Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

lunes, 19 de septiembre de 2022

SOLEDAD

SOLEDAD, DIVINO TESORO ¿O NO?

Antes cuando era mozo... ande meaba dejaba un pozo.

 Y ahora viniéndome viejo... ni rastro dejo

Cuando yo era un adolescente con ínfulas de mayor y hechos de niño, me mandaban a cavar la planta nueva del azafrán. (Planta: espacio de terreno en el campo que se dedicaba a sembrar/plantar los bulbos o cebollas de azafrán preparados a tal fin. La superficie, el espacio, dependía de la "fuerza" que en cada casa había a la hora de recolectar y esbrinar las flores. A partir del quinto año, se debía sacar la cebolla para renovar el plantío. El exceso de bulbos, los hacía inoperantes pues ya no echaban flores). Este trabajo consistía en cavar con el legón y a veces con el pico, el trozo de tierra destinado a enterrar en el mes de junio la cebolla nueva del azafrán. Zafrán a secas, para nosotros. Como yo sé de sobras, a pesar de los años transcurridos, en que consistía esa labor, dura labor, la obviaré puesto que para cualquier despistado que por aquí entrara, no tendría el mínimo interés. Hay que haber estado doblando el lomo y sacando las piedras enterradas en la tierra para comprender que eso que llaman el oro rojo y que da color y sabor a los guisos y sobre todo a la paella, se obtiene a basa de dolor de espalda y riñones, frío y pasar mucho sueño. Lo del azafrán en la paella, "si lo hay se echa y si no pues nada", como dice el fraile franciscano que emite vídeos culinarios desde la cocina de Santo Espíritu, su convento en Gilet, Valencia. No recuerdo en este momento su nombre, pero ya lo miraré en YouTube, que es donde yo visiono sus vídeos y recetas culinarias. Este buen fraile, Fray Ángel, con una barba entrecana salvaje en los primeros vídeos y recortada después, se entiende que por los responsables de filmar y emitir los videos, ha hecho bueno aquello que dijo santa Teresa, "entre los pucheros también está Dios". Todos los lunes emite una nueva receta de guisos y comidas "populares", nada de "haute cuisine", pues él guisa para los frailes del convento y para las personas que en ese momento se alojan en la hospedería. Tampoco explicaré la soledad que sentía allí en Los Cabañeros, una finca en el culo del mundo que lleva años sin cultivar, yerma. Curioso nombre este, desconocía entonces que había una obra de teatro titulada de esa forma, Yerma, escrita por Lorca e interpretada innumerables veces por varias actrices entre ellas más recientemente, Nuria Espert. Mi padre, como el resto, parecía buscar las fincas en las que más piedras se ocultaban bajo la tierra. Como luego había que plantar (acción de enterrar los bulbos bajo la tierra) a legón, era necesario que la tierra estuviera limpia de piedras. Yo distraía el tiempo dedicado a los más variados entretenimientos: buscar y cazar nidos de picaraza era lo que hacía antes de llegar al tajo dos o tres horas después de haber salido de casa. Si hubiera tenido que fichar, no me habrían dado ni la merienda. A veces, en invierno, la tierra estaba helada y no se podía cavar pues hubiera quedado como un desastre y las piedras ocultas entre la tierra helada. Otras, el sol apretaba y era imposible estar en aquel agujero que era como un embudo. Solo me alegraba la mañana el cabrero cuando algún día pasaba por alli camino del monte de Villafranca. La acumulación de solitarios, a veces más de uno diario, para matar el aburrimiento pues carecía de un icono al que dedicar ese sublime acto, supongo que ayudaba a eliminar las fuerzas o esfuerzos que debería haber quemado cavando la tierra. Hasta me permitía escribir grafitis o panfletos en la puerta de una paridera cercana. Muchos años más tarde, uno de los aludidos me lo recordó pues aparte de vago resulté ser bastante bobo al "firmar" con mi nombre las paridas escritas. Aquellas caminatas de subida y bajada todos los días, quizá hayan traído consigo la dificultad de movimiento actual. Cuando la primavera ya apuntaba, salían unas florecillas amarillas en las cuales libaban las abejas y aquello me alegraba. El Moncayo, lejano, se percibía con la cumbre nevada y el cierzo, helador, se dejaba sentir sin temor a denunciar su procedencia. El recelo crecía al acercarse el domingo. Mi padre trabajaba en el tren minero, y aunque hasta muy entrados los años 60 no había fiestas que guardar, pues los trenes no cesaban de pasar si las nevadas no habían impedido trabajar en la mina, él por enfermedad ya no salía a la línea y hacía las ocho horas en los cocherones de la estación, en una oficina. Lo cual no le impedía, o si lo hacía se lo aguantaba, para ir el domingo a cavar la planta. La gente los domingos se iba a trabajar a los lugares más recónditos y lejanos pues había miedo a los civiles. Bien a labrar con las caballerías o como nosotros, "al culo el mundo" a cavar la planta. Aquellos esbirros del sistema, solían ser los más vagos en sus pueblos o muertos de hambre que hallaban una manera de subsistencia garantizada aunque fuera a base de conculcar los derechos de los demás. A un hermano de mi padre le dieron, con total impunidad, una paliza y  lo dejaron por muerto. Le achacaron el robo de una garrafa de aceite que alguien debió de llevar de contrabando o estraperlo, que era como lo llamaban, en un tren y lo culpaban a él. Cuando se cansaron, lo dejaron allí tirado, Ninguna consecuencia. Y digo yo ¿no hubiera sido justo devolverles el favor ya que la Justicia brillaba por su ausencia? Luego se supo que el cabrón que había robado el aceite fue el jefe de estación. Para éste, ya no hubo paliza ni petición de explicaciones. Los años, no han logrado eliminar el resquemor y la desconfianza hacia esta gente. (En el pueblo de la santa, mataron a palos a un refugiado del sur que tenía mujer y cuatro hijos. Por un robo que hizo el cura y luego fundió en putas en Mallorca). Mi señor padre, nunca que recuerde, me echó la bronca por el terreno sin cavar que prácticamente seguía igual que el domingo anterior. Alguien me había robado el trabajo. Eso sí, cavaba poco pero lo hacía bien, sin dejar ninguna piedra oculta. La primera planta que cavamos y plantamos, fue la mayor y de tierra más suave, las liebres la eligieron como propiedad privada para alimentarse por la noches y aquello tampoco podíamos consentirlo pues se comían la cerda, hoja de la planta, y la dejaban sin respiración. Incluso en época de recolección de las flores, que suele ocurrir entre octubre y noviembre, dependiendo de cómo hayan ido las lluvias en el verano o la primavera, también se comían las flores y estaban "esmorrinchadas", inútiles, no habían dejado más que el tallo o rabo. Pues había que hacerles ver que aquello era una propiedad ajena. Mi padre cercó todo el terreno de la planta con ramas de chaparro y aliagas dejando estratégicamente unos portillos para invitarlas a pasar. En ellos, colocó unos lazos de alambre y una mañana de las que iba a cavar, me encontré una liebre hermosa, grande, ahorcada con el lazo. Fue tal mi emoción y falta de sentido común, que con una cuerda le até las patas para que no se pudiera escapar. ¡Dios mío, qué atrevida es la ignorancia! Puede que fuera la única, que recuerde. No, la única que fui ignorante, no, que eso lo he sido hasta el aburrimiento. Otra vez, estando de corderero, pastor de ovejas con sus retoños, en el mismo paraje, abandoné al rebaño, una veintena de reses en total, y me fui a ver a la chica de la mochila azul que estaba con las suyas a un kilómetro o más. Pastora, con otra joven mayor que nosotros. No pasó nada y me refiero a las ovejas, podían haberse marchado a su libre albedrío e incluso podían haberlas robado. Menos mal que no ha sido tierra de lobos aunque sí de zorras camperas, que de las otras no tengo elementos de juicio para juzgar. A esta chica la relacionaba en los panfletos con mi colega y cantor de jotas. Junto a las parideras del puntal de Zorrolabarga, y también en el pajar, en el pueblo, nos dedicábamos a cantar cuantas jotas habíamos aprendido de los mayores y las canciones de moda, sobre todo de Joselito. Hace poco escuché en la TV de Aragón una jota titulada "La Carcelera" y me emocioné al recordar que era nuestra preferida y porque mi amigo, Ismael, falleció antes de cumplir los 70. Hubo una de las plantas que al cavar salía una roca caliza durísima y sin tierra encima. Saltaban chispas del pico al intentar romperla y todavía me pregunto ¿por qué el empeño en cavar aquello si el azafrán allí era inviable? No había tierra y los bulbos morirían sin remedio. Parecía que tenían todos o casi todos, incluido mi padre, -también los había que enterraban la cebolla tal y como la tierra estaba-,  la fijación por hacerlo donde más piedras había. El padre de mi amigo Joaquín, otro desaparecido, se pasaba todo el año espedregando las fincas y siempre elegía la que más piedras tenía. ¡Qué obsesión! En La Solanilla, mi señor padre solo plantó un pedazo pequeño de terreno; se lo debió pensar mejor pues allí había más piedras por metro cuadrado que granos de tierra. Y volviendo al pastoreo, la primavera era la época en la que se sacaban a pacer al campo a las ovejas y sus crías. Nos convertíamos en corderero/a. Otra ración de soledad y aburrimiento, siempre mirando al sol el cual se negaba en darse más prisa en alcanzar el horizonte para acabar el día. Una vez estando en el Mojón, a escasa distancia del pueblo y pastoreando al pequeño rebaño, había un sembrado cerca, 30 o 40 metros, y una oveja muy bruja, solo hacía que irse allí a comer seguida por las demás; harto de que se burlara de mí, cuando volvía después de reclamarle que dejara aquel sembrado en paz, le tiré una piedra con tan buena puntería como mala suerte y le rompí el hueso de la pierna derecha trasera, cerca del ancón. Fue tal el disgusto y abatimiento que me embargó, que el resto de la tarde la pasé amoscado contra el suelo y los tres días siguientes en la cama con fiebre. No sería la única oveja encojada aunque de esta no me dí cuenta, solo al verla con la pata arrastras. En la cerrada La Balsa ocurrió. Mi padre les aplicó una "pilma", una especie de cabestrillo que les inmovilizaba la pata. Unas cañas partidas con una tela o saco y pez, que al enfriarse se solidificaba. Lo mismo que cuando una persona se rompe un brazo o pierna. Las ovejas, si no llevabas perro, te hacían la burla. Una vez volvía del Collado de Alba y desde las Canteras, echaron a correr cuesta abajo hacia el pueblo, y yo, corriendo detrás, llorando de impotencia, con una manta que pesaba más que yo. La cual observo ahora y pienso ¿y esta mierda se apoderaba de mí y no podía con ella? ¡Ay señor, cuántas putadas le ocurrían a uno in illo témpore! A todo esto, yo seguía enmimismado con la chica de la mochila azul y aunque lo sabían hasta las piedras, jamás de mi boca salió una palabra frente a ella. ¡¡Capullo!! Pero ocurrió el desastre o un milagro: inexplicablemente, de un día para otro y sin darme cuenta, mi mente se liberó y dejé de pensar en ella. No obstante, vuelven recuerdos a mi memoria y rehago estos: ha sido la única vez en mi vida que me he peleado con alguien y además por ella. Estábamos bailando -esto me hace colegir que eran esos tiempos que mencionaba al principio- en casa Guillermín, una casa deshabitada, y Crispín, la mencionó y yo entendí que se metia con ella y connmigo. Bajamos a la calle y antes de salir nos liamos a mamporros y rodamos por el suelo. La cosa no pasó a mayores pero pudo acabar en tragedia: el patio estaba a oscuras y posteriormente comprobé horrorizado que habíamos caído junto a una máquina segadora que estaba allí guardada; pudimos haber muerto cualquiera de los dos, si uno de aquellos afilados dientes que tenía el tablero de la máquina nos lo hubiéramos clavado en la cabeza o el cuerpo. Era mayor que yo y además, estaba acostumbrado a que su padre le diera buenas palizas por los rastros que hacía. Pero no influyó en nuestra relación, seguimos compadreando; ha sido al hacerme mayor, cuando me he dado cuenta de lo mal bicho que él era; yo, muy cándido. Fue un enamoramiento inmaculado que desapareció como el sarampión de la niñez, como la escarcha al recibir el sol; afortunadamente sin dejar huella. Como los posteriores. (Eso es mentira). Mi madre me acusaba de que veía una escoba con faldas, y me iba detrás de ella. Todo porque la escoba que más escobazos me dio, no le gustaba. Si hubiera, tuviera o pudiera congelar una imagen, un momento vivido, sin duda sería la de un día en que bailando (no con lobos pero si entre lobos) le confesé mi amor y ella me apretó la mano en señal de reciprocidad (o eso entendí). Todavía sigo sin comprender porqué me rechazó y mucho menos otros sentimientos. A posteriori, mi tío hizo el comentario "de tanto que se quieren no se pueden ver". Le reproché su falta de empatía y consejo en aquella hora tan decisiva. Los humanos no aprendemos de nuestras experiencias, tampoco de nuestros errores, solo hacemos lo que vemos o usamos hábitos aprendidos de la conducta de los demás, aunque sean o hayan sido negativos e incluso funestos para ellos y nosotros. Learning lesson: no solo quién bien te quiere te hace llorar, a veces también, quien más te odia o eres invisible ante él/ella. Una cosa me ha llamado siempre la atención: ¿es posible amar y no sentir deseo? ¿El amor puede llevar a considerar que solo debe existir sentimiento sin deseo? ¡Jamás pude hacer ¡¡ni un!! solitario con esa escoba y mucho menos otras fantasias sexuales!  Todas estas divagaciones ¿a qué conducen? a nada, solo forman parte de los recuerdos personales porque ¿y si en vez de dedicarme a cazar nidos de picaraza, hacer solitarios y otros entretenimientos vanos e inútiles, hubiera sido más creativo y hubiera terminado de cavar la planta en quince días? Habría maravillado a mis padres que en vez de tildarme de vago o algo peor, me habrían puesto a cavar la planta del año siguiente y ya puestos, a limpiar de piedras todas las fincas, incluso las lomas improductivas que hubiera sido necesario habilitar pues la hacienda no daba para más. El silencio improductivo de aquellos días en Los Cabañeros, dio sus frutos. Mi madre siempre recuerda que en aquella tierra, descansada y bien oxigenada, yo no obtuve grandes avances personales según mi torpe y desviado criterio, sin embargo mi trabajo sí que facilitó sus frutos aunque ya no estuve allí para verlo: "El azafrán nos procuró mucha rosa todos los años". Todavía ahora, con una ingenuidad infinita, dice: "Si alguna vez ponéis azafrán, ponerlo allí que nos dió mucha y buena rosa". "Madre, ¿usted cree que yo estoy para poner azafrán?" Sin duda a todos nos traiciona el subconsciente (ese cabrón, algunas veces) y nos arrastra a nuestros principios aunque alguno los hayamos perdido por el camino. Al final, todas las acciones y trabajos que ejecutamos, aunque sea a desgana, si han de evolucionar por su cuenta, nos demuestran que es posible ver como rinden al margen de nuestra apatía y falta de entusiasmo en su preparación. La lección recibida, debería haber marcado nuestro rumbo en el futuro pero cuando este queda tan lejos y sobre todo rodeado de tanta nebulosa e incertidumbre, en vez de resultar un acicate para la superación, se torna en una rémora molesta e insalvable. 

