Se necesitan dos años para aprender a hablar y sesenta para callarse.

martes, 20 de diciembre de 2022

CONSTITUCIÓN PROSTITUIDA

 

Ver a González-Trevijano votando por mantener su “colocación”, cuando el puesto que detenta (detentar: “retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público”. RAE) está caducado desde junio, y cuando el Gobierno ya ha nombrado -porque le corresponde- a quien tiene que ocupar su puesto, da una bochornosa vergüenza de país, casi como la que sentimos cuando Tejero y su tricornio profanaron el Congreso de los Diputados. En estas ocasiones es cuando se conoce a la gente. Y me permito decir gente y no personas, y lo hago adrede: porque en el pleno del Constitucional he echado de menos a seis personas.

Muchos todavía nos avergonzamos cuando vemos aquellas imágenes del “quietos todos” y de la innoble zancadilla al Teniente General Gutiérrez Mellado. Y esa vergüenza-país es la que he sentido al conocer que ha habido seis sujetos, en una digna Institución del Estado, forcejeando por sus propios empleos -y haciéndolo en nombre de la ocupación democráticamente sagrada que deberían estar representando-, y que han estado peleando a la vez, seguro, por los futuros empleos que les puedan haber prometido. Y para ello, no han dudado en atropellar a la Institución -Poder del Estado- a la que la Constitución le atribuye la más alta y a la vez profunda representación del poder, que lo otorga la Ciudadanía: las Cortes Generales. Y a la que en su artículo 66 define como “inviolable”.

Pero acaban de violarla y acaban de cortarle las alas a nuestra Democracia, convirtiéndola en una prisionera en libertad condicional. ¿Y eso lo han hecho seis paniaguados que peleaban por un puesto de trabajo? No, por supuesto. Lo han hecho seis individuos que tenían detrás, o por encima, el mandato y las promesas de gente más poderosa. No lo han hecho en nombre del Derecho Constitucional, ni de unas convicciones jurídicas o democráticas. Sino en nombre de una concepción espuria de la política, no precisamente cercana a la Democracia.

A mi edad me siento obligado a decir la verdad, a costa de lo que sea. Y a invitar a toda aquella persona que se sienta de veras formando parte de la ciudadanía democrática, a que se rebele contra un atropello, que genera más sospechas cuanto más innecesario es. Innecesario, porque si están realmente convencidos de que el fondo de lo recurrido es inconstitucional, basta esperar para sentenciarlo como tal. Pero dejando funcionar a la Democracia, y no buscando atajos, que hacen muy sospechosa la decisión. Porque, mirado en ese contexto, sólo queda la explicación de los intereses personales: egoísmo arbitrario frente a un acto de justicia. Y eso es lo degradante. Lo innoble.

González-Trevijano y otros cinco más acaban de retratarse, en una horrible fotografía de esas que se hacían saliendo del “tren de la bruja” en las verbenas de la época franquista. Pero es que en ese mismo tren van otros personajes: los Feijóo, las Ayuso, los Bendodo, los Trillo, que no andará lejos tampoco de esta cacicada, los González Pons… Y todos ellos vienen de secuestrar nuestra Democracia. Empeñados en mantener el poder judicial: el mismo día, ¡qué casualidad!, un juez de la Audiencia Nacional ha archivado la causa de la Caja B del PP. Y forcejeando por mantener a toda costa bajo sus manos al Tribunal de Garantías.

Y acaban de conseguir que nos hayamos quedado sin garantías. En la más absoluta indefensión democrática y jurídica. Con esa sensación repugnante de cuando llegas a casa y te encuentras con que te han entrado a robar… Y con esta Democracia mancillada es con la que vamos a tener que presidir el próximo semestre la Unión Europea. Justo cuando acaban de convertir a España en un país no normalizado. Un país arbitrario, donde se pueden secuestrar puestos de empleo que ya no son de quien los secuestra. Donde se puede atropellar a los representantes de la Ciudadanía.

Eso es lo que ha ocurrido. Pero nuestra Democracia es más noble y más poderosa que los González-Trevijano, los Arnaldos y los Feijóos. Y es capaz de resistir esos embates, como superó los disparos y las bravuconadas de Tejero. Por eso ahora es más urgente que nunca renovar la ley orgánica del Tribunal Constitucional, y también la ley orgánica del Poder Judicial. De forma realista, sabiendo lo que hay y quiénes intentan aprovecharse de esas instituciones del Estado; y por qué: eso ya nos lo explicó el senador popular Cosidó: para controlar los tribunales. Y previniendo esas situaciones de secuestro prolongado, y esos motines, como los de los nueve magistrados conservadores del CGPJ, y esos atrevimientos violadores como el que ha tenido -nunca pensé que se atrevieran a tanta osadía- seis sujetos en el Tribunal Constitucional.

Urgen esas Leyes, que habrá que tramitar por el procedimiento más urgente posible, porque es necesario normalizar de forma inmediata nuestra Democracia; restituirle su robustez y su vigor, y restañar las heridas que el bloqueo rebelde de cuatro años del PP y el asalto alevoso de menos de una semana, le han producido.

Y los ciudadanos debemos reflexionar muy a fondo en qué país vivimos, y cómo queremos que sea realmente nuestro España: si queremos vivir en la indefensión o en la seguridad jurídica, si queremos que crezcan y se robustezcan nuestros derechos o si vamos a dejar que nos los vayan amputando golpe a golpe. Y en nombre de intereses que no tienen nada que ver realmente con los principios de nuestra Democracia, y que posiblemente estén más ocultos de lo que pensamos, ocultos tras los títeres arrogantes capaces de perpetrar estos atropellos.

Sé que son tiempos difíciles para las personas de buena fe, y que tenemos que precavernos de aquellas gentes de las que don Antonio Machado decía: “mala gente que camina y va apestando la tierra”.

Nueva Tribuna

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