Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

lunes, 19 de septiembre de 2022

SOLEDAD

SOLEDAD, DIVINO TESORO ¿O NO?

Antes cuando era mozo... ande meaba dejaba un pozo.

 Y ahora viniéndome viejo... ni rastro dejo

 Cuando yo era un adolescente con ínfulas de mayor y hechos de niño, me mandaban a cavar la planta nueva del azafrán. (Planta: espacio de terreno en el campo que se dedicaba a sembrar/plantar los bulbos o cebollas de azafrán preparados a tal fin. La superficie, el espacio, dependía de la "fuerza" que en cada casa había a la hora de recolectar y esbrinar las flores. A partir del quinto año, había que sacar la cebolla para renovar el plantío. El exceso de bulbos, los hacía inoperantes pues ya no echaban flores). Este trabajo consistía en cavar con el legón y a veces con el pico, el trozo de tierra destinado a enterrar en el mes de junio la cebolla nueva del azafrán. Zafrán a secas, para nosotros. Como yo sé de sobras, a pesar de los años transcurridos, en que consistía esa labor, dura labor, la obviaré puesto que para cualquier despistado que por aquí entrara, no tendría el mínimo interés. Hay que haber estado doblando el lomo y sacando las piedras enterradas en la tierra para comprender que eso que llaman el oro rojo y que da color y sabor a los guisos y sobre todo a la paella, se obtiene a basa de dolor de espalda y riñones, frío y pasar mucho sueño. Lo del azafrán en la paella, "si lo hay se echa y si no pues nada", como dice el fraile franciscano que emite vídeos culinarios desde la cocina de Santo Espíritu, su convento en Gilet, Valencia. No recuerdo en este momento su nombre, pero ya lo miraré en YouTube, que es donde yo visiono sus vídeos y recetas culinarias. Este buen fraile, Fray Ángel, con una barba entrecana salvaje en los primeros vídeos y recortada después, se entiende que por los responsables de filmar y emitir los videos, ha hecho bueno aquello que dijo santa Teresa, "entre los pucheros también está Dios". Todos los lunes emite una nueva receta de guisos y comidas "populares", nada de "haute cuisine", pues él guisa para los frailes del convento y para las personas que en ese momento se alojan en la hospedería. Tampoco explicaré la soledad que sentía allí en Los Cabañeros, una finca en el culo del mundo que lleva años sin cultivar, yerma. Mi padre, como el resto, parecía buscar las fincas en las que más piedras se ocultaban bajo la tierra. Como luego había que plantar (acción de enterrar los bulbos bajo la tierra) a legón, era necesario que la tierra estuviera limpia de piedras. Yo distraía el tiempo dedicado a los más variados entretenimientos: buscar y cazar nidos de picaraza era lo que hacía antes de llegar al tajo dos o tres horas después de haber salido de casa. Si hubiera tenido que fichar, no me habrían dado ni la merienda. A veces, en invierno, la tierra estaba helada y no se podía cavar pues hubiera quedado como un desastre y las piedras ocultas entre la tierra helada. Otras, el sol apretaba y era imposible estar en aquel agujero que era como un embudo. Solo me alegraba la mañana el cabrero cuando algún día pasaba por alli camino del monte de Villafranca. La acumulación de solitarios, a veces más de uno diario, para matar el aburrimiento, supongo que ayudaba a eliminar las fuerzas o esfuerzos que debería haber quemado cavando la tierra. Hasta me permitía escribir grafitis o panfletos en la puerta de una paridera cercana. Muchos años más tarde, uno de los aludidos me lo recordó pues aparte de vago resulté ser bastante bobo al "firmar" con mi nombre las paridas escritas. Aquellas caminatas de subida y bajada todos los días, quizá hayan traído consigo la dificultad de movimiento actual. Cuando la primavera ya apuntaba, salían unas florecillas amarillas en las cuales libaban las abejas y aquello me alegraba. El Moncayo, lejano, se percibía con la cumbre nevada y el cierzo, helador, se dejaba sentir sin temor a denunciar su procedencia. El recelo crecía al acercarse el domingo. Mi padre trabajaba en el tren minero, y aunque hasta muy entrados los años 60 no había fiestas que guardar, pues los trenes no cesaban de pasar si las nevadas no habían impedido trabajar en la mina, él por enfermedad ya no salía a la línea y hacía las ocho horas en los cocherones de la estación, en una oficina. Lo cual