MIEDO. Quien canta su miedo espanta. Siempre me acompañaba. Debía ser algo genético pues ya mi madre era muy miedosa. Ella era joven cuando vivíamos en el frontón, bueno en una casa junto a él; de ahí arrancan mis primeros recuerdos conscientes. Como mi padre debía ir al tren y no tenía un horario fijo, a veces le tocaba pasarse las noches sola (decir conmigo era como estarlo). Una noche debió quedarse abierta la puerta de la calle y se coló la Tula, la perra de mi abuelo, su padre. Se subió al granero en busca de algo sólido que llevarse a la boca y al intentarlo, hacía ruido pues se balanceaba sobre el apoyo. Mi madre, acojonada, cuando ya el terror le proporcionó alas, se armó de la escoba y encontró a la perra intentando comer algo que estaba colgado. Algún que otro escobazo se llevaría, pero el pánico la superó. Buena prueba de su "valentía" (heredada por mí), es que se levantó del sillón del dentista cuando fue a sacarse una muela, hazaña emulada confieso avergonzado, en alguna ocasión. La difícil situación por la que atravesaron mis progenitores, fruto de mi venida, intempestiva e inesperada, a este valle de lágrimas, no ayudó precisamente a que me criara fuerte moralmente; el miedo es congénito y yo lo viví y heredé. A mi padre le salían unos horribles granos en el cuello llenos de pus, todavía los recuerdo, fruto de los disgustos y calentones que se daba y le daban. Recuerdo un día que fuimos a comer a la Canaleja, en aquellos tiempos una fuente de agua abundante fresquísima y limpia. Mis tíos del Puerto y otros familiares de mi padre que me llevaron con ellos. Estando allí, comenzaron a escucharse gritos abajo, a unos cien metros. Era mi abuelo materno discutiendo con los hijos de un primo hermano suyo. Cosas de familia que permanecen enquistadas y heredadas por las sucesivas generaciones. Pues a mí, esa situación sin duda me afectó. El abuelo no me había dedicado excesiva atención pero sin duda los gritos y las amenazas proferidas, sí hicieron mella en mí. La mujer del primo hermano, -compartían el edificio que fue vivienda de su abuelo-, emponzoñó la relación acusando a mi abuelo de intentar robarles los cochinos. El corral también era la mitad de cada uno y una pared medianera, permitía pasar de un lado al otro. Con un poco de sentido común, tal aseveración cae por su peso, pero vete tú a saber que visiones tuvo aquella mujer -o qué había fumado- sin recapacitar que la acusación emponzoñaría la familia y la vecindad. No era trigo limpio la señora, no señor. No ayudó nada, respecto al pánico, que mi madre me llevara al velatorio de un señor mayor. ¿A quién se le ocurre llevar a un canijo a ver a una persona muerta, allí entre velas y todo negro y el difunto más tieso que la mojama? Y sobre todo sin tener ningún vínculo familiar. Pues a mi madre, excesivamente joven e imprudente. Hoy protegemos sobremanera a los jóvenes; no van a un velatorio, y no digo nada de un entierro, si no es directamente del círculo familiar. Cuando murió mi abuelo, el padre de mi padre, y a pesar de haber nacido en aquella casa, una vez ésta vacía pues la hija soltera y la abuela marcharon con una hermana, procuraba no pasar por delante si me mandaban a comprar algo en la tienda que había al lado. En esa tienda, una noche que fui con mi madre y aprovechando que estaban visitando una obra que los tenderos realizaban al lado de nuestra casa en una habitación limítrofe, robe una torta de cacahuetes. Todos tenemos algún muerto en el armario. Claro que no ayudaba nada la iluminación de las calles: unas bombillas de 125 voltios que iluminaban poco más que una vela, no invitaban a deambular. Me imagino que aquello haría las delicias de los novios festejadores. Ya mayor, toda la vida he tenido sueños repetitivos sobre esa casa a la que me daba miedo entrar. Imagino que la desaparición de mi abuelo fue traumática para mí, de ello ese temor incluso en sueños. No fue alegría lo que supuso la extirpación de las amígdalas, amigdalectomía (qué retorcidos son los médicos). Previamente me inyectaron unas inyecciones de calcio en el trasero que me dejaban cojo por un rato. Bajaba pierna abajo dejando un rastro de dolor el muy vaina. El día del crimen, un fulano me trabó de tal forma, atrapándome entre sus piernas, que me resultó imposible cualquier movimiento. El asesino, me puso un chisme en la boca para que no pudiera cerrarla y tras dos pinchazos, que no se si sirvieron para algo por el dolor causado, me arrancó las anginas. ¡¡Qué cabrón!! Si en lugar de operarme el primero hubiera ido con posterioridad, no me pillan ni con los antidisturbios. Tras la operación, me dieron un bebedizo que a los pocos minutos me hizo ir de urgencia al water. Dolor al tragar en días posteriores y la voz, cambió radicalmente y si antes era un chorro de voz, como el mariachi, cantando jotas, aquella destreza cantora desapareció dando lugar a frecuentes faringitis. Posiblemente fue peor el remedio que la enfermedad. Si algo necesitaba yo para que me entrara el canguelo en los días que asistía a "no cavar" la planta, fue la muerte de un hombre que vivía solo. Su fin, en soledad, y solo echado de menos unos días después del deceso, a mí me daba alas a la hora de ver gentes entre los chaparros, que venían a por mí. Aquél fondo de valle, sin vistas exteriores, me hacía imaginar muertos y vivos por doquier ansiosos de echarme el guante. A veces era tanta la angustia, que necesitaba salir de él para ver horizontes lejanos y despejados. Y no fue el único: otro señor, viudo, que vivía solo, debió sufrir un desvanecimiento y cayó sobre las brasas de la lumbre. Tras varios días sin que nadie lo echara de menos, forzaron una ventana y lo encontraron muerto, quemado y con signos de haber sido devorado por los gatos. Terrible. Para darme alas, me tocó hacer guardia en el cementerio, eso sí fuera y con un señor mayor, el padre de la escoba (en ese momento, solo un vecino), donde habían llevado el cadáver para realizarle la autopsia. No menor era el temor cuando bajaba solo a Alba, pueblo a tres horas de camino andando en el cual vivía la hermana de mi madre, mi tía Aurelia. Tras un terreno completamente despejado, se entraba en una chaparrada de varios kilómetros dentro de la cual existía, en el suelo junto al camino, una cruz de piedras en recuerdo de un pastor al que "el amo" mató alegando que le robaba los corderos. Tanto al entrar como al salir del bosque, me revolvía constantemente para comprobar si una legión de fantasmas me seguía y no respiraba tranquilo hasta haberme alejado. Pasaba mucho miedo. En el pueblo al anochecer, debía ir a cerrar la puerta de la paridera para proteger a las gallinas de la zorra. (Debía pasar por delante de la casa del difunto al que me llevó mi madre sin pensar en las consecuencias). Algunas noches entraba al corral chillando de pánico y no volvía a respirar tranquilo hasta haberlo abandonado. Si alguien de mala fe, hubiera estado agazapado esperando para asustarme, me habría dado un telele y quién sabe el resultado posterior. La noche, siempre me ha dado miedo, incluso ahora. Considero fatídicas las horas que van de las tres a las seis de la madrugada. Cuando trabajaba, de las tres a las cinco, el sueño dominaba mi ser, debía hacer esfuerzos mayores y deambular incluso por el exterior de la fábrica tomando el fresco o buscando cháchara con otro insomne. La difícil situación por la que atravesaron mis progenitores, fruto de mi venida, inesperada, a este valle de lágrimas, no ayudó precisamente a que me criara fuerte moralmente; el miedo es congénito y yo lo viví y heredé.  Para darme ánimos, en otro pueblo donde una hermana de mi padre se casó, la mencionada anteriormente, y al que alguna vez me enviaron mis padres a ayudar en el campo a mi tío, su marido, los malos quereres y el odio entre vecinos, -la España irredenta-, que además lo eran de mis tíos, acarreó otra muerte violenta y además en presencia de sus hijos menores. Dos hombres, padre e hijo, se cruzaron en la carretera con otro hombre que era su vecino y además había sido alcalde del pueblo, y el hijo, desde lo alto del carro, golpeó al otro con una tabla en la sien. Si no lo mató del primer golpe, lo remató en el suelo, ante la mirada impotente de sus hijos. Cuando mi tío, a la sazón alcalde del pueblo, se encontró al hijo agresor, le preguntó qué habían hecho, a lo cual el otro le respondió con la verdad. Más tarde, detenidos por la guardia civil y llevados a Calamocha, el padre (supuesto inductor) se autoinculpó y horas después se ahorcó en el calabozo. Celebrado el juicio en Teruel, el agresor quedó libre pues quien podía haberlo inculpado, prefirió callar. Tampoco esas noches de soledad en el granero, fueron muy agradables. Pero no todo fue lúgubre en aquel pueblo. En uno de los viajes de trabajo, ya liberado de la tontuna de la chica de la mochila azul, me enamoré perdidamente de una chica del lugar, Teresa. Estuve una semana casi sin comer y llevándola en la cabeza todo el día; terrible, aunque yo todavía no tenía el instinto sexual desarrollado por falta de práctica y no era por ahí por donde mis sentidos flaquearan. Era un amor sin mácula, espiritual. Unos años más tarde, cuando parecía que el castillo se rendía, la ausencia de roce, acarreó el mismo fin que la vez anterior. O más bien que una pelirroja, sí que supo despertarlo. Y el oso, una vez probada la miel, no teme a los picotazos.

