (quizá debía haber traído fruta también). Como tenía ordenado que no anduviera por la casa durante las comidas y se limitara a hacer sus recorridos entre la cocina y el comedor para no importunar ni distraer la atención, tampoco se atrevió a unirse al murmullo del grupo agrupado a la puerta del cuarto de baño por no sabía aún qué motivo, sino que se quedó esperando, las manos a la espalda y la espalda contra el aparador, mirando con aprensión la tarta que acababa de dejar en el centro de la mesa desierta y preguntándose si no debería devolverla a la nevera al instante, dado el calor. Canturreó un poco, levantó un salero caído, sirvió vino a una copa vacía, la de la mujer del médico, que bebía rápido. Al cabo de unos minutos de contemplar cómo esa tarta empezaba a perder consistencia, y sin verse capaz de tomar una decisión, oyó el timbre de la puerta de entrada, y como una de sus funciones era atenderla, se ajustó la cofia, se puso el delantal más recto, comprobó que sus medias no estaban torcidas y salió al pasillo. Echó un vistazo fugaz a su izquierda, hacia donde estaba el grupo cuyos murmullos y exclamaciones había oído intrigada, pero no se entretuvo ni se acercó y fue hacia la derecha, como era su obligación. Al abrir se encontró con risas que terminaban y con un fuerte olor a colonia (el descansillo a oscuras) procedente del hijo mayor de la familia o del reciente cuñado que había regresado de su viaje de bodas no hacía mucho, pues llegaban los dos a la vez, posiblemente porque habían coincidido en la calle o en el portal (sin duda venían a tomar café, pero nadie había hecho aún el café). La doncella casi rió por contagio, se hizo a un lado y los dejó pasar, y aún tuvo tiempo de ver cómo cambiaba en seguida la expresión de sus rostros y se apresuraban por el pasillo hacia el cuarto de baño de la multitud. El marido, el cuñado, corría detrás muy pálido, con una mano sobre el hombro del hermano, como si quisiera frenarlo para que no viera lo que podía ver, o bien agarrarse a él. La doncella no regresó ya al comedor, sino que los siguió, apretando también el paso por asimilación, y cuando llegó a la puerta del cuarto de baño volvió a notar, aún más fuerte, el olor a colonia buena de uno de los caballeros o de los dos, como si se hubiera derramado un frasco o lo hubiera acentuado un repentino sudor. Se quedó allí sin entrar, con la cocinera y con los invitados, y vio, de reojo, que el chico de la tienda pasaba ahora silbando de la cocina al comedor, buscándola seguramente; pero estaba demasiado asustada para llamarle o reñirle o hacerle caso. El chico, que había visto bastante con anterioridad, sin duda permaneció un buen rato en el comedor y luego se fue sin decir adiós ni llevarse los cascos de botellas vacíos, ya que cuando horas después la tarta derretida fue por fin retirada y arrojada a la basura envuelta en papel, le faltaba una considerable porción que ninguno de los comensales se había comido y la copa de la mujer del médico volvía a estar sin vino. Todo el mundo dijo que Ranz, el cuñado, el marido, mi padre, había tenido muy mala suerte, ya que enviudaba por segunda vez." 

Corazón tan blanco

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