no le impedía, o si lo hacía se lo aguantaba, para ir el domingo a cavar la planta. La gente los domingos se iba a trabajar a los lugares más recónditos y lejanos pues había miedo a los civiles. Bien a labrar con las caballerías o como nosotros, "al culo el mundo" a cavar la planta. Aquellos esbirros del sistema, solían ser los más vagos en sus pueblos o muertos de hambre que hallaban una manera de subsistencia garantizada aunque fuera a base de conculcar los derechos de los demás. A un hermano de mi padre le dieron, con total impunidad, una paliza y  lo dejaron por muerto. Le achacaron el robo de una garrafa de aceite que alguien debió de llevar de contrabando o estraperlo, que era como lo llamaban, en un tren y lo culpaban a él. Cuando se cansaron, lo dejaron allí tirado, Ninguna consecuencia. Y digo yo ¿no hubiera sido justo devolverles el favor ya que la Justicia brillaba por su ausencia? Luego se supo que el cabrón que había robado el aceite fue el jefe de estación. Para éste, ya no hubo paliza ni petición de explicaciones. Los años, no han logrado eliminar el resquemor y la desconfianza en esta gente. (En el pueblo de la santa, mataron a palos a un refugiado del sur que tenía mujer y cuatro hijos. Por un robo que hizo el cura y luego fundió en putas en Mallorca). Mi señor padre, nunca que recuerde, me echó la bronca por el terreno sin cavar que prácticamente seguía igual que el domingo anterior. Alguien me había robado el trabajo. Eso sí, cavaba poco pero lo hacía bien, sin dejar ninguna piedra oculta. La primera planta que cavamos y plantamos, fue la mayor y de tierra más suave, las liebres la eligieron como propiedad privada para alimentarse por la noches y aquello tampoco podíamos consentirlo pues se comían la cerda, hoja de la planta, y la dejaban sin respiración. Incluso en época de recolección de las flores, que suele ocurrir entre octubre y noviembre, dependiendo de cómo hayan ido las lluvias en el verano o la primavera, también se comían las flores y estaban "esmorrinchadas", inútiles, no habían dejado más que el tallo o rabo. Pues había que hacerles ver que aquello era una propiedad ajena. Mi padre cercó todo el terreno de la planta con ramas de chaparro y aliagas dejando estratégicamente unos portillos para invitarlas a pasar. En ellos, colocó unos lazos de alambre y una mañana de las que iba a cavar, me encontré una liebre hermosa, grande, ahorcada con el lazo. Fue tal mi emoción y falta de sentido común, que con una cuerda le até las patas para que no se pudiera escapar. ¡Dios mío, qué atrevida es la ignorancia! Puede que fuera la única, que recuerde. No, la única que fui ignorante, no que eso lo he sido hasta el aburrimiento. Otra vez, estando de corderero, pastor de ovejas con sus retoños, en el mismo paraje, abandoné al rebaño, una veintena de reses en total, y me fui a ver a la chica de la mochila azul que estaba con las suyas a un kilómetro o más. Pastora, con otra joven mayor que nosotros. No pasó nada y me refiero a las ovejas, podían haberse marchado a su libre albedrío e incluso podían haberlas robado. Menos mal que no ha sido tierra de lobos aunque sí de zorras camperas, que de las otras no tengo elementos de juicio para juzgar. A esta chica la relacionaba en los panfletos con mi colega y cantor de jotas. Junto a las parideras del puntal de Zorrolabarga, y también en el pajar, en el pueblo, nos dedicábamos a cantar cuantas jotas habíamos aprendido de los mayores y las canciones de moda, sobre todo de Joselito. Hace poco escuché en la TV de Aragón una jota titulada "La Carcelera" y me emocioné al recordar que era nuestra preferida y porque mi amigo, Ismael, falleció antes de cumplir los 70. Hubo una de las plantas que al cavar salía una roca caliza durísima y sin tierra encima. Saltaban chispas del pico al intentar romperla y todavía me pregunto ¿por qué el empeño en cavar aquello si el azafrán allí era inviable? No había tierra y los bulbos morirían si remedio. Parecía que tenían todos o casi todos, incluido mi padre,- también los había que enterraban la cebolla tal y como la tierra estaba-,  la fijación por hacerlo donde más piedras había. El padre de mi amigo Joaquín, otro desaparecido, se pasaba todo el año espedregando las fincas y siempre elegía la que más piedras tenía. ¡Qué obsesión! En La