EXODO. Una vez ocurrido el desastre que supuso deshacer todos los planes de futuro -sin futuro- a causa del accidente sufrido por la caballería de mi padre, quedaba por definir el porvenir que me esperaba a mi. Seguíamos igual, dinero para estudiar no había y trabajo en el ferrocarril tampoco. Como todo se quedó colgado, la cosecha, la siembra, etc. hubo de venir mi tio, el mencionado antes, desde su pueblo con sus mulos a terminar la faena empezada, a cambio, yo estuve en su pueblo ayudándole a él en la siembra. Tanta confianza tenía en mí, que incluso me envió a sembrar, solo, una pequeña finca. Ignoro si salió la simiente a trompicones o bien tirada. Había una parte del término que daba vista al valle del Jiloca desde el que se contemplaba mi pueblo. Un día vi al tren cuando cargado circulaba por el paso de san Marcos, lamiendo la falda del Morrón. Creo era el veintiocho por la hora, alrededor de las ocho y media de la mañana. En la parte oculta y de más altura, estaban las casamatas de la guerra civil. Daba vista hacia Argente y la Tierra Baja, hacia las cuencas mineras y hacía un frío del carajo. Nos encontramos una bala completa y el tío, en casa, prendió fuego a la pólvora; una llamarada de más de un metro se alzó desde el suelo. Me llamó la atención que el explosivo todavía conservara sus propiedades de ignición. Y no era como otras que yo he visto, sino como una especie de canutillos de colores. Curioso. Es un pueblo que da la impresión está sobre la boca de un volcán, con una sima en el centro del pueblo. Algo parecido a un pueblo de la Rioja, Grávalos, donde estuvimos en un balneario. No volví más. Entre tanto mis padres urdían mi futuro a mis espaldas. Con un tío de mi madre emigrado a Zaragoza hacía tiempo, prepararon lo que creyeron más conveniente y en los postreros días de un mes de abril, con la maleta el perro y el lorito, aterricé, es un decir, en la Ciudad Inmortal. Mi primera impresión, desde el autobús, no fue muy fuerte. Siendo un canijo, ya me llevaron a conocer la playa. Y Teruel, donde me operaron de las anginas. Sí recuerdo a unos soldados haciendo guardia en un cuartel que había justo a la entrada de la ciudad, donde todavía está el hospital militar. La casa de los tíos, estaba entonces en el extrarradio, con viviendas sindicales y numerosas fincas en barbecho. Tras dejar el tranvía en la plaza Huesca, en Delicias, había que ir andando casi un kilómetro. Entonces tenía buenas piernas para correr de haber sido necesario. Y lo fue. A la noche salía de trabajar alrededor de las once y media y si perdía el tranvía, significaría que debería subir andando hasta la casa de los tíos. Más de un día tuve que correr porque el tranvía ya asomaba, por la plaza de España, hasta la parada de Escuelas Pías. El trabajo que me habían conseguido era ¡de pinche de cocina! en el hotel Oriente de la capital. ¡Manda huevos! Todavía sigue abierto. Y les estoy agradecido ya que me dieron de alta en la SS desde el primer día, un primero de mayo. A la hora de la jubilación, esa efemérides se tornó en un tesoro. Otros muchos hubo que trabajé con o para ellos y no me dieron de alta; al solicitar el historial para la jubilación, descubrí a esos facinerosos. Tampoco el estado me cotizó los dieciséis meses que trabajé, forzoso, en la mili. Ni me pagaron. El trabajo de pinche tenía su explicación. Allí comería, con lo cual, solo debería pagar a los tíos la cama y la comida del día de fiesta. 700 pesetas al mes, y a mí me quedaban cuarenta duros libres para mis gastos. Toda una fortuna ¡y gracias! No tardarían en llegar los problemas. Había una fulana que ejercía de despensera y debió de creer, ante la falta de defensa de los cocineros, que yo estaba allí para su uso y disfrute. La tipa era la querida del gerente o algo así, tenía muchas ínfulas, quería manejarme y que fuera su pelele al margen de mis obligaciones como pinche. Chocamos enseguida. El chico paleto recién venido a la ciudad, salió respulero y no se dejaba manejar. Uno de los cocineros, el sr. Santiago el más humano, viendo el cariz que aquello iba tomando, me buscó un nuevo trabajo y a los tres meses escasos, en julio, abandoné el hotel. Una vez a la semana me obligaban a quedarme de guardia, no se para qué. No tenía ni puta idea de nada y eso sí, me sirvió para vengarme de la pájara aquella. Como siempre había comida a mano, no controlada, -si por ejemplo había una marmita con ternera estofada se podían datraer algunos filetes para merendar sin que se notara-, y la bodega de la despensera estaba abierta, y algunas botellas de vino también, pues a merendar a conciencia. La cocina de carbón. De allí extraje una cosa que me llamó la atención. Serían varias, pues todo era nuevo para mía. Al puré de patata le llamaban "parmentier" y la "tortilla a las finas hierbas" era con perejil picado ¡Hay que joderse! Siempre lo he dicho, la cocina tiene mucho de fanfarría y es como el circo, rimbombante y llena de presuntuosidad. Y otro recuerdo nada amable. El tipo que me proporcionó el trabajo tenía una tienda en la calle Las Armas y el tío, tenía otra de hielo y bebidas enfrente. Las neveras no eran tan modernas como ahora. De ahí salió mi empleo, pues según él, los dueños del hotel eran amigos suyos. Bueno, resultó ser un bujarrón y un cabrón. El nuevo trabajo estaba en el Paseo de Las Damas. Restaurante París. El puesto, ayudante de cocina. Puto pinche, pues era el último mono. Aquí, el jefe de cocina, Falcón, era un tipo que tenía la mujer enferma y el día que venía mal follado a trabajar, casi todos, me jodía la fiesta semanal. ¡¡Otro cabrón!! Aquí la cocina era de gas y las planchas, todas las noches, habían de quedar limpias y relucientes. El segundo cocinero, César, era un chaval algo mayor que yo, veintitantos. Hacía unas tortillas de patata que eran una maravilla, cosa que nunca me he explicado pues freía la patata en la freidora donde iban a parar todos los alimentos cocinados de esa forma. Calamares, escalopes, patatas... y lo felicitaban. También había bar y con los fritos, nos tenía fritos el jefe de la barra. Allí pasé el verano y alguna tarde fui con César al río, junto a Helios, entonces con una arboledas  a las que iba mucha gente. No recuerdo la pasarela que había entonces, pero estar, estaba. Al final del verano, sería otoño por el frío que hacía, un día el jefe de cocina nos llevó a un restaurante de carretera que había en Luceni. Lo iba a coger en alquiler por su cuenta y quería que toda la plantilla lo acompañáramos; le dije que no. Cabrón, me has estado jodiendo los días de fiesta, -oponerme hubiera significado el despido y ello la vuelta al pueblo-, y ahora quieres que vaya contigo, ¡A la mierda! En aquel tiempo, la chica del pueblo del tío, Teresa, vino a trabajar de sirvienta a una casa. Intenté verla pero no lo conseguí, en cambio, una prima o amiga suya llamó un día por teléfono y se puso César, como si fuera yo. Como éste era de ciudad y tenía mucha carrera por delante, no se cortó un pelo y en un momento dado la otra le llamó mocoso, a lo que él le respondió: "Ya me la casco". Lo celebramos adecuadamente. Ahí acabaron las llamadas y la posibilidad de encuentro con Teresa. En teoría era yo quien estaba al teléfono.Tras la marcha de Falconetti llevándose consigo a César y a otro pinche que era precisamente de ese pueblo, entraron a trabajar dos nuevos cocineros. Jóvenes, veinteañeros. Habían estado trabajando durante el verano en un hotel en Torla, inaugurado ese año. José Ramón, Pepín, de segundo y Jesús Gracia de jefe. Con Pepín, perticiparía en multitud de acciones. Nos veíamos todas las semanas las películas de estreno y otras acciones inconfesables. Era de Zaragoza, también Jesús, pero de muy diferente carácter y cultura. Al menos Pepín, había trabajado en el hotel Centenario, ubicado junto a la plaza del Justicia y derruido para hacer pisos. Era muy de su tiempo y fan de The Beatles y de los chaquetones de marinero y pantalones de pata de elefante. Nos reuníamos con su camarilla, y su tío, Norberto Romea que fue jefe de cocina del hotel derruido, en Radio Zaragoza, una cafetería de moda ubicada en el pasaje Palafox. Estuvimos una semana entera yendo al Oasis, la famosa sala de fiestas de la época, mencionada con anterioridad. Una vedette llamada Pola Cunard. Bocatto di cardinale. Siempre el mismo espectáculo, pero éramos tan cretinos que muertos de sueño repetimos esas noches al salir del trabajo. Algo así como "maricón el último". De donde no hay no se puede sacar. Con toda seguridad yo tendría que subir a Las Delicias andando a las dos de la mañana. Del asunto culinario, no recuerdo gran cosa, sin episodios sobresalientes; pero si del accidente de trabajo que sufrí. El vestuario lo teníamos en la bodega a la cual se accedía por una escalera de madera. El jodido Pepín, tuvo la funesta idea de atar una cuerda a un mueble donde se ubicaba la freidora, para que al subir la señora Carmen, una señora oronda, la encargada de fregar los cacharros de la cocina y los platos, no pudiera pasar. Pero quien subió, como un cohete, fue Jesús y mandó a cascala el mueble de la freidora. Se derramó el aceite, todavía muy caliente, y mi pie derecho pagó el pato. Y ahora ¿qué hacemos? Una gran ampolla en el pie quemado. Desconocíamos donde acudir en caso de accidente. Alguien dijo donde estaba uno de los dueños echando una partida. Allí fuimos, a la calle san Miguel. Nos mandó a la clínica san Juan de Dios, donde el Canal y allí me curaron y me pusieron la antitetánica. Y ahora ¿qué hago yo? Pues en vez de coger la baja, acudía a curarme a la calle teniente coronel Valenzuela y luego ¡¡a trabajar!! A ver, perras para vivir a pensión completa no tenía, así que no me quedó más remedio que tragar. Y los miserables de los dueños, ni una palabra ni un detalle. Había cambiado de pensión y la señora Carmen era mi patrona. En la calle Escosura. Al marido le faltaba una pierna ¿o las dos?, amputadas por el ferrocarril. A las noches debía subir andando pues ya no circulaba el trolebús a la Ciudad Jardín y el pie, picaba a rabiar. Suerte tuve que no se infectó. Una imagen preciosa quedó en mis recuerdos de aquellos paseos obligados nocturnos. Los plataneros que había enfrente de la Facultad de Medicina, en la plaza Aragón, no tenían hojas pero a cambio había cientos de gorriones durmiendo y parecían bolitas de algodón. También una mendiga pasando la noche sobre unas rejillas de donde salía el calor del subsuelo generado por unos transformadores eléctricos. Muchas serían las batallas libradas en compañía del jodido Pepín. Incluso mi primera experiencia, nefasta, mejor para olvidar, en compañía femenina. De allí, pasamos a inaugurar un nuevo hotel en Peñíscola. Jefe de cocina, su tío, el señor Norberto Romea. Todo un señor en todos los sentidos. Lo más reseñable, y no porque no hiciéramos incursiones por el pueblo, fue que casi me ahogo en la piscina una noche. Me falló el pie cuando el suelo de la idem profundizaba; pedí socorro pero los bandarras que me acompañaban creyeron que bromeaba hasta que otro cocinero se lanzó al agua y me rescató. Rufino, al que una camarera le comió de tal forma el tarro, que a todas horas iban comiéndose a besos. Tenía novia, para casarse, pero se quedó la chica a verlas venir. Yo era demasiado bobalicón como para aprovechar las oprtunidades. Una camarera, muy maja y mayor que yo, me pidió la cogiera en brazos caminando por la playa, no se si en broma o en serio, pero no hice ni intención de tomarla. Siempre he sido muy tímido y respetuoso (hasta que he dejado de serlo). Allí estuvimos hasta setiembre y luego, a dar tumbos por Zaragoza. Algo más espabilado, pero no lo suficiente. Trabajé en varios sitios y según he podido comprobar a la hora de la jubilación, no me dieron de alta en la SS en ninguno. Hasta fui un mes a Pamplona a trabajar, pero no me adapté y regresé de nuevo. Sería invierno cuando trabajé en un restaurante de carretera en la Venta del Olivar. No recuerdo el nombre. Alguna vez subí por la carretera desde Zaragoza; una buena andada. En el intermedio, hice una de las mías con Pepín. Me despedí un fin de semana y nos fuimos a Bilbao a ver jugar al Zaragoza. También visitamos el Barrio Chino. Y al volver, con el rabo entre las piernas, me presenté de nuevo en el restaurante a ver si me readmitían. Lo hicieron, seguramente porque me necesitaban. También me contraté para trabajar en verano en un pueblo de la costa barcelonesa: Canet de Mar. Siempre algo queda, bueno y malo, del paso por cualquier lugar. El año anterior, hubo un cocinero de Zaragoza y parece ser que enamoró a una camarera llamada Antonia, la cual quedó resabiada con él, pues si te he visto no me acuerdo. (Este tipo acompañó a mi contratante en Zaragoza). La pelirroja Antonia, se propuso vengarse en mí del cocinero maño. Y me lio. Pero me abrió los ojos de lo cual le estaré eternamente agradecido. Otra anécdota que pudo acabar mal, ocurrió una noche. Un fulano que habían contratado como ayudante mío, me propuso acompañarle a San Pol de Mar en una moto. Allá que guimos hasta que la guardia civil no echó el alto. Tras las explicaciones pertinentes, volvimos a Canet acompañados por los civiles. El tipo aquel, llevaba la moto a toda pastilla y yo acojonado. "No corras tanto que nos vamos a matar". Ni puto caso. Ya en Canet, mi jefe se explicó y yo quedé "en libertad" pero los civiles fueron a Calella a proseguir la investigación sobre el otro sujeto. Según noticias, una vez en la población, se perdió por entre las calles y burló a la guardia civil. La moto, era robada. Vaya perla. Yo me marché antes de tiempo porque la estancia me era incómoda, por la dueña, que era un bulldog sin bozal ni correa y por la pelirroja que me hacía sufrir la muy puñetera. No obstante, tras un periodo corto de desintoxicación en el pueblo, en el cual resultó peor el remedio que la enfermdad, volví a Barcelona. La ví, a la pelirroja, en su casa de Les esplugues y me dejó claro que aquello no tenía futuro y ella no estaba por la labor. Durante la espera, en un bar, entablé conversación con un chaval que llevaba un cuchillo para autodefensa. Debí ser tan convincente, que lo partió allí mismo. Luego, tras la entrevista con la chica, me volví en taxi hasta las Ramblas, donde tenía la pensión, y me fui de picos pardos. Trabajé en varios sitios, pero ahora reconozco que era culo de mal asiento, porque alguno de ellos eran importantes cara a la formación cocinera. No mencionaré el peor, pues no merece el honor de figurar en este revival. Participé en la inauguración de un restaurante que había al otro lado del Tibidabo en la carretera de la Rabassada, Restaurante Masía Can Cortés. Al leer los Cipreses creen en Dios, de José María Gironella, me llamó poderosamente la atención que hiciera una mención al hereu de Can Cortés, el cual había sido secuestrado. De Barcelona recuerdo que al salir de trabajar por las noches, el paseo y la estancia por las Ramblas era tranquilo, a veces si al otro día tenía fiesta me compraba un libro y hasta que no lo acababa no dormía. Aunque quizá sea un temor infundado, hoy no estaría a las dos de la mañana en la misma situación. Ya no volví a trabajar en Barcelona tras el último establecimiento. Me pierdo un poco en lo acontecido con posterioridad, seguramente hice dos cosas incompatibles: me apunté para estudiar en la escuela de hostelería de Santigo de Compostela, a la cual accedí tras superar un examen, y solicitar el ingreso como voluntario en el ejército del aire. Ya en Santiago, me avisaron los del ejército y como si ingresaba debía abandonar los estudios (si no era voluntario, al año siguiente entraba a filas obligado), pues me fui a la guerra. Mala cabeza, ya que esa disyuntiva debí haberla contemplado antes de enrolarme en la escuela de hostelería. Otra anécdota, que pudo tener funestas consecuencias: en el viaje a Santiago, pensión en Madrid, un fulano se durmió fumando y otro se despertó cuando ya nos llegaba el humo del colchón a nuestra altura. Apagó el colchón, y se lanzó por la ventana a la calle, era un primero. Luego los dueños nos preguntaban. Joder, si habéis sido vosotros los que le habéis dado posada. Me hice una foto en la plaza de España ante las estatuas de don Quijote y Sancho y de paso, envié una misiva de salutación a la Pepa. Mi padre no entendió, y con razón, esos saltos sin red que efectuaba. Yo tampoco, pero no me arrepiento, fue una experiencia y de paso estuve en Santiago, que quizá de otra forma no hubiera conocido.  

La guerra. Así que un día del mes de enero, no recuerdo el año, ¿el 69?, recluta en el cuartel de Chirivella. La primera noche, la cuarta imaginaria y como me enchufaron en la cocina nada más llegar, no hice más, ni tampoco gimnasia por las mañanas. Los reclutas antes de salir el sol, ya estaban dando saltos por la explanada del cuartel. Un sargento que nos llevó una tarde a limpiar las hiervas del cuartel, me arrestó porque al alegar que estaba rebajado de servicios, discrepó. Cornuto. Al mes siguiente, tras la jura de bandera, a la base de Manises. La juerga para los cabritos de los cabos. Soldados como nosotros pero más veteranos. A la hora de ir a dormir, se dieron un festín. Jugaron con nosotros hasta que se cansaron. La putada vendría después. Nos echaron colorante en la cara/cabeza y a la mañana amanecimos con ictericia. Limpieza en seco; si lo haces con agua, justo te viene: chino, seguro. Aquel mismo día, me mandaron a Valencia capital para que me presentara en la jefatura del sector aéreo de Levante, para cocinero particular de general jefe. Debía presentarme al teniente Lagares y tras indicarme la guardia donde encontrarlo,  vamos pallá. Me encuentro a un señor con tantas estrellas en la manga que deslumbraron, le pregunté si era el teniente Lagares. Madre que pelada me podía haber ganado, era nada menos que el coronel ayudante del general. No me dijo nada, simplemente me indicó quien era el susodicho teniente. Más tarde, en el tiempo, hablé con él, era muy amable y conocía la empresa minera de Ojos Negros de la cual hablamos. En cuanto al general, vivía con su mujer y un loro políglota, regalo de cuando estuvo de agregado militar en París. Yo llegaba para cubrir el puesto que otro cocinero próximo a licenciarse dejaba libre. Había sido el ojito derecho de la generala pero los últimos días se lo tomó de manera inconsciente y la mujer, rompió el idilio, se cabreó con él y lo mando al cuartel de Chirivella al cual pertenecía. Y aquellos le hicieron pagar todas las libertades que como cocinero del general se había tomado. Estando de guardia se durmió y le quitaron el fusil, un mes de calabozo y el pelo, que tenía en gran estima, a tomar por saco. Seguro que no se licenció con sus pares. La señora, se echó un nuevo "novio", otro cocinero que adquirieron en un hotel de Cullera y yo pasé a alternar los empleos de cocinero y ordenanza (camarero), por separado. Tres semanas de trabajo y una de permiso. Vistiendo siempre de paisano, estando fuera de servicio, En la residencia, chaqueta de cocinero u ordenanza. El tratamiento, señor y señora, nada de mi general u otras alegrías. Diecisèis meses dan para mucho, estés donde estés. Dos Fallas, sin poder ver una mascletá, solo escuchar el ruido. La Cremá si, le sagunda. Mogollón de gente, no me gustó. Además me proporcionó Fayos, el cocinero represaliado con posterioridad, una acompañante y no hgubo feelin. En jefatura, ocurría de todo. Desde traca-traca a partidas de poker. Yo estaba rebajado de rancho lo cual significaba que me pagaban unas 700 pelas al mes y también que cuando no estaba de cocinero, comía lo que a la guardia le traian todos los días para comer y cenar. Incluso morcilla de cebolla que no me gustaba. Como aquellos soldados eran de la zona, hacían la guardia y se marchaban a casa, eso el día que venían. Por lo tanto, la comida, el rancho, ni lo tocaban. En Jefatura había siempre, es un decir, un cabo y cuatro soldados de guardia. Estos a su vez, dependían de un sargento al que llamaban La Mejillona. Todos adscritos a la Base. Fuera del horario oficial, allí podía ocurrir cualquier cosa. Una noche, dejamos a dos soldados de guardia y en dos coches, y uniformados, nos fuimos a Cullera. Monté en el de Juan Fayos, un colega de Fabareta. El coche, era un citroen como el de la película de Gracita Morales, parecía que a cada curva iba a volcar. La carretera era estrecha, llena de curvas y bordeando el río Júcar. ¡Qué miedo me hizo pasar el cabronazo!. El auto parecía que a cada curva iba a dar la candeleta. Yo rogándole y amenenazándole para que disminuyera la velocidad y él, descojonándose, aún corría más. Ya en Cullera, fuimos a asaltar bares de titis. Aquellos jovenzanos eran de la zona y deshinhibidos. A las pobres mozas, les hicieron la rata todo que quisieron. En un bar, hasta les mangaron una botella de bebida de la estantería del mostrador. Eso lo hizo, el cabo de guardia. Culminada la misión en territorio enemigo, de vuelta a casa paramos para darle un tiento a un melonar que había al lado de la carretera. En la ciudad, en el pretil del Turia, abríamos los melones. El que no valía, al cauce. Poco después, un coche se para detrás de nosotros y alguien dijo ¡la poli!. Iniciamos la huida al mejor estilo peliculero gangsteril. Me quedé colgado de la puerta del auto haste que pude entrar mientras emprendíamos la retirada. Corta por otra parte, pues estábamos a 300 metros de Jefatura. Los presuntos policías, sabe dios quienes serían; o no lo eran o como éramos del gremio no nos molestaron. Éramos, la Policia Aérea. Como decía, raramente la guardia estaba completa. Y no fue la única noche de avanzadillas. Una Semana Santa, en el colmo de la irresponsabilidad, me planté el uniforme de otro PA, y con correajes y pistola, vacía eso sí, me fui a apatrullar la ciudá haciendo de pareja con otro guardia. No hubo novedad pero pudo ocurrir cualquier cosa. Si nos tropezamos a La Mejillona, el pelo me vuela por muy cocinero del general que fuera. De las timbas de poker, qué decir. Las setecientas pelas del salario, las tenía fundidas antes de cobrarlas. El cabo de la escursión a Cullera, siempre nos pelaba a todos, era un tipo con suerte. Había en aquella casa, un loro. Así de entrada, lógico y normal. Pero hablaba, cantaba, silbaba... (¡Cómo imitaba el sonido de una botella al vaciarse sobre un vaso!), hasta era políglota, fruto de la estancia del general como agregado militar en la embajada de París. Tenía una facilidad pasmosa para imitar la voz de las personas, la mía incluida. Llamaba a la generala por su nombre tal como su marido, Carmina, Carmina. No se distinguía en absoluto el tono y timbre de la voz. Y era homófobo. El hombre, le tenía pánico. En cuanto estaba suelto, lo atacaba. Y a veces oías al uno en pos del otro por el pasillo y al general pidiendo socorro a su mujer. Y un ordenanza al que la guardia llamaba “el Ensaimada” debido a que todas las mañanas compraba, en una pastelería próxima, una para el desayuno del general. Volvía con el paquetito pendiente de la mano lo cual causaba la hilaridad de los soldados. A este lo imitaba de maravilla. Cierto día, estando el loro en su jaula en la ventana, se le ocurrió asomarse al patio a la mujer de un coronel. El jodido loro, lanzó un potente y largo silbido, dejando a la coronela sin habla. Inmediatamente se quejó a su marido acusando a la guardia de la fechoría. Todos arrestados, hasta que aparezca el osado impertinente. Menos mal que el hecho llegó a conocimiento de los ordenanzas del general que deshicieron el malentendido, sino... La jefa lo llevaba en la mano, le daba cosas de comer con los labios, besitos...Un ordenanza, otro, en un exceso de confianza o de ingenuidad, pretendió un día darle un beso a través de los barrotes de la jaula; a tal efecto acercó los labios a ella. —Dame un besito lorito, dame un besito. Va el loro y agarrándole el labio superior, (jajajajajaja), casi se lo atraviesa con el pico. ¡Qué morro se le puso! Luego, con una espátula, pretendía agredir al pájaro insultándolo. — ¿Pero qué haces desgraciado? ¡¡Cállate!! Si te "coge" el insulto, te vas a jubilar en el calabozo. Porque ¿alguien imagina al loro llamando cabrón y maricón a todo quisque? Inolvidable el episodio. Con la generala tuve un conflicto el día de Año Nuevo. Pasé la nochevieja en El Puerto de Sagunto y al otro día cuando volví, me armó la mundial. Había usado el horno para asar lo que fuera —parece que a cenar fueron a la base— y salió humo, cosa más que normal aunque estuviera limpio. Dios que bronca. No recuerdo las explicaciones que pude darle, me figuro que ni me dejó hablar. Y menos mal porque a posteriori se me ocurrió pensar, y si es en ese momento se lo casco, «sepa usted que yo no estoy aquí por mi voluntad sino por obligación». A Ocaña me manda, por lo menos. Otra anécdota: era Semana Santa y tenían como invitado a otro general de Madrid, Cuadra Medina que sería ministro del Aire. La mujer le había dicho al marido que para comer habría potaje de garbanzos. Pues los malditos garbanzos no estuvieron por la labor. Los puse a remojo el día anterior; los cocí en la olla exprés; al abrirla, los puñeteros garbanzos estaban duros como una piedra. Vueltos a la olla, al final se quemaron pero no se cocieron. Me parece que lo suplimos con una merluza en salsa holandesa. Y no, no hubo bronca para mí. El general, a la hora de comer —ya se había hecho a la idea del potaje— mostró su extrañeza por el cambio. —Carmina, ¿no había potaje? La mirada que le dirigió la señora Carmina, lo dejó mudo ipso facto. Algo así como la que el cura de mi pueblo dirigió a un hombre en la misa del Gallo cuando no encontraba la hoja del misal correspondiente: —Pase a la otra que en la otra está. Una vez vinieron los entonces Príncipes a Valencia. La generala se descojonaba contándole al marido que los habían emprendido a tomates y huevos. En casa leían Fuerza Nueva, eso lo dice todo. A mí, todavía no me había invadido el gen revolucionario y no me decía nada. A un coronel que mandaba la base de Manises, Bordeore, se lo pulió por enfrentarse a él a causa de un campo de golf que había en los campos del aeropuerto. Allí llevaba, el general, a la high society valenciana haciendo amigos. Alguna vez me he preguntado si ya estaría allí de jefe militar Milans del Bosch; seguramente sí. Volví a Valencia en viaje de bodas hace taitantos años. A pasear por El Saler y visitar el puerto y la Malvarrosa. En otro viaje muchos años después, me quedé maravillado cuando camino de La Manga no vimos a Valencia por parte alguna, todo era autovía. Los fondos europeos han llegado pródigos a esa región. Las Fallas en Valencia no volví a verlas, pero como soy un fan fallero y de las mascletás, siempre que puedo me desplazo y visito Benicarló donde hay muchas y bellas fallas. Y unas tracas que emborrachan de olor a pólvora quemada. Y en recuerdo y honor de mi querido padre contaré una anécdota de cuando él tuvo su mili en Jaca en la posguerra: Habían ido en descubierta por los pueblos cercanos a Rioseta, en la Jacetania, en busca de maquis. Establecida la guardia nocturna, a un soldado le asignaron un pajar para vigilar el entorno. La buena o mala suerte quiso que un guerrillero se aproximara a su posición y al soldado con los nervios se le cayó al suelo el peine de la ametralladora. Puesto en alerta, el maquis desapareció. La que le cayó al pobre vigía fue suave. A la noche siguiente, se repitió la misma escena. El mismo soldado de guardia en el mismo pajar, escuchó ruidos entre la maleza y con la oscuridad no podía saber quién lo causaba; sin pedir santo y seña hizo fuego hacia el sitio de donde procedía el ruido. Dada la alarma, descubrieron que el presunto maquis había mutado en una inocente vaca que, ajena a las actividades de soldados y maquis, tuvo la osadía de pasearse de noche por lugares tan peligrosos. Vaca que tuvieron que pagar al dueño y cuya carne, por la cicatería de los mandos, en parte acabó podrida. Mi señor padre era cabo furriel de aquella compañía y nunca se le olvidó el nombre del soldado y el pueblo de origen. El general, entonces de dos estrellas, Javier Murcia, había sido miembro de la escuadrilla de García Morato, 2-E-3, fundada en Córdoba en 1937; con el grado de capitán, tuvo registrados 5 derribos de aviones en combate aéreo. Llegó a teniente general jefe de la 3ª región aérea y consejero de estado. Fue Jefe de la Zona Aérea de Canarias en el año 1975, cuando la marcha verde marroquí sobre el Sáhara. Toda una figura del régimen. Falleció el 17 de abril de 1992.

Libre. Tengo dudas de cuando me licencié. Dudas aclaradas tras consultar la cartilla militar. Ingresé el 10 de enero de 1969 y me licencié el 9 de mayo de 1970. A empezar de nuevo. Ni que decir tiene que la escuela de hostelería había quedado en el olvido. Consulté el periódico valenciano en busca de alguna oferta de trabajo y había una en Benicassim. Llamé y no quedamos en nada por lo que me subí al pueblo, a Teruel. Como me ocurre respecto de aquellos años, una nebulosa me impide datar con seguridad los hechos y las fechas. Solo sé que habíamos bajado a Alba a ver a la tía Aurelia y yo me encontraba en el corral. "Sube, que hay un señor que pregunta por tí". Joder, el bueno de Germán, había seguido mi pista por El Puerto, preguntando por mis tías y al final dió con ellas. "Pues se ha ido al pueblo". Y allá que fue el tío. Aquella noche, ya dormí en Benicassim. Era una familia de vascos que, emigrados a América, volvieron a España. El dueño del restaurante/pensión, Enrique, al menos el que figuraba como tal, Germán y otra hermana que vivía en Madrid. Casada con un constructor o algo así, tenía unos chalets en Mirasierra, tela marinera. Germán poseia una peluquería de señoras, pero era alérgico no se si a las señoras o a los tintes, o sea, que no trabajaba como tal sino que vivía en Benicassim donde tenía un apartamento y siempre estaba en el restaurante a pesar de que a su cuñada, la mujer del hermano, no la tragaba. Estuvo casado en América y me comentaba con cierto desprecio -se supone que por experiencia- que las mujeres después de casadas la chupaban todas. ¿? Intuyo que se había divorciado. Con él tuve más relación que con Enrique y mucho menor con su mujer. Una pistolera más corrida que una zorra, según las malas lenguas del entorno, y que a éste le echó el ojo viendo que allí tenía su futuro. Presumo que por eso Germán la detestaba. Durante mi estancia ese verano, pocas cosas a resaltar excepto que por aquel tiempo tenía el estómago bastante jodido. Me había enfriado con anterioridad estando en el pueblo y me atacaba a los nervios y lo pasaba mal. Una noche, juntamente con Germán y una amiga, fuimos a una discoteca por el Grao de Castellón. Mi pareja, una chica de Madrid, Toni, que trabajaba de secretaria para el marido de la hermana (cuyo nombre no recuerdo). No se que pensaría Toni, no pude ni bailar una pieza y me lo podía haber pasado chachi piruli. El cabrón del estómago, me traicionó. Siempre ocurren cosas aunque después no las recuerdes. Allí aprendí a comerme unos bocatas de jamón, tomate y boquerones en vinagre, por la tarde en un bar. Tenía su explicación: en el trabajo comíamos siempre antes de comenzar el servicio de comedor a mediodía, así que a las cuatro o las cinco, ya tenía hambre. Y una experiencia desagradable: no recuerdo el motivo por el cual fuí con un colega al Puerto de Sagunto, pero aprovechamos para visitar un burdel que había bajo un puente cabe a la estación de tren. Una francesa, según dijo, me traspasó una blenorragia de no te menees. A Enrique tuve que manifestarle al otro día mis pesares. Me envió al metje y a tomar Britapén hasta que se superó el incidente. No dudo que se lo contaría a su mujer y se reirian de mí. Ajo, agua y resina. Una noche para las fiestas del pueblo, fundí mil pelas de entonces en cohetes. En la calle principal del pueblo, hubo una orgía de cohetes borrachos de los que se tiraban al suelo y tenían cuatro salidas, esto es, en cuatro movimientos, se desplazaban raseando el suelo sin saber donde irían a explotar. Memorable una vez que les pierdes el miedo, pero nunca el respeto. Alguno hubo, no esa noche, que llevaba los cohetes guardados dentro de la camisa y le explotaron a la vez. Uno que fue alcalde, y marido de la viuda que fue con Germán a la disco mencionada antes. Él de allí, ella, de Madrid. (Se supone que eso le ocurrió de soltero) Tenía de cliente al dueño de una discoteca, Saxo, que por las noches venía a comerse un filete, yo lo trataba bien y a cambio, él me permitía el acceso al local gratis. Pero nunca me comí un colín. La hermana de los Almeida, iba a poner un restaurante en la Castellana junto al Bernabeu y quiso que yo fuera allí de cocinero, cosa que acepté aunque fue un error. Por las navidades, sería enero, supongo, fui al pueblo vecino a llamar por telefóno a Germán a Madrid, para saber como iba el negocio de su hermana. Muy atrasado pero si vienes te buscaremos trabajo. Y me planté en Madrid. Me hospedó en su casa, en Mirasierra, y el señor Antonio Húmera -mi agradecimiento- me buscó trabajo de cocinero en el Ministerio de Marina, JAL, pues era chófer del citado ministerio. Y allá que fui. Me invitaron a comer a su casa, ya nos conocíamos de Benicassim, eran los padres de Toni. Luego me enteraria que la señora no quiso ofrecerme hospedaje para que yo no pensara que quería cazarme. En todo caso Mirasierra me pillaba lejos para desplazarme al trabajo. Qué cosas. Por cierto que me gasté mil pelas en trufas de chocolate el día que me invitaron a comer. Y llegados a este punto he de rectificar la fecha de llegada a Madrid. Sería a primeros de diciembre o antes pues para el veinte de diciembre, por su cumpleaños, diecinueve, le envié un ramo de claveles a Lola. Que no se si lo recibió pues nunca me dió las gracias. Era la segunda vez que visitaba Madrid. En la primera, camino de Santiago. En el ministerio me llevaba bien con los Infantes de Marina; yo acababa de dejar el ejército del Aire. Recuerdo al de Somorrostro, al ché de la Albufera, La Ametlla de Mar,...con su mediación, de vez en cuando, le daba un tiento a la botella de ginebra que, según decían,solo bebía el almirante. Desde entonces, solo bebo Tankeray. Por cierto que ahora he averiguado que tanto el "patrono" como sus sobrinos no me dieron de alta en la SS., lo cual echo de menos por su importancia. (Era lo corriente, pero no influyó). En esta segunda visita/estancia, pude ver a mi amigo Joaquín, ya fallecido; así como a Ismael, también fallecido, con quien compartí una tarde de copas y nostalgias. También tuve un encuentro en casa de su tía cuando fuí a buscarle, más bien doloroso para mí. Y lo sigue siendo. La sorpresa me paralizó. Fue la desesperación. De las Nocheviejas que en mi recuerdo perduran, la vivida en Madrid aquel año, no pasará por ser la más alegre ni calurosa. La pasé solo, triste, sin compañía y con un frío gélido. En tanto que los demás se divertían, supongo, yo rumiaba mi soledad en el cuarto trastero (no habitación interior) que me servía de cobijo en la calle Algodonales de Tetuán/Cuatro Caminos. Ahora se quejan, como si antes otros no las hubiéramos pasado muy putas. Ni calefacción ni ostias. Fué una experiencia más de mi vida, pero desde luego, no la más feliz ni afortunada. La recuerdo con amargura. A veces se corre tras de una ilusión y solo se encuentra una gran decepción. C`est la vie. En todo caso, Madrid, dejó huella en mi. Indeleble. Pero no le debo nada. Al comienzo del nuevo año, 1971, al contratista de la cafeteria del ministerio se le ocurrió subir el precio de los menús y por el efecto rebote, a los usuarios, mayormente usuarias, también se les ocurrió hacerle boicot. ¿Consecuencias? El novato se fue a la puta calle. Pero tenía unos sobrinos que habían sido camareros en trenes de Renfe y necesitaban un cocinero y allá que fuí. Ciudad Lineal, Arturo Soria. No estuve demasiado quizá dos meses o tres. Seguía durmiendo en el chamizo aquel, iba y venía en el metro. En uno de los viajes vi a Ismael vestido de policia y pregunté a otro donde vivia. Nos vimos, como antes he apuntado. Con los sobrinos, no me fue mal, pero seguía sufriendo del estómago. Cuando me atacaba el malestar, no comía, solo bebía leche. Aunque he de decir que hacía unos callos que rabiaban, nadie me enseñó a hacerlos, y a veces me daba por comer un plato y nunca, me dolió ni resintió el puñetero estómago. No tengo ninguna anécdota que resaltar de mi estancia y si la tengo, me la callo. En primavera, sin poder apuntar fechas, debí volver al pueblo y de allí otra vez a Benicassim. Con Enrique Almeida. Las cosas ya no fueron tan bien. No estaba a gusto. Mi fobia se cebó en Pili, la mujer de Enrique, posiblemente sin razón y aunque no remedie ningún error, reconozco que me porté inadecuadamente. El año anterior me dió dos meses de alta en la SS pero en esta segunda estancia, se ahorró el gasto. Para semana santa ya estaba de nuevo trabajando y en junio me marché. Una putada para él cara al verano, pero estaba incómodo total. A ello contribuyó la apertura de un nuevo restaurante, Las Barracas, Les Barraques, por un camarero, Vicente, que trabajó el año anterior conmigo. Con forma de barraca valenciana, todavía siguen abiertas y dando servicio en el paellador. Entonces me compré el Seat Cuopé 850, CS-46357, sin tener el carnet de conducir. Una tarde fuimos a ver coches de segunda mano y Viçent compró una ranchera y yo el cupé, que algún amigo me tuvo que traer al trabajo. Aunque ya tenía edad para ello, no me había planteado nunca comprarme un coche. Me imagino era porque no podía pagarlo. Tampoco había formado parte de mis prioridades. Menos, buscar novia. Aunque por razones bien distintas: yo ponía todo mi interés en ello, pero la parte contraria no estaba por la labor. Menciono esto, porque eran las dos preguntas que indefectiblemente debía afrontar formuladas por mis amigos y vecinos cada vez que volvía a casa por aquellos años. Pero nada hay inmutable. Deprisa a sacarme el carnet. Siempre igual, no se hacen las cosas cuando se debe, y luego a correr. A los pocos días, iba en el 600 de la autoescuela desde El Grao a la Magdalena, lugar donde se realizaban los exámenes, perdiendo el culo y asustando al profesor. No porque el coche fuera un bólido, sino porque yo era un novato y algo imprudente por ese mismo motivo. Tenían en la casa a la abuela, madre de la mujer de mi jefe. Mayor, religiosa y buena gente. Cuando a mí me agobiaba el trabajo, siempre se escapaba alguna palabrota. La madre y la hija se santiguaban como si estuvieran en presencia del maligno. Salían despavoridas. Y llegó el día del exámen. La abuelica, con su mejor interés y voluntad me dijo: "Hijo, tú rézale un padrenuestro al Espiritu Santo y te ayudará". Así lo hice cuando comencé el exámen. El teórico, bordao; el práctico....fatal. Al cambiar de 2ª a 3ª me rascó la 1ª. Pero seguí. Al hacer la "ele" -entrar, marcha atrás, salir- no me daba el giro y hube de dar marcha atrás (no se podía) para poder salir. Otra vez el Espíritu cegó los ojos del examinador. Dejé el coche y a esperar para salir al circuito abierto. Pasó el tiempo y se hizo tarde. Las 2. "Venga, no se hace circuito abierto; el que tenga aprobado el circuito cerrado, puede marcharse". APROBADO. Desde aquel día, siempre que me encuentro en una situación comprometida rezo un padrenuestro. Y le doy las gracias a la abuelica, verdadera protagonista. Este camarero, Vicente, cuando hacía alguna sopa de pescado, siempre se acababa lo que había sobrado en la sopera de servir. La verdad era que seguí la receta y la forma de hacerla de César, en el París. El truco consistía, aparte de hacerla bien,  en unas gotitas de Pernod y Pipermint que ponía en la sopera a la hora de servir. Le daba el toque perfecto. La familia de la mujer, Mari Carmen tenían campos de viñas cerca de la playa que por entonces le llamaban Las Villas de Benicassim. Chalets de gente con pasta. El presidente del consejo de estado, entre ellos. Y en ellas hicieron el edificio con muy buen criterio. Paellas con leña. Y la puñetera chimenea no aspiraba por lo cual tragamos más humo que los ratones. (Esto de los ratones tiene su explicación: en el azafrán, los ratones de campo se buscaban el sustento ejecutando galerías subterráneas en la tierra y matando la planta del azafrán. Para eliminarlos, se ponía una "olla" en una entrada de las galerias y soplando con un fuelle, se producía humo que los asfixiaba y eliminaba). Publicidad en la radio, donde me entrevistaron, etc. Prácticamente eran campos yermos en espera de la colonización turística. Hoy no queda ninguno y para encontrar las Barracas te vuelves mono. Buena gente, allí trabajaba toda la familia, hermanos y cuñados. Pero a mi me respetaban, era el jefe de cocina, aunque una cuñada a veces se quería subir a la chepa y tenía que pararle los pies. Para san Ginés, el 25 de agosto, subí al pueblo con el hermano y el cuñado de Vicente, dos excelentes personas. No obstante, supongo que asqueado de mi mismo por el asunto del cambio de trabajo en plena temporada, me hice la promesa de no volver a trabajar nunca más en la hostelería. Y con el carnet recién sacado, una osadía más, pues crucé la ciudad de Castellón conduciendo, tras pasar por el Puerto de Sagunto, subí hasta Teruel en mi bautismo de carretera. A primeros de octubre, según la SS, me dieron de baja y ya no volví a trabajar más, como trabajador fijo y cocinero, en la hostelería.