Solanilla, mi señor padre solo plantó un pedazo pequeño de terreno; se lo debió pensar mejor pues allí había más piedras por metro cuadrado que granos de tierra. Y volviendo al pastoreo, la primavera era la época en la que se sacaban a pacer al campo a las ovejas y sus crías. Nos convertíamos en corderero/a. Otra ración de soledad y aburrimiento, siempre mirando al sol el cual se negaba en darse más prisa en alcanzar el horizonte para acabar el día. Una vez estando en el Mojón, a escasa distancia del pueblo y pastoreando al pequeño rebaño, había un sembrado cerca, 30 o 40 metros, y una oveja muy bruja, solo hacía que irse allí a comer seguida por las demás; harto de que se burlara de mí, cuando volvía después de reclamarle que dejara aquel sembrado en paz, le tiré una piedra con tan buena puntería como mala suerte y le rompí el hueso de la pierna derecha trasera, cerca del ancón. Fue tal el disgusto y abatimiento que me embargó, que el resto de la tarde la pasé amoscado contra el suelo y los tres días siguientes en la cama con fiebre. No sería la única oveja encojada aunque de esta no me dí cuenta, solo al verla con la pata arrastras. En la cerrada La Balsa ocurrió. Mi padre les aplicó una "pilma", una especie de cabestrillo que les inmovilizaba la pata. Unas cañas partidas con una tela o saco y pez, que al enfriarse se solidificaba. Lo mismo que cuando una persona se rompe un brazo o pierna. Las ovejas, si no llevabas perro, te hacían la burla. Una vez volvía del Collado de Alba y desde las Canteras, echaron a correr cuesta abajo hacia el pueblo, y yo, corriendo detrás, llorando de impotencia, con una manta que pesaba más que yo. La cual observo ahora y pienso ¿y esta mierda se apoderaba de mí y no podía con ella? ¡Ay señor, cuántas putadas le ocurrían a uno in illo témpore! A todo esto, yo seguía enmimismado con la chica de la mochila azul y aunque lo sabían hasta las piedras, jamás de mi boca salió una palabra frente a ella. ¡¡Capullo!! Pero ocurrió el desastre o un milagro: inexplicablemente, de un día para otro y sin darme cuenta, mi mente se liberó y dejé de pensar en ella. Fue un enamoramiento inmaculado que desapareció como el sarampión de la niñez; afortunadamente sin dejar huella. Como los posteriores. Mi madre me acusaba de que veía una escoba con faldas, y me iba detrás de ella. Todo porque la escoba que más palos me dio, no le gustaba. Los humanos no aprendemos de nuestras experiencias, tampoco de nuestros errores, solo hacemos lo que vemos o usamos hábitos aprendidos de la conducta de los demás, aunque sean o hayan sido negativos e incluso funestos para nosotros. Learning lesson: no solo quién bien te quiere te hace llorar, a veces también, quien más te odia o eres invisible ante él/ella. Una cosa me ha llamado siempre la atención: ¿es posible amar y no sentir deseo? ¡Jamás pude hacer solitarios con esa escoba!  Todas estas divagaciones ¿a qué conducen? a nada, solo forman parte de los recuerdos personales porque ¿y si en vez de dedicarme a cazar nidos de picaraza, hacer solitarios y otros entretenimientos vanos e inútiles, hubiera sido más creativo y hubiera terminado de cavar la planta en quince días? Habría maravillado a mis padres que en vez de tildarme de vago o algo peor, me habrían puesto a cavar la planta del año siguiente y ya puestos, a limpiar de piedras todas las fincas, incluso las lomas improductivas que hubiera sido necesario habilitar pues la hacienda no daba para más. El silencio improductivo de aquellos días en Los Cabañeros, dio sus frutos. Mi madre siempre recuerda que en aquella tierra, descansada y bien oxigenada, yo no obtuve grandes avances personales según mi torpe y desviado criterio, sin embargo mi trabajo sí que facilitó sus frutos aunque ya no estuve allí para verlo: "El azafrán nos procuró mucha rosa todos los años". Al final, todas las acciones y trabajos que ejecutamos, aunque sea a desgana, si han de evolucionar por su cuenta, nos demuestran que es posible ver como rinden al margen de nuestra apatía y falta de entusiasmo en su preparación. La lección recibida, debería haber marcado nuestro rumbo en el futuro pero cuando este queda tan lejos y sobre todo rodeado de tanta nebulosa e incertidumbre, en vez de resultar un acicate para la superación, se torna en una rémora molesta e insalvable. 