Reiniciando. Así, tras hacer propósito de enmienda, decidí dar un nuevo rumbo a mi vida. El tío Julio, el rubielero, había progresado en su empresa y ahora era encargado. Construcciones Miarnau, una empresa de Barcelona que trabajaba para Renfe. A la sazón, estaban cambiando toda la estructura de la vía en el valle del Jiloca hasta Teruel. Carriles y traviesas eran desmontadas por tramos cambiándolos por nuevos. Y me fuí con él. A lo que mandaran. Era invierno y caian unas rosadas de padre y muy señor mío; todo blanco hasta que el sol se apoderaba de la escarcha. Un camión me recogía en el pueblo por la mañana y devolvolvía por la noche. Hasta que me quedé con otros trabajadores en un local que tenían como vivienda. El tío, cómo no, me enchufó de ayudante con un fulano que llevaba una máquina para limpiar el balasto que sustentaba a los carriles y las traviesas. Y el payo, se equivocó conmigo. Un día se reventó un manguito hidráulico y pretendió que me tumbara bajo la máquina a cambiarlo. De eso nada, tú eres el maquinista y responsable del trasto este. Como vió que conmigo no iba a sacar nada en claro, tuvo que solucionar la avería para regresar a la estación. No recuerdo cuanto tiempo estuve, meses. El tío decía que aquello no era para mí. No se cómo, me enteré de la convocatoria para unos cursos metalúrgicos en Zaragoza en la escuela de formación profesional de Miralbueno. El día dos de febrero, por la noche, en plenas fiestas, hube de irme a la cama para ir a Zaragoza a hacer el examen de ingreso en la escuela el día tres, san Blas. Lo superé con creces. En aquellos años, las fiestas de san Blas se habían perdido. Yo convencí a otros dos mozos, a la sazón ya lo éramos, para tratar con el alcalde sobre llevar unos músicos de Teruel. Si el ayuntamiento paga a los músicos nosotros nos encargamos de la pensión. Y aceptó. Nunca más se han vuelto a celebrar de aquel modo, hoy se han perdido. Mi gabardina sufrió las consecuencias de mi despiste habitual. Siempre obnubilado con las escobas, la dejé olvidada en el local del horno, donde se celebraba el baile y la ratas se cebaron con ella. No recuerdo si en ese momento fueron los escobazos de la que más he recibido. Reconozco a duras penas que siempre he sido un cobarde y más ante esa escoba. Recapacito con posterioridad y le dí demasiadas pruebas de mis sentimientos, no hubo cobardía. Fue como no comer un huevo frito por temor a romper la yema. Y me aceptaron en la escuela para hacer el curso de ajustador. Joder, a tirar de lima. Para mí era completamente nuevo el asunto de los hierros, había alumnos de varias regiones. El señor Méndez, el monitor. Me puso en el primer banco, para que fuera algo así como el almacenero, pero enseguida se dió cuenta de que yo no estaba por la labor. Como medio de subsistencia, enfrente de la escuela había un taller de pintura de figuras de escayola y allí me enrolé. Como la escuela era sindical, creo nos daban de comer incluido en el curso. De esas enseñanzas lo que más recuerdo fue un calibre de pasa y no pasa en forma de guitarra, que todavía conservo, que tuvimos que hacer a mano, a lima, con una centésima de mm de tolerancia. Yo aquella noche soñé centésimas por todas partes, pero lo saqué, un triunfo de la tenacidad y el empeño. Algunas batallas libré con otro elemento, alumno, que era de Paniza, el cupé fardaba lo suyo, pero no hubo oportunidad de romper la yema del huevo. Tras acabar los estudios, con el carnet de oficial de 3ª, me aliste a realizar otro curso de matricería en otra escuela del mismo ramo y estatal/sindical como la anterior. No estaría dos meses. Regresé a Zaragoza y una empresa que había venido a buscar personal a la escuela de Miralbueno cuando finalizabamos el curso, me contrató como oficial de tercera, maquinista en una fábrica de sacos de papel para piensos, cementos, etc. Manusac. Allí comenzó mi nueva singladura en el metal, pasando por diferentes empresas, hasta mi jubilación en GM/Opel. Ya inmerso en el mundo metalúrgico, en estudios nocturnos del IES Corona de Aragón, obtuve el título de FP, Titulado Superior. Y en cursos previos, el de Técnico Auxiliar y el Graduado Escolar, innecesario, solo por capricho, el mismo curso. Nº dos del examen en el segundo.


Ni Romero ni Julieto. Esto se me hace muy difícil relatar y mucho más de escribir. Lo voy a hacer y no tengo nada claro el por qué. Quizá en un impulso de masoquismo o con la esperanza de matar a quien me mata. Mucho he reflexionado sobre el tema y no logro hallar una explicación convincente. He llegado a la conclusión de que dentro de mí hay un cabrón que está dispuesto a joderme la vida hasta el final, ya que de otra forma no se entiende que durante las noches, me asalte y reviva historias e histerias que pertenecen al pasado y que deberían haber muerto casi antes de nacer y, no obstante, amargan mis vigilias y mis despertares. No sabría decir cuando; muchas veces he recapacitado sobre el inicio de mis desvelos nocturnos. Mi delito ha sido más amar espiritualmente y menos deseo sexual. Si pretendes tener en una urna lo que amas, (un colega, Galar, decía que a la mujer había que tenerla en un altar, pero bien alta, para que no pudiera bajar), puede ocurrir que sin darte cuenta haya huido de ese nirvana hacia lugares y espacios más concretos. Aunque mi caso puede ser mucho más complejo. Ya desde el momento de mi concepción, no fuí amado ni deseado por el entorno de mi madre y desde su vientre, debí sentir, notaba esa desafección. Puede que eso fuera lo que me retrajo a manifestar directamente mis sentimientos ante las personas a las que amaba o hubiera deseado amar. Timidez. De Flor, estuve enamorado hasta los huesos en mi época escolar, pero ese temor a manifestarlo directamente impidió que ante ella, aunque todos lo sabían, expresara mis emociones. Mi cabeza estaba continuamente pensando en ella, mas no con eso se consigue enamorar a nadie. Llegó un momento en que ese enamoramiento se disipó como la niebla ante el cierzo o los rayos solares. Sin embargo no siempre era o fuí así. A Teresa, le manifesté sin ambages lo mal que lo estaba pasando porque mi mente no se apartaba de ella ni de día ni de noche. Aunque como dirían de un torero, no supe rematar la faena. A Teresa la desplazó Antonia, la pelirroja de Canet. Ella fue la que me descubrió lo que podía esperar de una mujer (aunque ya lo conocía directamente desde mucho antes). Afortunadamente, no dejó cicatrices en mi mente a pesar de que no cesaba de decirme que quería irse de puta a Sarriá, en Barcelona. Y yo tu chulo. Ni una cosa ni otra. Una vez volví a Canet y me junté con los estudiantes de la escuela de Hilados, latinoamericanos, y me dijeron que a Antonia se la tiraba un camarero del bar. Me encogí de hombros, ya lo había superado. Conmigo no fue tan amable, solo intentó joderme. Pero a pesar de ello, la recuerdo con simpatía, no en vano cuanto ella me brindó, nunca lo había vivido. Amor carnal, no solo espiritual. Con Aurora, ya en mis tiempos de militar, creo le manifesté sin temor al rechazo lo que sentía por ella. De hecho, fuimos con toda la clase a la Canaleja y de allí marchamos los dos a visitar la Torreta donde me regaló un beso. Y de paso, matar una víbora. (Los cabritos de los críos decían que habíamos ido a besarnos, y era verdad). Y aquí viene el gran terror de mi vida o la gran quimera. ¿Cuándo y de qué forma me enamoré de la mujer que más he odiado? Ha sido como una hiedra que poco a poco, sin darme cuenta, colonizó mi corazón y mi mente para no abandonarlos jamás. Ese filo de la navaja, amor/odio, lo he cruzado innumerables veces. Si grande ha sido el enamoramiento o el encoñamiento, igual o más ha sido el odio que en mi ha generado. Con una salvedad, JAMÁS y lo he intentado, he podido hacerme un solitario pensando en ella. Creo que ahí ha estado el gran error, no tener apetito sexual de ella y hacérselo comprender. Sí, le confesé mi amor de varios modos diferentes, pero nunca la abrace y dí un beso apasionado. Bailando le dije que era lo que más amaba en el mundo y apretó mi mano. Tenía un novio del pueblo y yo le dije que esperaría, pero cuando le escribí una carta y me contestó, -ya estaba de pensión en casa de la señora Teresa, probablemente haciendo el curso de ajuste-, yo tocaba el cielo con el alma pero cuando la leí, ésta cayó a los infiernos. En ella me daba calabazas. Allí acabó todo mi empeño. Más tarde, dejó al novio, ignoro el motivo, pero yo ya tenía otros intereses y nunca volví a acercarme a ella. Ya casada y con el primer hijo en brazos, a punto estuve de ¿meter la pata? pero la providencial o maldita llegada del marido lo impidió. Pero este cabrón que llevamos dentro, al que llaman subconsciente, en mi caso inconsciente, no ha dejado de martirizarme. He tenido temporadas, ligadas a vivencias muy conscientes, que me han martirizado y hecho sufrir demasiado. Ha sido después cuando me han acometido los grandes odios. He caminado sobre la nieve bajo la nevada, y los copos se fundían al unísono con mis lágrimas en las mejillas. He conducido kilómetros sin parar de llorar preguntándome ¿porqué? Lo peor lo pasé cuando a principios de siglo enloquecí de tal forma, que estuve a punto de dejarlo todo y presentarme ante ella. Y es que de noche, me asalta, la busco, pero no hallo consuelo. Solo en un par de ocasiones, me ha dicho, en sueños, que me quería. Valiente consuelo ante una mente febril que se ha declarado en rebeldía y enemiga acérrima mía. A una persona le confesó una vez, ella, delante de su marido, que le penaba mucho no haberse casado con alguien del pueblo. Él le dijo que no le había ido tan mal, y yo colijo que echaba en falta al novio que abandonó. Creo no perdí nada, pero a mi puta mente, la someteria a un lavado con salfumán hasta que olvidara hasta que ha existido. Hoy su visión y presencia, crea en mi multitud de reacciones; de rechazo sobre todo. Mi alma se rebela ante quien tanto daño le ha hecho, ante quien tantas lágrimas le ha hecho derramar. Un apunte sin importancia: cuando murió mi padre, y eso que hemos sido vecinos toda la vida, ni sus padres ni ella me dieron el pésame. No lo he olvidado y mi comportamiento, ha sido el mismo cuando ellos han fallecido. Ahora tengo un nuevo amor, de cuya fidelidad no cabe duda alguna, y que compartiremos alegrías y lágrimas hasta la muerte. Hoy, día de los inocentes, se ha quedado viuda. Un torrente de sentimientos fluyen a mi mente. Positivos y negativos. Como tengo el convencimiento de que yo no he significado nada en su vida, me hago mi particular relato del futuro. En un fantasioso e irreal futuro, pudiera suceder que, ateniéndome a lo que ya manifestó ante su marido sobre que debería haberse casado con uno del pueblo, (hay que tener cojones para decir eso delante de él), pudiera suceder que pasado un  tiempo, se uniera al novio que tenía y dejó cuando yo la pretendí. Lleva unos años viudo y no me extrañaría, aunque con lo meapilas que ella es, posiblemente no se atreva a tal aventura. Pero nunca digas de esta agua no beberé ni este cura no es mi padre. Habrá que estar atentos. Por cierto que este finado, por razones obvias, nunca me cayó bien. Pero este rechazo se acrecentó cuando le escuché, en conversación con otro, que "ahora un polvito de vez en cuando..." Eso fue como echarme un gato a la cara. Y un comentario de mal gusto hacerlo ante otras personas. Y menos aludiendo a la propia mujer. Ostias, sorpresas te da la vida. El finado estaba delicado, desconozco qué problemas de salud tenía, pero según parece la causa de la muerte ha sido ¡¡el maldito Covid!! Me he quedado in albis. Y en ello sigo.

 

GM-OPEL. Me hubiera gustado haber escrito alguna de las anécdotas vividas en la fábrica de General Motors en Figueruelas, pero tengo escrito un libro con todas las aventuras y desventuras que en ella me ocurrieron. No considero recomendable transcribir aquí parte del mismo. No obstante, si recuerdo algo nuevo que no reflejara allí, lo haría aquí. Por ejemplo, el factor humano. No conservo ningún amigo de mi estancia tras 28 años en la empresa. Tampoco los tuve mientras trabajé, sí muchos enemigos o esa impresión obtuve. La gente solo tiene ambición, en primer lugar, y a continuación si puede, se escaquea. Con el jefe, babean y mueven la colita y como èse a su vez, tiene otro por encima, pues hace lo mismo. El que se lleva siempre las hostias, es el intermedio. A mí, me gastaron muchas putadas, según mi perspectiva. Pero eso sí, como dijo Marcelino Camacho, «ni me domaron, ni me doblaron ni me domesticaron». Entendido esto y aplicado a los de arriba y a los de abajo. Los subordinados insubordinados, que me hicieron todo el daño que pudieron y los que estaban por arriba que no me defendieron. Allí cada cual iba a lo suyo. Si un día me entero que alguno de ellos la ha palmado, en particular el hijo puta del árbitro o el cabrón del jesuita, lo celebraría a conciencia. Al principio, tuve la mala suerte de encontrarme con un individuo de cerebro reblandecido, Güemes, que para protegerse de los que habíamos estado en Alemania, ascendió a los recién llegados. Y estos a su vez, solo trataban de putear para escalar. ¡Ah si hubiera tenido entonces la FP Superior! Foreman desde el primer día. Y uno que era Maestro Industrial, la Pantera Rosa, era un sinsustancia que ascendido duró menos que un caramelo en la puerta de un colegio, ante la jauría que entró después apoyada por el tipo nombrado al principio. Esta misma jauría le fue comiendo el tarro en mi contra y un día, viernes, me destituyó en mis funciones. El lunes recurrí al General Foreman y en compañía de este fuimos a ver a los “díscolos”. «A ver, ¿de qué se quejan?» «De que siempre está encima» «Güemes, que todo siga como antes» Luego se lamentaba de que lo habían engañado. ¡INÚTIL! Éste era un pelahierros, tornero, que no fue a Alemania, pero que aprovechó para, mientras tanto, trabajarse a conciencia a su jefe. Mientras que quienes estuvimos seis meses de entrenamiento en Alemania, en diferentes talleres de mantenimiento de transportadores, al volver tuvimos que soportar a un inútil que no tenía ni puta idea del tema pero que había sabido hacerle la pelota a su jefe. Así se escribe la historia. Recapacito y pienso que algo de responsabilidad tendría yo en mis desgracias. No dejaba que me pisaran, no le hacía la pelota ni a mi padre, pero cuantas veces intentaron machacarme, me levanté. Siempre tuve, y la mantengo, la seguridad de que era superior técnicamente a todos ellos, jefes inmediatos incluidos. Si me hubiera dejado amilanar, habrían vencido y eso no se les podía conceder. Gente a la que había ascendido e incluso había invitado a comer a casa, me dio la espalda. Fue cuando aprendí que «quien da pan a perro ajeno, pierde pan y pierde perro». Solo hubo uno que tuvo la hombría de negarse al complot que urdieron en mi contra: Galar. Pero no les sirvió de nada. Y fue el segundo. Y es que yo no me callaba ni bajo el agua. Mandé una queja al superintendente de la nave, M.A.O., y me llamó a su despacho junto con el supervisor general y el supervisor del departamento. Allí me desahogué sin freno. Tanto, que el superintendente me dijo: «Delfín, tú sabes solucionar los problemas de las máquinas, pero no sabes hacerle la pelota a tu jefe». Literal. Y así me fue con aquél cabrón: el jesuita. Me ofreció trabajar de noche y al pedirle alguna compensación, me la negó. Se la ofreció al que urdió el segundo complot contra mí, y se la concedió. Este sí sabía hacerles la pelota y además les llevaba cosicas para que se endulzaran por la mañana. Pero era un zoquete incapaz de solucionar cualquier conflicto en las máquinas. Eso dicho por los operarios que trabajaban en su turno. Y como corríamos los tres turnos, siempre me caía a mí la breva. Las modificaciones en las máquinas para aumentar la efectividad y eliminar averías, les llamaban sugerencias; fueron premiadas con más de dos millones y medio de pesetas, que yo repartí entre los operarios que en ese momento trabajaban conmigo. La primera me la premiaron con cincuenta mil pesetas, que me negué a cobrar argumentando que los beneficios superaban con creces el millón de ahorro. Intercedió mi superintendente y la pagaron con 750.000 pesetas para tres. Los operarios que en ese momento trabajaban en la máquina y que me ayudaron a implementar la mejora. Uno de ellos Galar, (que no hizo nada, salvo estar allí). Y no quiero dejar pasar la ocasión sin recordar a la única persona que salvaría de un naufragio o de la lava de un volcán: El señor Rafael Cartagena, general foreman y luego superintendente del Taller Central. Otro al que tampoco amaban, ni los arriba ni los de abajo. Y para darles motivos en mi contra, cuando me sancionaron con tres (¿o fueron dos?) meses de empleo y sueldo, dirigí una carta al presidente de GM, en aquél momento el gaucho Perversi, quejándome de la injusticia que suponía tal castigo. Eran vacaciones y por las tardes nos quedábamos dos horas a hacer horas extra. Los operarios, se lo tomaban con muuuucha calma y yo me tenía que multiplicar para que el trabajo cundiera. El tonto que en aquel momento teníamos de supervisor, un negao que al final acabó creyéndose que era una luminaria, en vez de vigilar a los que estaban cascando en vez de trabajar, vino a joderme a mí porque no adelantaba. Y salí encendido. Y pasó lo que tenía que pasar. Al salir, los seguratas, que eran como el ungüento amarillo, perros asilvestrados, me hicieron pasar por la garita. Saqué cuanto llevaba en la bolsa y me dijo que abriera la mariconera. Me negué y sin más explicaciones metí todo en la bolsa y me fui, a pesar de las llamadas a las que no hice caso. Al otro día, ese segurata cabrón, José Antonio Sarto Carrasco, fue indagando por la nave hasta que me encontró. La sanción, con dos operarios más de otras puertas. Tres arrestados en total. A la vuelta de la plantilla de vacaciones, el Comité de empresa convocó una huelga de cuatro horas por turno con protesta ante las oficinas por las sanciones. Al jefe de seguridad, le costó el puesto. Magistratura mediante, la sanción se redujo a diez días que no cumplí ni nadie me exigió. Cuál sería la calaña (envidia) de la gente que hubo quien sin empacho (y no le partí la cabeza en ese momento, cosa que debí haber hecho), me dijo que «ojalá te hubieran despedido». ¡Qué cabrón! Otro, que también me amaba mucho, me dijo que habían hecho huelga por mí. «No te equivoques, tú no has hecho huelga por mí ni tampoco te lo he pedido, lo has hecho porque la huelga la convocó el Comité». Incidentes o accidentes laborales tuvo alguno de pequeña importancia. Una uña del dedo gordo del pie izquierdo perdida por culpa de una chapa, y la del siguiente. La del anular de la mano derecha arrancada por una broca; una carretilla que me atropelló causando una fisura en el hueso del dedo gordo de la mano izquierda y que pudo haber sido mucho más grave si llega a echame encima el contenedor de piezas que transportaba... Pero lo realmente grave no ocurrió aunque lo sentí después como terrorífico. Cabalgando el motor de un elevador, por décimas de segundo mi cuerpo percibió que se iba abajo; la cama, eran los utillajes de una máquina que ensamblaba los laterales del coche. Llena de punzones y hierros, como cuchillos esperando. Otro día, subido en la parte móvil de otro elevador y apoyada la mano en su estructura, al desplazarse noté el roce del contrapeso en el guante. Un milagro que no me dejé la mano allí. Y la "cornada" que me dió la bicicleta al pasar por una puerta cuyas partes móviles golpearon al manillar mientras estaba pasando. El accionamiento del freno izquierdo se clavó bruscamente en el muslo de esa pierna izquierda y enseguida me salió un bulto como un huevo de pavo. Creí la palmaba, era el tiempo en que Paquirri murió por una cornada, de toro, no de bicicleta. Todavía se palpa el cráter en el muslo por debajo de la piel.

 

Leyendo la anterior reflexión da la impresión que no tuve amigos ni otras personas con las que dialogar. Falsa impresión, hasta con gente del departamento hablaba, ciertamente más con unos que con otros; los había que no dirigía la palabra salvo en cuestiones de trabajo. Precisamente por este motivo, había de relacionarme con otros trabajadores de departamentos ajenos. Tuve especial compañerismo con un calderero, Enrique Gustrán, desde el primer momento. Asistimos a un curso de Mandos Intermedios al comienzo de la singladura. Este, tuvo un día una temeraria reacción a una interpelación del General foreman, Sr. Cartagena. Llevaba una pegatina en la cabeza y el otro en cuanto lo vio, acudió como una vaquilla a un señuelo amenazándolo con el despido si no se ponía casco «Tengo dos millones para echar a cualquiera». Gustrán sin perder la compostura le respondió: «No sabía que era obligatorio llevar casco en las vaquillas de mi pueblo». Era un gran profesional y una gran persona al cual también putearon entre su jefe, que tenía celos de su capacidad, y el anteriormente mencionado general foreman, que lo tenía enfilado desde aquel día. Quisieron llevárselo los de ingeniería y no se lo permitieron. Cuando se tiene a jefes mediocres, no permiten que otros trabajadores prosperen por miedo a quedarse con el culo al aire. Mi departamento tuvo mala suerte desde su génesis. En un principio estuvimos asignados al taller central pero con el devenir del tiempo, nos partieron y enviaron a Carrocerías —donde estuvimos desde el principio pero como miembros del TC— debido a las controversias entre dirigentes de ambas naves. Ello supuso que ante la dirección de la nave 51, nosotros fuimos como un grano en el culo. Cuando tenían averías y parada de línea, con toda la caradura del mundo la asignaban a transportadores. Todas las promociones y oportunidades para ello, se las daban a los departamentos originales de la nave. A sus trabajadores. Nosotros también éramos originales en la nave desde su puesta en marcha, pero con la dirección en el Taller Central. Y solo servíamos para promocionar a gente de esos departamentos y ajenas al nuestro.

Y tras la jubilación, contacté con un Superintendente de Producción de la nave, JR, mientras yo estuve trabajando. Una bloguera de Benicassim a la cual visité en su blog porque escribía historias, resultó ser sobrina suya e hice un comentario sobre él (ya habíamos contactado antes JR y yo en nuestros respectivos blogs) debido a que apenas tenía actividad en su blog. Hemos seguido en contacto y ahora se dedica a dibujar los sitios de Zaragoza. Va por el segundo tomo habiendo dibujado sobre los Mayos de Albarracín. Cosas de la vida, a veces encuentras fuera lo que te niegan en casa. Con la perspectiva que dan los años pasados desde que me jubilé, hace tiempo que sentí, sino el síndrome de Estocolmo, si un agradecimiento que no me embargó durante la estancia en la empresa. Sufrí, pero me permitió sacar con holgura la casa adelante. Sin duda alguna, enseguida se convirtió en una empresa dirigida por españoles, incluso venidos de Alemania. Y los españoles, somos fulleros y trileros, de lo cual se impregnó la empresa desde el momento que los alemanes se fueron.

El día que me jubilé, no me despedí de nadie.

 

El abuelo. Sus vidas habían discurrido parejas. Aquella cama era de nogal y sus padres la recibieron de regalo cuando se casaron; hacía tantos años que ya había perdido la cuenta. Más de los que él tenía. Nunca tuvo duda de que sus primeros instantes se materializaron sobre ella. No desaprovechó la ocasión, siempre que pudo, de ocuparla como un furtivo, y cuando sus padres pasaron a mejor vida, la heredó, siendo desde ese momento titular inseparable de sus sueños, insomnios y otras alegrías. Un hilo invisible los unía, mucho más cuando la enfermedad se cebó en él y, aún contra su voluntad, debió permanecer en ella durante meses. Sentía como aquel mueble inanimado, aquella madera añeja y reseca, hacía valer sus quejas y lamentos al unísono con los suyos. Cuando ya sentía próximo su fin y previendo que sus hijos arrumbarían en cualquier rincón a su amado lecho, hizo llamar al carpintero del pueblo.

-José, quiero que me hagas el cajón con la cama, haz lo posible para que así sea, y no me lo forres de negro. De este modo el abuelo Justo, -aunque muchos consideraron el encargo un antojo cabezón-, tuvo la seguridad de que, por siempre, seguiría “durmiendo” en su cama. Coincidencia o no, cuando el encargo estuvo listo, el abuelo se despidió de este mundo luciendo en sus labios, una vez acomodado dentro de la caja, una sonrisa de oreja a oreja.

 