Y MIEDO. Quien canta su miedo espanta. Siempre me acompañaba. Debía ser algo genético pues ya mi madre era muy miedosa. Ella era joven cuando vivíamos en el frontón, bueno en una casa junto a él; de ahí arrancan mis primeros recuerdos conscientes. Como mi padre debía ir al tren y no tenía un horario fijo, a veces le tocaba pasarse las noches sola (decir conmigo era como estarlo). Una noche debió quedarse abierta la puerta de la calle y se coló la Tula, la perra de mi abuelo, su padre. Se subió al granero en busca de algo sólido que llevarse a la boca y al intentarlo, hacía ruido pues se balanceaba sobre el apoyo. Mi madre, acojonada, cuando ya el terror le proporcionó alas, se armó de la escoba y encontró a la perra intentando comer algo que estaba colgado. Algún que otro escobazo se llevaría, pero el pánico la superó. Buena prueba de su "valentía" (heredada por mí), es que se levantó del sillón del dentista cuando fue a sacarse una muela, hazaña emulada confieso avergonzado, en alguna ocasión. La difícil situación por la que atravesaron mis progenitores, fruto de mi venida, inesperada, a este valle de lágrimas, no ayudó precisamente a que me criara fuerte moralmente; el miedo es congénito y yo lo viví y heredé. Recuerdo un día que fuimos a comer a la Canaleja, en aquellos tiempos una fuente de agua abundante fresquísima y limpia. Mis tíos del Puerto y otros familiares de mi padre que me llevaron con ellos. Estando allí, comenzaron a escucharse gritos abajo, a unos cien metros. Era mi abuelo materno discutiendo con los hijos de un primo hermano suyo. Cosas de familia que permanecen enquistadas y heredadas por las sucesivas generaciones. Pues a mí, esa situación sin duda me afectó. El abuelo no me había dedicado excesiva atención pero sin duda los gritos y las amenazas proferidas, sí hicieron mella en mí. La mujer del primo hermano, -compartían el edificio que fue vivienda de su abuelo-, emponzoñó la relación acusando a mi abuelo de intentar robarles los cochinos. El corral también era la mitad de cada uno y una pared medianera, permitía pasar de un lado al otro. Con un poco de sentido común, tal aseveración cae por su peso, pero vete tú a saber que visiones tuvo aquella mujer -o qué había fumado- sin recapacitar que la acusación emponzoñaría la familia y la vecindad. No era trigo limpio la señora, no señor. No ayudó nada, respecto al pánico, que mi madre me llevara al velatorio de un señor mayor. ¿A quién se le ocurre llevar a un canijo a ver a una persona muerta, allí entre velas y todo negro y el difunto más tieso que la mojama? Y sobre todo sin tener ningún vínculo framiliar. Pues a mi madre, excesivamente joven e imprudente. Hoy protegemos sobremanera a los jóvenes; no van a un velatorio, y no digo nada de un entierro, si no es directamente del círculo familiar. Cuando murió mi abuelo, el padre de mi padre, y a pesar de haber nacido en aquella casa, una vez ésta vacía pues la hija soltera y la abuela marcharon con una hermana, procuraba no pasar por delante si me mandaban a comprar algo en la tienda que había al lado. Claro que no ayudaba nada la iluminación de las calles: unas bombillas de 125 voltios que iluminaban poco más que una vela, no invitaban a deambular. Me imagino que aquello haría las delicias de los novios festejadores. Ya mayor, toda la vida he tenido sueños repetitivos sobre esa casa a la que me daba miedo entrar. Imagino que la desaparición de mi abuelo fue traumática para mí, de ello ese temor incluso en sueños. Si algo necesitaba yo para que me entrara el canguelo en los días que asistía a "no cavar" la planta, fue la muerte de un hombre que vivía solo. Su fin, en soledad, y solo echado de menos unos días después del deceso, a mí me daba alas a la hora de ver gentes entre los chaparros que venían a por mí. Aquél fondo de valle, sin vistas exteriores, me hacía imaginar muertos y vivos por doquier ansiosos de echarme el guante. A veces era tanta la angustia, que necesitaba salir de él para ver horizontes lejanos y despejados. Y no fue el único: otro señor, viudo, que vivía solo, debió sufrir un desvanecimiento y cayó sobre las brasas de la lumbre. Tras varios días sin que nadie lo echara de menos, forzaron una ventana y lo encontraron muerto, quemado y con signos de haber