El mundo en sus manos. A pesar de que pudiera parecerlo, esto no se refiere al inmundo diario que dirige el marido de la excéntrica ¿diseñadora? de moda con nombre de piedra filosofal. Me suena de algo, no sé si de película, libro o qué. ¿Quién no ha sentido alguna vez ese sentimiento posesivo que en realidad no te proporciona más que aire y fantasías animadas? Pues yo. Nunca lo he gozado o sufrido, al menos con la intensidad que hace que toques el cielo con las manos. O levites algunos centímetros del suelo. En honor a mi memoria, que se rebela la muy traidora, sí hubo una vez en la cual durante unos segundos sufrí de esa parestesia emocional. El mundo al que intento referirme, es este que tenemos entre manos en este momento. Sin salir de casa, ante el teclado, podemos acceder a todo el saber, la experiencia, el cotilleo, los contactos, la  comunicación cara a cara, el mercado virtual, el real…. Quienes lo desconocen, lo odian, lo temen más bien. Hay mucho de leyenda urbana y otro tanto de realidad en el ciberespacio. Multitud de búsquedas que unas veces cuajan y otras son en vano, depende del ánimo del  buscador. Solo en su alma virtual, cada cual cree saber lo que desea hallar aunque las respuestas sean contradictorias o muy contradictorias respecto de la pesquisa, o incluso sin desearla, sin haberla buscado. Como todo en la vivencia personal e incluso en la colectiva, en la navegación virtual, al menos en mi experiencia, existen sus altibajos. Hay temporadas en las cuales el interés suscitado por algún apartado en concreto, y al cual solo se puede acceder desde Internet, copa todo el tiempo disponible. La información ha sido para mí prioritaria. Las direcciones virtuales de los diarios que me cuentan lo que quiero leer, forman parte de mis favoritos. Porque esa es otra, a nadie le obligan a leer lo que no quiere, pero no acepto ni comparto el criterio de esos individuos, hideputa diría yo, que llenan los foros de mierda e insultos; mayormente, gentuza de ultraderecha en los medios y foros que no les son afines. Luego está el apartado de la quimera literaria. Como ya escribí en alguna entrada, mis inicios blogueros tienen su germen en la columna diaria que el periodista J. L. Trasobares escribia en EPA. Una vez pierdes la línea del horizonte, te metes en barros que no debieras. Así me ha pasado a mí que, sin sentido del ridículo, he participado, y lo que es peor lo sigo haciendo, en multitud de concursos literarios. Alguna amiga me proporcionó la dirección de una web en la cual se publicitan los susodichos y participo cuando el tema, extensión y las condiciones, me lo permiten. Nunca conseguiré nada, lo sé; incluso hay veces que me cabreo cuando leo el relato ganador ya que no daría ni las gracias por el, pero hay que aceptar los resultados. No por ello debo dejar de escribir, aunque sean Aventis o paparruchas. Yo estoy por encima de cualquier jurado, aunque sea pretencioso o falto de modestia. Dicen que, cuando el diablo no tiene quehacer, con el rabo espanta moscas. Sin pretender no ya ponerme a su altura sino la más mínima comparación, pues hasta me falta el rabo, a mí me debe pasar algo por el estilo. Elucubrar sobre algo tan sencillo y palmario, solo se le puede ocurrir a alguien pelín pirao. Aunque digo yo que aquél que diera en su momento por caer en ello ¿sería un sabio o estaría loco? Y es que hay quienes son capaces de sacarle pelos a una calavera. Tres más dos siempre ha sido una suma tras demostrarlo así Pitágoras o quien fuera, que no lo tengo claro. Si según nos cuentan, la numeración actual proviene de los árabes ¿qué emplearia el matemático para llegar a su famoso Teorema? Claro que, bien mirado, parte de unas rayas a las que llama catetos -sin ánimo de ofender- y de otra a la cual denomina hipotenusa (lo que me ha venido al pensamiento, madre, en quien estaría yo pensando) y por medio de letricas llega a conclusiones en las cuales para nada intervienen los numericos. No voy a pretender hablar de trigonometría porque me suspendieron, pero empezaba que si la suma de los cuadrados de los catetos -con perdón- era igual a la del cuadrado de la hipo... -otra vez el mal pensamiento- y que si senos ¿tetas? y cotetas eran cosa de tantasgentes y a+b/por no macuerdo, pues eso, que no inventó los números porque no le hacían falta. Aunque no era de eso de lo que yo había intentado divagar. Porque vamos a ver: si arrejuntamos cinco cosas diferentes y estas se repelen entre sí, nunca podremos sumar. Y si tenemos unas manzanas mordisqueadas o podridas en parte ¿cómo vamos a pretender que sean cinco aunque así nos lo hagan creer? El año pasado me vendieron unos melocotones en la frutería que luego vino a resultar estaban negros por dentro y hube de tirarlos a la basura. Eso fué de todo menos una suma. Para el tendero fue una multiplicación -de beneficios- pero para mí, una estafa. ¿Ganó algo con ellos? Pues ¡no!. Quizá se creyó muy agudico, pero perdió un cliente. A más a más, podemos juntar dos fulanos y tres macizas. El resultado no será 5 sino ¡vete tú a saber!. Eso sin hablar de lo que se han inventado últimamente. Ponen ceros y unos  ¡y hasta letras! en fila india y luego dicen que vale no se cuanto, con lo que resulta que para tener cinco ya no son necesarios tres más dos, aunque flaqueen, sino que de esa manera tan rara nos dicen que 101 son cinco. ¡Están locos! una miaja de todo y una pizca de nada Diu mi señor padre que durante la guerra decían: "una miaja de pan un poco prieto" haciendo un juego de palabras que a veces intento recordar y no macuerdo. (Miaja fue un general republicano y Prieto el presidente de la república) Acabo de terminar de leer un libro de Vargas Llosa titulado "La Fiesta del Chivo" y me han venido a la memoria las palabras dichas por otro escritor, Vázquez Figueroa, prolífico por cierto pero que nunca será premio Nobel, "no se trata de escribir un tocho de mil páginas que cuando lo terminas te preguntas si para decir eso era necesario meter tantas cosas inocuas" más o menos. Pues eso me pasa a mi con la mayoría de los libros. Paso páginas enteras sin mirar siquiera porque solo contienen garafolla, palabras inocuas que solo sirven para aumentar las páginas del libro pero no el interés del mismo. He dicho que he terminado de leer, he mentido, más bien, he llegado al final. Ando enfrascado en coñas marineras literarias. No me doy por vencido a pesar de haber sido abandonado por las musas de todo pelaje. Soy consciente de que no tengo ni puta idea de juntar letras y más cuando veo y leo cosas incomprensibles que otros junta letras escriben. La poesía, -salvo a tierrafacio que es un genio-, es una mierda. Escriben sin ton ni son y eso parece ser la ostia pues además los corifeos de turno aún dicen al poeto o a la poeta "qué buena eres marisleisis". Yo es que me quedé anclado en el siglo del loro. Sé que soy muy malo, coño, lo reconozco. Pero hay por la red una fauna, serie de listos que andan embaucando a los pringadillos como yo, ansiosos de Fama, jajaja, y algo de reconocimiento, que explotan la buena fe de las gentes. No diré las webs de marras, me niego a hacerles propaganda, pero lo tienen todo menos altruismo. Hay una, con un concurso en marcha, que permiten la votación on line sin control y al que más pueda. Pienso que el "premio" está de antemano adjudicado, no sea que venga alguno y nos joda la fiesta. Esto es como esas cestas de Navidad que compras los boletos a sabiendas de que no va a tocar a nadie. Bueno pues estos jetas me contestaron que facilitaban ese tipo de votación para que la web recibiera más visitas ¡¡Manda cojones!! Así que he decido seguir siendo un pardillo, más inocente que un sidral y al que se las meten todas cruzadas. Pero eso sí, lo que se me escurra del cerebelo, lo seguiré haciendo a mi aire aunque los inteligentes e intelestuales, me miren por encima del hombro. ¡Qué se jodan!

 

El año 57. Este año fué pródigo en acontecimientos. Buenos y malos. Perduran varios en mi memoria por su importancia. En la niñez, por las tardes sufría de dolores en las piernas que me anulaban. A consecuencia de ello y por prescripción médica, mi madre me llevó a la capital al especialista. En aquellos años, el hecho de viajar se convertía en una odisea fantástica. Recuerdo que uno de los viajes, lo hicimos con el tío Paco, en su carro, hasta Villafranca, y nos acompañaron Pilar y su madre que también venían de médicos por algo relacionado con el apéndice de la chica. A mí, me llamaba la atención los huertos que había en la estación de Caudé y Concud. La diferencia de altura se traducía en las lechugas tan lozanas que allí había en tanto que en el pueblo, todo estaba aún inactivo por el frío. Tras los análisis de rigor, decidieron operarme las anginas. Fué con posterioridad. Entretanto, Araceli me puso unas inyecciones de calcio que aún me duele el culo cuando las recuerdo. Dolorosísimas. El día que ocurrió el crimen, me trabaron de tal forma que no me podía mover; un hombre me agarró entre sus piernas, me pusieron un aparato en la boca, me pincharon y a pesar del dolor y de chillar como un berraco, operado. Sin compasión. Luego una purga para tirar la sangre tragada y la imposibilidad de tragar nada. Sin embargo, una nena que también operaron aquel día, por la tarde, ya estaba retozando por los pasillos. No sé que beneficio obtuve con la operación, pero ahora, la garganta, no me aguanta ni una jota. A los tres días a casa, pasando por Alba en casa de la tía Aurelia, donde ésta me hizo caldo de gallina para reponerme. Y la voz, cambió. No sé si serán reminiscencias de la operación, pero a pesar de haberme dolido mucho las muelas, no he conseguido asumir el pasar por el sillón del dentista para extraérmelas. (Aunque también hay algo de herencia genética en esto). Sin embargo, sería al verano cuando ocurrió el hecho más importante en nuestra familia: nació mi hermana. Fué un día del mes de Julio. Por la mañana, había mucho movimiento en casa. Nació allí. Quise husmear y me echaron. Aquel día, el abuelo Cristóbal y yo fuimos a segar centeno a Matazorras. Y otros días, a segar trigo a Zorrolabarga.Tantos años solo y de repente, compañía. Porque no es lo mismo verlo desde la perspectiva actual que a esa edad. He de decir, que no recuerdo que me causara especial sobresalto el hecho. Pocos días después, el bautizo. María del Pilar. Y chocolate con picatostes. Y cantante. Mi pobre padre que tenía que madrugar para ir al 22, 24, 26, según tocara, sin pegar ojo a trabajar. Mi madre, tenía que estar levantada hasta las tantas para que él pudiera descansar. Más tarde, para mí, fué peor. Me encargaban su cuidado, lo que me limitaba la libertad de movimientos a la vez que facilitaba a los kabronazos de mis kolegas sus chanzas y cachondeos. Era y es mi hermana y debía haber venido antes. Y aunque importante para mí, imagino que yo para ella lo he sido más por razones obvias. Al final del año, en Diciembre, (FUE EN EL 59) falleció el abuelo Manuel, padre de mi padre. El que me daba un mojón de huevo frito con unas gotas de vinagre, -que él se echaba y costumbre que yo sigo-, y que me sabían a gloria; el que me llevó a coger té a los túneles de Almohaja; que cuando se cabreaba decía: "me cagüen cristina". Esa fué la noticia mala del año en la familia. En esos días, cayeron una nevadas impresionantes que impidieron al médico venir al pueblo y que hicieron "embarrancar" a las máquinas del tren. Al abuelo Cristóbal se lo llevaron a limpiar trincheras a pala y liberar las máquinas atascadas. Y mi padre, también se puso enfermo a raíz de ellas; por culpa del frío. Y ocurrió la guerra de Sidi-Ifni, en la cual había tres quintos del pueblo, primos hermanos, aunque afortunadamente volvieron los tres. Y la inundación de Valencia, aunque aquí, por desgracia, si murieron muchas personas, sobre todo en la Malvarrosa y El Cabañal. Y también murió la madre del maestro en los días del abuelo. A raíz de este hecho, casi dejó de pegar a sus alumnos. 

Al borde del camino. Sí, a tí. Hijodeputa que te cruzas en la vida de las diferentes personas amargando y arruinando sus existencias. Tú, piedra puesta en la rueda de sus vidas que impide que estas discurran sin sobresaltos. Red invisible en la cual quedaron atrapadas, cual pajarillos inermes, en la charca donde pretendían calmar su sed para sobrevivir. Todos, o casi, hemos tenido a ese kabrón en nuestro particular curriculum vivencial. Ese o esos malnacidos que, aprovechándose de su puesto o situación profesional o personal, se han dedicado sistemáticamente a torpedear y machacar cualquier intento de mejora en nuestra vida personal y laboral. No les ha importado que nuestra impotencia degenerara en un deterioro síquico que afectara a nuestra relación con el entorno. O a nuestra salud. E incluso que alguien, en su desesperación, acabara quitándose la vida. Tú, escoria, te vanagloriabas y enorgullecías al ver a aquella pobre persona como poco a poco se iba degradando en su relación con los demás, producto de la animadversión y la crueldad que ejercías sobre ella. Los del entorno, sabedores de quien era el culpable, se arrimaban al sol que más calienta o al menos, procuraban que no les quemara. Porque si alguno osaba ayudar al caído en desgracia, era candidato a su vez a seguir el mismo calvario. Hay demasiados bordes y bordillos, cuando no zanjas insalvables, en el camino de la vida. Muchos miserables, a veces incompetentes, que por la palmada en la espalda o las migajas que puedan arrojarles, se comportan a su vez como fieras dispuestas a hundir a quienes impidan conseguir sus fines o se interpongan en su camino, no dudando en el apuñalamiento por la espalda. Espían, difaman, manipulan, delatan, ocultan. Son los sicarios tontos útiles de estos filibusteros de vidas y conciencias. A todos ellos, aunque sus madres sean unas santas ¡¡sois unos hijos de puta!! 