sido devorado por los gatos. Terrible. Para darme alas, me tocó hacer guardia en el cementerio, eso sí fuera y con un señor mayor, donde habían llevado el cadáver para realizarle la autopsia. No menor era el temor cuando bajaba solo a Alba, pueblo a tres horas de camino andando en el cual vivía la hermana de mi madre, mi tía Aurelia. Tras un terreno completamente despejado, se entraba en una chaparrada de varios kilómetros dentro de la cual existía, en el suelo junto al camino, una cruz de piedras en recuerdo de un pastor al que "el amo" mató alegando que le robaba los corderos. Tanto al entrar como al salir del bosque, me revolvía constantemente para comprobar si una legión de fantasmas me seguía y no respiraba tranquilo hasta haberme alejado. Pasaba mucho miedo. En el pueblo al anochecer, debía ir a cerrar la puerta de la paridera para proteger a las gallinas de la zorra. (Debía pasar por delante de la casa del difunto al que me llevó mi madre sin pensar en las consecuencias). Algunas noches entraba al corral chillando de pánico y no volvía a respirar tranquilo hasta haberlo abandonado. Si alguien de mala fe, hubiera estado agazapado esperando para asustarme, me habría dado un telele y quién sabe el resultado posterior. La noche, siempre me ha dado miedo, incluso ahora. Considero fatídicas las horas que van de las tres a las seis de la madrugada. Cuando trabajaba, de las tres a las cinco, el sueño dominaba mi ser, debía hacer esfuerzos mayores y deambular incluso por el exterior de la fábrica tomando el fresco o buscando cháchara con otro insomne. La difícil situación por la que atravesaron mis progenitores, fruto de mi venida, inesperada, a este valle de lágrimas, no ayudó precisamente a que me criara fuerte moralmente; el miedo es congénito y yo lo viví y heredé. Recuerdo un día que fuimos a comer a la Canaleja, en aquellos tiempos una fuente de agua abundante fresquísima y limpia. Mis tíos del Puerto y otros familiares de mi padre que me llevaron con ellos. Estando allí, comenzaron a escucharse gritos abajo, a unos cien metros. Era mi abuelo paterno discutiendo con los hijos de un primo hermano suyo. Cosas de familia que permanecen enquistadas y heredadas por las sucesivas generaciones. Pues a mí, esa situación sin duda me afectó. El abuelo no me había dedicado excesiva atención pero sin duda los gritos y las amenazas proferidas, sí hicieron mella en mí. Para darme ánimos, en otro pueblo donde una hermana de mi padre se casó, la mencionada anteriormente, y al que alguna vez me enviaron mis padres a ayudar en el campo a mi tío, su marido, los malos quereres y el odio entre vecinos, -la España irredenta-, que además lo eran de mis tíos, acarreó otra muerte violenta y además en presencia de sus hijos menores. Dos hombres, padre e hijo, se cruzaron en la carretera con otro hombre que era su vecino y además había sido alcalde del pueblo, y el hijo, desde lo alto del carro, golpeó al otro con una tabla en la sien. Si no lo mató del primer golpe, lo remató en el suelo, ante la mirada impotente de sus hijos. Cuando mi tío, a la sazón alcalde del pueblo, se encontró al hijo agresor, le preguntó qué habían hecho, a lo cual el otro le respondió con la verdad. Más tarde, detenidos por la guardia civil y llevados a Calamocha, el padre (supuesto inductor) se autoinculpó y horas después se ahorcó en el calabozo. Celebrado el juicio en Teruel, el agresor quedó libre pues quien podía haberlo inculpado, prefirió callar. Tampoco esas noches de soledad en el granero, fueron muy agradables. Pero no todo fue lúgubre en aquel pueblo. En uno de los viajes de trabajo, ya liberado de la tontuna de la chica de la mochila azul, me enamoré perdidamente de una chica del lugar, Teresa. Estuve una semana casi sin comer y llevándola en la cabeza todo el día; terrible, aunque yo todavía no tenía el instinto sexual desarrollado por falta de práctica y no era por ahí por donde mis sentidos flaquearan. Era un amor sin mácula, espiritual. Unos años más tarde, cuando parecía que el castillo se rendía, la ausencia de roce, acarreó el mismo fin que la vez anterior. O más bien que una pelirroja, sí que supo despertarlo. Y el oso, una vez probada la miel, no teme a los picotazos.

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