EL MORICO. Aquella madrugada sería la última. Partían a ultramar para una nueva temporada de pesca del atún en el Índico, por un periodo de cuatro o cinco meses, y ya le habían comunicado que el armador del barco quería renovar la plantilla y no contaría con él en el futuro. La captura del pescado con almadraba, esencial para los puertos de la zona adyacente al Estrecho de Gibraltar, tanto al oeste como al este, iba de capa caída por la protección ejercida sobre el atún rojo y la escasez in crescendo del mismo.
Ramón tenía ubicada su residencia en uno de los pueblos costeros de Cádiz con gran tradición atunera. Aunque donde había más capacidad pesquera de altura era en Galicia o las Vascongadas, en Cádiz o Huelva tampoco era desdeñable. La población fue creciendo con los años pero las construcciones iniciales permanecían inalterables. En primera línea las atarazanas y los edificios comunes, lonja incluida. Detrás, al abrigo de estos, las viviendas más livianas y que se levantaron buscando la protección de las galernas otoñales e invernales. Todavía era de noche y al llegar a los aledaños del puerto, en una pequeña barca volteada sobre la arena, Ramón, escuchó el lamento quejumbroso de lo que parecía ser un cachorrillo. Un perro adulto nunca hubiera emitido esos «ladridos llorosos». Se acercó con precaución y curiosidad al bote y pudo ver un perrillo quizá todavía de teta abandonado a su suerte, pues no cabía dar otra interpretación al hecho. Una bolita peluda, mirándolo fijamente y moviendo la colita en actitud amistosa. Al acercar su mano para tocarlo, los lametones sellaron el comienzo de lo que sería una aventura en todos los órdenes para ambos. Incapaz de dejar al perrillo allí indefenso, la alternativa era todavía más peliaguda para sí mismo: imposible embarcarlo, se exponía a que ambos fueran arrojados por la borda cuando el patrón descubriera su presencia. Mas, como de todas formas podía considerarse despedido, se lio la manta a la cabeza y arrebujándolo entre sus ropas continuó su marcha hacia el Escorpión, que así se llamaba el barco atunero. Un buque de 80 metros de eslora, 7.000 caballos de potencia y capaz de acarrear mil toneladas métricas de pescado. Anclado en uno de los modernos diques del puerto, a reguardo de las fuertes olas producidas por las borrascas atlánticas, poco a poco fueron llegando los marineros que formaban su dotación, unas veinticinco personas. Ramón era el mecánico de a bordo, jefe de máquinas, aunque también participaba en las tareas de pesca llegado el caso. Eso le permitió, en un primer periodo, mantener oculto al polizón, cosa esta que no lograría mantener por mucho tiempo pues el cachorro crecía y poco a poco se volvía inquieto, movido y juguetón. El pelo le crecía negro y ensortijado y Ramón estimó llegado el momento de proporcionarle un nombre y dadas sus condiciones físicas, optó por llamarlo Moro, como había visto que llamaban sus dueños a otros perros de sus características. ¿Un perro de agua? Tal vez mestizo. La ruta a seguir sería “bajar” hasta el cabo de Buena Esperanza para una vez en aguas del Indico faenar en sus mares hacia el cuerno de África y retornar por el Canal de Suez. Ya frente a las costas de Mauritania, el patrón descubrió al perrillo. Su enfado casi fue mayor al demostrado cuando pasaban los días y los atunes no hacían acto de presencia.
—Inmediatamente arroja al perro por la borda o vais los dos de cabeza al mar. -Ramón, que ya había tomado una determinación al momento de adoptar al cachorro, le contestó con calma:
—Puedes enviarnos al fondo del mar a los dos, al estilo pirata si gustas, pero el perro se queda conmigo o nos arrojas a ambos. -El resto de tripulación, que previamente ya conocían la presencia del Morico, intercedió a favor suyo. A regañadientes y tras una fuerte bronca, mascullando improperios contra su suerte accedió a la permanencia del can.
—Si causa problemas lo arrojaré al mar sin miramientos. -Poco a poco el Morico, como le acabaron llamando, se hizo amigo de la marinería y a todos hacía zalemas y alagotes. Incluso el patrón, en las noches de guardia, agradecía su presencia en el puente. Traspasaron el cabo de Buena Esperanza no sin librarse de una fuerte galerna entre ambos océanos. Su intención era comenzar a faenar frente a las costas de Madagascar y Mozambique donde hicieron escala en busca de provisiones y combustible. Aquí ya comenzaron los problemas; las autoridades eran casi como en todas partes: una cuadrilla de rateros a gran escala protegidos por las leyes que ellos mismos habían promulgado. Exigieron más mordida por la licencia de pesca lo cual les retuvo una semana en el puerto de Maputo. A punto estuvo el Morico de perderse en una de las veces que Ramón bajó del barco llevándolo con él. Tropezaron con un gato y sin tiempo para retener al perro, este salió de estampida persiguiendo al gato. Por la puerta abierta de una nave se coló tras el misino y luego no lo encontraban. La gente del local, lo habían encerrado y tras varios intentos de localizarlo llamándolo, al fin pudieron escuchar sus ladridos plañideros; lío con aquella tropa que alegaban que el perro era suyo. Hubieron de acudir a las autoridades portuarias para recuperarlo; tras soltarlo, las dudas fueron disipadas inmediatamente por el can que se refugió en los brazos de Ramón. A éste, el incidente le sirvió de escarmiento para no llevar más al perro suelto. Tras el receso iniciaron la singladura moviéndose en el canal entre Mozambique y Madagascar sin el resultado esperado. El nerviosismo del patrón iba en aumento al constatar que había pagado más dinero por un pescado que no existía. El Morico, que captaba perfectamente el estado de ánimo de quienes le rodeaban y en especial de quienes eran agresivos con él, se mantenía en la sala de máquinas alejado de la cubierta donde el patrón hubiera podido gritarle. El barco salió de la zona de influencia faenada entre Mozambique y Madagascar, acercándose a coordenadas a la altura de las costas de Somalia persiguiendo la ausencia de atunes. Hasta entonces, casi podría decirse que las capturas escasamente daban para hacer un marmitako a la tripulación. Por las islas Comoras abandonaron el Canal entrando en zonas más peligrosas frente a las costas de Somalia. Ya llevaban armas de fuego y munición para el caso de que los piratas, que «faenaban» en aquellas costas, tuvieran la osadía de intentar abordarles y secuestrar el barco con tripulación incluida. Hacía poco que un atunero fue aprehendido por los corsarios durante un mes y el patrón, entre la falta de pesca y el temor a ser asaltados, estaba de un humor pésimo. El Morico guardaba las distancias con él, por si acaso. Una noche, en la posición 1º 15’ 53” S y 44º 54’ 4” E según detectaban los aparatos de abordo, estando de guardia el patrón en el puente y Ramón, el mecánico, en la proa, el Morico comenzó a ladrar de forma intempestiva lo cual puso en guardia a éste. El maquinista aguzaba la vista escudriñando la oscuridad sin ver nada que delatara el motivo de la alarma del perrillo. Iluminando con un potente foco, al fin pudo percatarse de la alarma del Morico.
— ¡Atunes! ¡Atunes! -Corriendo se dirigió al puente a informar al patrón. — ¡Estamos rodeados de atunes!
Los aparatos de abordo, no habían detectado la presencia del banco de atunes (o quizá los llevaba apagados, cosa que el patrón no reconocería). Dado el aviso a la tripulación, inmediatamente se pusieron a faenar de manera febril. Las capturas repercutirían favorablemente en sus salarios; había que aprovechar la buena fortuna. Tras unos días vertiginosos de pesca —demasiadas jornadas habían estado inactivos— las bodegas se hallaban a rebosar. Había atuneros que una vez conseguido llenar sus frigoríficos, descargaban los atunes en puertos de Las Seychelles o Madagascar volviendo a faenar otra vez. El Escorpión, conservaba los atunes en frío volviendo al puerto de origen a plena carga. El patrón comunicó a los otros barcos españoles que regresaban a puerto con las bodegas llenas —aunque se abstuvo de dar su posición—. Nunca habían tenido tan mala fortuna al principio ni tampoco tropezado con un banco de atunes de aquella envergadura. Seguían comentando por qué el radar no había dado señales de vida ante una aglomeración tan extraordinaria de peces.
—Este ha empinado el codo y ahora nos quiere vacilar —fue la respuesta de más de uno de los patrones españoles que estaba sufriendo la carestía de pesca que antes tuvo el Escorpión. Pusieron proa al Cuerno de África manteniéndose a prudente distancia de la costa para evitar un encuentro, indeseable, con los piratas somalíes. La carga del barco no le permitiría la maniobrabilidad y velocidad que hubiera llevado de ir vacío. La fuerza militar internacional desplegada para dar protección a la navegación marítima, difícilmente podría acudir inmediatamente para evitar el abordaje. En el cuaderno de bitácora quedarían reflejadas las coordenadas, 9º 44’ 29” N y 51º 34’ 18” E, lugar donde sucedió el tan temido asalto. Por la noche los piratas, para no ser descubiertos, intentaron el abordaje. Tras la detección del banco de atunes por el Morico, este gozaba de bula para poder deambular por todo el barco; gustaba de permanecer en la proa hasta que se remojaba con las salpicaduras de las olas. Se hallaba sentado sobre una maroma enroscada por la borda de babor, cuando enderezó las orejas y se puso de pie; no tardó en comenzar a ladrar de una forma desaforada. Los marineros de guardia tomaron a guasa el aviso.
—Morico, más atunes no, que vamos a naufragar. El perro seguía emitiendo sus dramáticas llamadas de aviso y auxilio para llamar la atención. Por fin, al ver que no le hacían caso, fue en busca de Ramón, ladrando de forma teatral dando vueltas sobre sí mismo. En un principio, éste no comprendió mas poco duró su aturdimiento. — ¡Piratas! ¡Piratas! Aquel grito despertó a todos que rápidamente tomaron las armas siguiendo al Morico. Al llegar a cubierta, ya había dos corsarios sobre la misma que comenzaron a disparar al puente. Los marineros respondieron al ataque disparando a su vez e hiriendo a un asaltante. El perro, de forma temeraria, agarró a uno de la canilla y al tratar este de librarse del mordisco, Ramón le atizó un golpe en la cabeza enviándolo a dormir sin sueño. Pero todavía los marinos guardaban un arma secreta: cuatro gorrinos que portaban enjaulados, los soltaron por cubierta encaminándolos hacia el lugar del abordaje. Con el foco pudieron divisar dos lanchas: una ocupada por una persona y la otra por tres. A la primera, una andanada de postas la envío al fondo del mar obligando a su ocupante a replegarse hacia la otra que en vista de la situación optó por alejarse fuera del alcance de los disparos que recibía desde el pesquero. Los dos corsarios apresados, una vez maniatados, permanecían sentados espalda contra espalda en tanto los cerdos gruñían a su alrededor. Con cara de espanto clamaban por que se llevaran de allí a aquellos animales tan inmundos, pero sus requisiciones no fueron atendidas. Una vez detectados los piratas, el barco envió un mensaje de socorro facilitando las coordenadas antes señaladas, pero todavía habrían de pasar dos horas hasta que un helicóptero llegó en su auxilio.  El patrón dio cuenta de los sucesos haciendo hincapié en el hecho de que si no hubiera sido por el perro que avisó, quizá estarían en poder de los secuestradores. Al mismo tiempo, entregaron a los dos piratas detenidos. De los otros cuatro, ni rastro. Al otro día todos los noticiarios nacionales y algunos internacionales dieron cuenta de la gesta acaecida en el Escorpión. De cómo ayudados por un perrillo al que el jefe de máquinas había recogido, y tal vez salvado el día que embarcaban, pudieron ahuyentar a los piratas y librar al barco y su tripulación de un secuestro y cautiverio de difícil desenlace. Prosiguieron su singladura hacia el Cuerno de África, golfo de Adén, Mar Rojo. Al pasar por el Canal de Suez y reconocer al barco, las gentes saludaban al tiempo que el Morico, erigido en mascarón de proa, ladraba sin cesar moviendo la cola y devolviendo el saludo. Todavía no acabarían ahí las aventuras del barco en su retorno a casa. En las proximidades del canal de Sicilia, avistaron una embarcación a la deriva repleta de inmigrantes al parecer proveniente de Libia.  El patrón se mesaba los cabellos: — ¿Qué más nos puede pasar? No tenemos víveres, el barco va a tope de carga, nos van a tener que remolcar y todo el cargamento se va a corromper. —Patrón, le argumentó el segundo, no podemos dejar aquí a esa gente a la deriva. Pidamos auxilio y mientras tanto socorrámosles en lo posible. Así lo hicieron. Abarloaron el barco a la embarcación inmigrante facilitándoles agua y alimento al tiempo que a los niños, que también los había y mujeres embarazadas las subieron a bordo. Las autoridades maltesas, no quisieron saber nada del asunto. Un barco humanitario de salvamento recogió la llamada y tras dos días de navegación avistó al Escorpión. En ese lapsus, el Morico lo pasó en grande con los niños. No paró de jugar y correr por la cubierta. Con algún pasajero del barco patera tuvieron problemas llegando a amenazarle con arrojarlo al mar si seguía en esa actitud. Por fin, puestos a salvo los “náufragos”, prosiguieron la navegación rumbo al Estrecho de Gibraltar. En el puerto de origen, alertados de la próxima arribada de la embarcación, los recibieron con las sirenas de todos los barcos presentes, dándoles la bienvenida. Al abandonar el barco Ramón y el Morico, el patrón, con voz emocionada, los despidió con estas palabras: —Ramón, para la próxima temporada, contamos con vosotros. Ya en tierra, acostumbrados al continuo balanceo del barco, ambos parecían caminar sobre suelo inestable.         — ¿Recuerdas Moro la mañana que te recogí? Cómo has crecido… Un poco antes de llegar a la barca que seguía allí en la misma posición, donde Ramón encontró al perrillo, éste salió disparado y al llegar a ella se plantó ladrando sin parar y sin atreverse a penetrar bajo su casco. —¿Qué hay debajo Moro? ¿Algún gatico? Ramón se aproximó y quedó estupefacto. Una perrita, por su aspecto parecía la madre del Morico, yacía allí con dos cachorrillos de menor tamaño que el Moro cuando lo acogió. La mirada limpia y como avergonzada de la madre, hicieron el resto. —Bueno venga, vamos todos pa’casa, ya veremos como salimos de esta. Igual dormimos al raso. Acogió a los dos perritos en una bolsa que llevaba y seguido por el Morico y su madre, caminaron abrigando la esperanza de que Rocío, su mujer, no cerrara la puerta a aquellos vagabundos.
 

SEPTIEMBRE, SE MUERE. Salgo con Laika a hacer la salida de rutina antes de encerrarnos dentro del caparazón, como los caracoles, bajo treinta y tres llaves y cuarenta candados de tenerlos. (Los cuernos ya estaban puestos previamente a buen resguardo). La noche está serena, estrellada, solo perturbada por un viento al cual le falta poco para denominarlo como airazo y la iluminación de la torre de la iglesia que borra las estrellas con su contaminación lumínica. Si este pasado agosto las calles estaban llenas del bullicio de los críos y jóvenes hasta las tantas, ahora se han quedado mudas, silenciosas, y solo quedamos los que por obligación debemos permanecer o quienes se niegan a abandonar los bonancibles días que este final de mes nos está brindando como desagravio a los aborrecibles días que nos hizo padecer en su primera quincena. No tardaremos en emigrar dejando a los moradores perennes el pueblo para su uso y disfrute o lamento. Paso por delante de la puerta de la iglesia, cerrada por supuesto, y mentalmente le digo al Ocupante perpetuo, que qué hace que no echa una mano. Que ya está bien de permanecer con los brazos cruzados ante los infortunios de la gente, sus miserias o tragedias, que de todo hay en la viña de su Padre. Cuántos recuerdos encierran esos muros; no en vano todos los años de niñez y juventud transcurrieron bajo su supervisión. Los recordados y los olvidados, incluso aquellos que fueron pero no dejaron huella por no tener capacidad el USB personal de almacenamiento en esos años. Pero sí de aquellos otros que acontecían traspasando el sentido religioso de los mismos. Cuando, sobre todo la gente joven, íbamos más que a dialogar o rendir pleitesía al Ausente, lo urdíamos para intentar hacerlo con las y los presentes. Menos en el coro donde los vozarrones de los veteranos nos anulaban y no podíamos destacar para mandar el mensaje oculto de nuestra presencia y pensamiento. Aquellas ceremonias cantadas en un latín que ninguno entendíamos más allá del Gloria in iscilsis dedo o el Credo in unum dedo. Poco importaba, lo principal era no desentonar demasiado y demostrar que había madera para que aquella llama no se extinguiera en el futuro. Dicen que lo que se aprende una vez, difícilmente se olvida, sobre todo lo malo. Poco necesitaría para volver a entonar aquellas jaculatorias de los grandes días de fiesta. Mi credibilidad hacia el fondo del asunto, ha mermado más que el salario de un okupa, pero hay cosas que jamás se podrán olvidar. Para bien, o para mal. Al lado está el cementerio que en su día, para mí, era causa de terrores. Hoy está iluminado, lo han cubierto con losas de piedra rodeno y las malvas que antaño crecían bien alimentadas, han desaparecido. Allí descansan, o no, mis antepasados por los siglos de los siglos. Los que vivieron en el siglo XIX porque mi bisabuelo Justo, que todavía vivió tras nacer yo, y quizá algún otro, ya está en el camposanto nuevo. Junto con mis abuelos, padre, tíos y otros parientes. Solo falta mi abuela materna, la que con toda seguridad me tuvo primera en sus manos. Murió en otro lugar, Las Minas de Ojos Negros, y como en aquellos tiempos un cadáver debía enterrarse donde moría, allí quedó. Con posterioridad yo quise traerlo aquí, con los suyos, pero las hijas que todavía vivían no quisieron. Yo espero que sepa disculparnos la falta de interés que los vivos demostraron con ella. Quizá le sirva de consuelo que un hijo suyo Justo, también está durmiendo el sueño de los justos en el mismo lugar. A pesar de que se me cierran los ojos, intento retardar lo máximo la hora de acostarme. Diversas motivaciones, el reflujo esofágico entre ellas, hacen que demore lo posible el asunto. De ahí que esta sea la hora fructífera en la cual, a veces ayudado por el orujo, se me ocurren estas crónicas o estampas como las llamaría Don Kendall. Hoy cierta melancolía me invade, polvo de estrellas podría ser, porque del otro, rien de rien. A la hora de finalizar esta crónica, el título se ha cumplido. Viva octubre.

POESIA DE AMOR. Escucho, al azar, esta canción de Café Quijano y me hace aflorar sueños y pasiones dormidos, que si un día significaron un mundo hoy solo suscitan melancolía por algo que se extinguió. Igual que los dinosaurios. Cuando uno siente que se aproxima el fin y vuelve la vista atrás, o mejor dicho, alguna circunstancia te hace retroceder en el tiempo y los sentimientos, miras con benevolencia situaciones que con menos indulgencia, maldecirías hasta el fin de los tiempos. Me hallo en soledad espiritual y física, con la única compañía de mi perrita Laika. Si bien me llena, el vacío que nadie puede colmar sigue ahí en pugna por hacerse manifiesto sin importarle lo más mínimo estar en silencio o gritar como un poseso. Desfilan, como fantasmas del pasado, situaciones que desearía hubieran desaparecido bajo miles de toneladas de besos o improperios, pues las repulsas actuales al único que afectan y pillan de lleno son a mí. La falta de constancia o el desamor de juventud han acarreado una odiosa pescadilla, también pesadilla, de la cual solo me sacará el agua bendita (es un decir y una certeza). Tanto la debilidad espiritual junto con la soledad física, hacen de las suyas. Hay quienes buscan el olvido en el alcohol y otras drogas, mas a mí no me ha dado por ellas; solo me hubiera faltado eso. Tampoco por fundir el sueldo en amores pasajeros. Qué envidia me dan esas parejas que tras más de cincuenta años de ¿convivencia? siguen tan unidas como el primer día. ¿O solo son apariencias? Sin duda no todo lo que reluce es oro, aunque no hay que ponerlo en duda o cuarentena. Todavía veo llorar a mi madre cuando visitamos la tumba de mi padre. Sesenta y cinco años juntos. Nunca les vi una trifulca como las que me toca sufrir en la actualidad, pero sin duda había un polo con más tirón. Hay que tener poca imaginación para no saber cuál era. Otras borrascas pasajeras fueron eso, borrascas pasajeras que si bien en su momento tuvieron un significado, desaparecieron bien por falta de interés o sobra de cobardía. Hoy, ya en el umbral del comienzo del fin, no me siento con fuerza ni interés en revivir o dar vida a sentimientos viejos o nuevos. Ese que tanto me ha hecho suspirar sin motivo, no lograría dar vida a una nueva situación; ha caído demasiado óxido en sus goznes. Hasta las estrellas pierden el brillo y mueren. Y ésta nunca logró que acabara un solitario. Mi yo consciente y el inconsciente, ese kabrón, tiene mucho que hacerse perdonar, solo desean pasar página cuanto antes, sin traumas excesivos. Prolongar el suplicio, es una kabronada sin sentido. Escucho en el ordenata, ahora mientras escribo, muchas canciones de mis tiempos jóvenes, entre ellas alguna de Adamo. Un mechón de tu cabello me trae recuerdos de la pelirroja; Mis manos en tu cintura y Tu nombre, amor irredento. Se dijo que el cantante le dedicaba las canciones a la princesa Paola de Lieja, que sería reina de Bélgica, presuntamente enamorado de ella. Y digo yo ¿Acaso uno no puede enamorarse de amores imposibles, irredentos y que te amargarán la vida? Sí, pero cada día es más difícil pues corres el riesgo de que por amar a una mujer te llamen machista. Otro día continuaremos.



Para hacer más soportable un dolor, ponlo dentro de una historia o haz una historia con ese sufrimiento,












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